domingo, 9 de mayo de 2010

-Modern Vampire- [ Capitulo XIV - Verdades - ]

Los sentimientos que invadieron al joven vampiro al salir de los recuerdos de Alex, fueron demasiados, poco entendibles. Se encontraba más que desconcertado, asustado también. No entendía cómo lo había hecho, qué significaba y qué era su collar exactamente.
Sebastian se encontraba todavía en el living con María y Leon, se los escuchaba hablar desde el baño, pero no se entendía lo que decían, los pies de Mapini acababan de pisar tierra firme. Sintió deseos de salir corriendo del baño y contarles lo que había pasado, pero la vergüenza lo dominó. Se miró al espejo y sonrió, sonrojándose, diciéndose que pensar en eso ya era algo de loco, si les contaba iban a pensar que quedó traumado después de la noche movida que tuvieron. Dejó el collar enfrente del espejo.
Se preguntaba por qué había sentido pena por Sebastian al verlo retorcerse de dolor en la tierra, si lo odiaba ¿Lo odiaba? Sí, tenía que hacerlo, el otro vampiro que se encontraba en la casa, era un Convertido. Toda su vida creció creyendo eso, no encontraba la razón por la cuál sus padres, abuelos y otros familiares le hayan mentido toda su vida. Sebastian era el malo, él se encontraba mintiendo, por algún motivo lo hacia, era imposible que él fuese un sangre impura y a la vez bueno, tan solo lo estaba usando para acercarse a los linajes así los podría estudiar y luego traicionarlos, tal vez conocía otros asesinos de la noche que esperaban ansiosos noticias. Sí, eso era, Sebastian era un espía, no podía pensar otra cosa. Tenía que sacarlo de esa casa como sea, no había otra razón por la cuál Sebastian lo salvara la noche anterior, lo necesitaban vivo, esas fueron las palabras que cruzaron los convertidos la noche anterior.
Apretó su puño fuerte, todavía mirándose al espejo, sentir que lo estaban usando lo hacía sentir estúpido, no entendía por qué Leon y María habían permitido entrar en su casa a Sebastian, pero al instante se le aclaró la duda, pensando que era más que obvio, sus amigos no estaban concientes de la situación en el mundo de los vampiros ¿Y si Sebastian los había hipnotizado? No, eso no lo iba a permitir.
Mapini tuvo que reprimir su furia para no darle un buen golpe al espejo y así hacerlo estallar en mil pedazos.
A un costado se encontraba la ropa que Sebastian le había lanzado sobre su cara - eso hizo enfurecerlo más. Se quitó su camiseta que llevaba un agujero en el medio del estomago con una gran mancha de sangre y no entendía el por qué. Su pálido cuerpo se encontraba sano, completamente sano, pero pegajoso por la sangre. No recordaba el momento en el cuál había sangrado tanto. Hizo una bola con la remera y la metió dentro de una bolsa grande - esa camiseta tenía que ser prendida fuego urgentemente. Comenzó a quitarse las demás prendas y a observar su cuerpo detenidamente por si tenía alguna cicatriz o algo, pero era imposible, su piel lucía igual que la piel de un bebé, sin ningún rasguño, ni una arruga, pálida como la leche -obviando la sangre, y suave como la seda.
Miró el collar y pensó que tenía que relajarse. Caminó hacia la ducha y dejó que la lluvia de agua tibia masajeara todo su cuerpo. Comenzó a tararear una canción, pero no podía evitar pensar en lo sucedido, en el collar, en los recuerdos y en Sebastian. Las voces que le llegaban eran puros murmullos pero la voz de Sebastian... era la única voz a la cuál lograba reconocer completamente.
- Ya está, lo decidimos- Casi gritó María al decir eso cuando Mapini salía del baño con la ropa limpia puesta.- Vamos a mantener esto en secreto- Y dio una gran impresión de que quería saltar de la emoción.
Mapini pensó que en cualquier momento, María iba a correr por la habitación gritando algo con sus brazos suspendidos en el aire. Nadie dijo nada.
Uno a uno comenzaron a salir a la calle, el cielo no se encontraba totalmente oscuro, pero los últimos rayos de sol ya se habían escondido. La moto de Leon se encontraba estacionada sobre la vereda. El otoño se hacía notar con las hojas amarillentas volando en su gélida brisa. María iba del brazo de su novio, evitando el frío. Sebastian miraba el cielo sin prestar atención a nada más y Mapini lo fulminaba con la mirada, intentando penetrar en sus sentimientos, saber que era lo que el convertido sentía pero no lograba concentrarse, la furia lo dominaba. Leon rompió el silencio del crepúsculo.
- Podrían llegarse a conocer mejor, sé que suena como una locura, Sebastian nos contó...-
- Leon, por el amor de...- Mapini suspiró luego de interrumpir a su amigo- no podes creer nada de lo que él te diga.
- ¿Por qué habría de dudar?- Preguntó Sebastian, dejando de mirar el cielo, ahora mirando a Mapini.
- Porque sos un convertido- Gritó el joven vampiro
- Eso no tiene nada que ver, él nos contó que fue convertido sin su consentimiento- Dijo Leon, intentando calmar a su amigo
- ¿Y qué tiene? Lo lleva en su sangre- Mapini no quería entender.
- Tu vida me interesa mucho más que esas estúpidas leyes de Puros o Convertidos y todos sus conflictos.
Todos se quedaron callados.
María había dejado su boca abierta por el asombro, quiso salir corriendo para abrazar a Sebastian, pero Leon la tomó de la mano antes de que llegara y el convertido se había alejado unos pasos hacia el costado para evitarla.
- Por... por tu culpa, el Antro ahora no existe más- Dijo Mapini, intentando olvidar lo que acababa de escuchar, no quería creer en las mentiras de Sebastian, pero al decir eso su corazón se estrujó de dolor ajeno. Recordó todos los sentimientos de las personas sufriendo la noche anterior, lo sintió tan propio que hasta deseó morirse. Se apretó el pecho y cayó arrodillado en el suelo, escupiendo algo de sangre.
Leon soltó a María para ayudar a su amigo.
- ¿Estás bien?- Le preguntó ayudándolo a ponerse de pié- ¿Qué pasa?-
Mapini no se reincorporaba, estaba débil, la falta de sangre en su organismo se hacía visible.
- Me importa un bledo lo que digas o nos quieras hacer creer. Conmigo tu hipnosis no sirve, a ellos los podrás haber...-
- ¿Por qué tanta desconfianza?- Preguntó Sebastian evitando sentir el olor a sangre que desprendía el vampiro en el suelo.
- ¡Porque sos un convertido! - Contestó Mapini, escupiendo más sangre, al instante que Sebastian se acercaba para ayudarlo.- No te acerques- Le gritó y se puso en pié .
- Necesita alimentarse urgente, se lo ve pálido- Comentó María.
Todos la quedaron observando.
- El Antro está destruido- Dijo Mapini observando a Sebastian fríamente- Lo único que queda, es hacer una fiesta.
Ahora todas las miradas se dirigían hacia él, se preguntaban en qué estaba pensando, por qué había dicho de hacer una fiesta después de todo lo vivído.
-¿Estás seguro de querer hacer una fiesta?- Preguntó Leon, frunciendo sus labios, apretando a María más cerca de su cuerpo.
- Es bastante arriesgado, lo sé Leon, pero necesito alimentarme y es urgente, necesito un grupo de personas ya mismo-
- Pero necesitamos más tiempo para organizar una fiesta, hay que conseguir gente, por qué no vas a otro lugar parecido al Antro...-
- ¡No! No quiero volver a pisar nunca más un lugar así- Mapini se sentía culpable por todas las víctimas de la noche pasada. Todavía podía oír los gritos de dolor y sentir a cientos de humanos agonizando en la calle. Se preguntaba cuántos habían sido las muertes ocasionadas tan solo por el hecho de haber ido a ese lugar. No podía ni imaginarlo. - Tengo que volver a casa ¿Podés llevarme, Leon?- Ya no lo soportaba, el dolor era insoportable, su pecho se hundía y llenaba su boca de sangre.

- No hay problema, te llevo, pero con el tema de la fiesta. ¿Cómo hacemos? ¿Estás en condiciones para festejar algo?-
- Leon, estoy bien, necesito alimentarme. Invitá gente, la que sea, lo hacemos en casa-
- Pero ¿Y tus viejos? Te van a matar-
- Necesito hablar con ellos, contarles lo que pasó anoche...-
- ¡No!- Gritó Sebastian- Si lo hacés, van a ir a cazarme- No se lo notaba preocupado.
En ese instante, varios objetos volaron por los aires cerca de donde se encontraban. También se vio volar una mujer por detrás de las cosas, cayendo de rodillas al suelo.
- No puedo ser tan estúpida- Dijo para ella misma.
Era una mujer de piel cobriza, cabello oscuro. Vestía raro y su cabello estaba desprolijo.
- Tonta, tonta, tonta- Se repetía, juntando las cosas que se le habían caído.
Mapini observó rápidamente a Sebastian mientras él lo observaba también. Lo habían sentido, esa mujer, no era humana.
- ¿Nos estabas espiando?- Preguntó Mapini fríamente.
- ¡Por supuesto que no!- Exclamó la mujer. En su tono se podía sentir la actuación de su voz y el exceso de ironía que usaba en ella.- ¿Cómo van a pensar eso?- Observó a todos y notó que la seguían mirando de mala manera.- Ok, si, perdón- Dijo llevando su mirada hacia el suelo.- Creí escuchar algo, pero me equivoqué. Lo siento ¿Si?- Su rostro denotaba frustración.
- ¡Los ojos!- Gritó María señalándola asustada.
- ¡Ay! ¿Qué tienen? ¿Se ven mal? - Preguntó la joven desconocida. Comenzó a correr en círculos, casi tropezando otra vez.- ¡Un espejo!- Gritó, acercándose a la moto de Leon corriendo.
- ¡No te atrevas!- Se escuchó gritar a Leon, pero era demasiado tarde, la mujer se encontraba aferrada al espejo, observándose.
- Es una convertida- Dijo María, haciendo que la desconocida volteara, con pasos muy felinos y su lengua a un costado, fuera de su boca.
- Convertida... ¿Y qué más saben sobre eso? - Su mirada, le daba el aspecto de un ser misterioso.
Balanceando sus caderas lentamente, fue acercándose hacia el grupo.
Leon colocó a María detrás de él, protegiéndola con un brazo. Sebastian la observaba caminar, con una mirada amenazante, en cualquier momento mostraría sus colmillos.
- Somos vampiros- Le informó Mapini, dedicándole una mirada inexpresiva e invitándola con un brazo para que se acercara.- ¿Cómo es tu nombre?- Le preguntó.
-Tamarah- Contestó ella, misteriosamente.
Todos se quedaron observando a Mapini ¿La estaba invitando a unirse?
- ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?- Preguntó Leon por lo bajo.

- Nos pedías que desconfiemos de Sebastian, que te salvó la vida, ¿Y ahora te arriesgas con una desconocida?- Decía María reprochando a Mapini y aforrándose del brazo de su novio. Tamarah le dedicó una mirada soberbia.

- ¿Hablas con humanos, pequeño vampiro?- Preguntó la recién llegada.

- ¿Qué tiene de malo?- Mapini había cambiado su postura de inexpresividad a desafiante.- ¿Por qué nos espiabas? ¿Qué estás buscando?-

- Lo mismo que vos- Contestó Tamarah.- diversión.

- ¿Y qué sabés si está buscando diversión?- María se había adelantado unos pasos hacía Tamarah, mientras que la vampiresa, en un segundo, se puso a su lado, con el rostro cerca del cuello de la rubia.

- No me desafíes, bonita.- Tamarah abría su boca, mostrando sus afilados colmillos.-Puedo acabar con humanos en segundos.-

Sebastian se había movido a la misma velocidad que Tamarah, colocándose por detrás, tomándola por los brazos para que no atacara a María.

- A mí me tenía que pasar esto- Pensaba Mapini.- Dos convertidos en un mismo día.

Las mejillas de Sebastian tomaron un color rosado, se encontraban ardiendo. Mapini lo observó y pudo sentir lo mismo que él. Deseaban devorar a Tamarah, beber de su sangre y besarla por todo el cuerpo.

- No hagas eso otra vez.- Dijo Tamarah, apartando a Sebastian de un gran golpe que lo hizo dar varios pasos hacia atrás.

- ¿Qué sos?- Preguntó Sebastian asustando.- Al tocarte… ¡Fenómeno!- Le gritó. La expresión de Tamarah, había cambiado a misteriosa muy exageradamente y había sacado su lengua a un costado otra vez.

- Una mujer muy deseada, eso soy- Contestó ella, elevando sus cejas.- ¿Querés éste cuerpo?- Le preguntó, pasando sus manos por toda su figura, desde los pechos hasta la cadera.

- ¡Basta!- Gritó Mapini.- Sos una convertida ¿Verdad?- Tamarah asintió con la cabeza.- Si estás buscando pelea, te pido que te vayas…- Mapini estaba intentando elaborar alguna mentira.- No te das una idea de lo que soy capaz.- Y la miró fríamente, con un aspecto sombrío.

- ¿Si? ¿De qué sos capaz, vampirito?-

- Puedo hacer que estalles en llamas en cuestión de segundos.- Tamarah se había sorprendido.- Anoche… anoche hice arder todo un edificio lleno de gente, en un par de minutos no quedó nada, solo escombros.

- ¿Fuiste vos?- Preguntó Tamarah, dejando su boca abierta en forma de O. María y Leon observaban a Mapini, asustados.- ¡Yo estuve ahí! ¿Fue en el Antro, verdad?- Y se llevó una mano por la admiración hacia su boca.- Enseñame como lo hiciste.

- No, por supuesto que no.

- ¿Quién es tu creador?- Quiso saber ella.

- ¿Creador?- Preguntó Mapini, haciendo que la actitud de Tamarah cambiara. Ahora ella emitía unas carcajadas.

- No soy tonta, no sos un convertido. ¡OH! Pequeño vampirito perdido en la ciudad ¿Dónde están tus papis para cuidarte de nosotros?

- No me trates de chiquito, debemos tener la misma edad.

- Siento tu debilidad… ¡Ah! Podría acabarte en segundos.

- Atrevéte a tocarlo.- Gritó Sebastian.

- ¿Y qué si lo hago? ¿Vas a intentar matarme? Lo único que vas a terminar logrando, es excitarte en el intento.- Y volvió a soltar otra carcajada. Todos la observaban, no podían defenderse.

- Leon, María, vayan adentro.- Ordenó Mapini.

- María, ya escuchaste - Gritó Leon.

- Ni loca, no los voy a dejar solos- Reprochó su novia.

Mapini les dedico una mirada llena de furia. Tenían que escapar, era urgente.

- ¿Ustedes fueron los causantes del incendio anoche?- Quiso saber Tamarah, en un tono serio por primera vez.

- No exactamente.- Le contestó Sebastian.

- Yo me encontraba saliendo del Antro, abrazada de dos hombres.- Sonrió exageradamente como tonta.- Bueno, ustedes saben como es esto.- Seguía sonriendo.- Me encontraba a varios metros de la entrada principal, cuando veo salir a varias personas corriendo, chocándome y desvaneciéndose sobre el suelo. No entendía que sucedía, pero ahí fue cuando vi el fuego en lo alto del lugar.- Todos la observaban, ninguno decía nada. También pude ver volar por los aires a un par de hombres hacia la calle.- Tamarah ahora observaba detenidamente a Sebastian y Mapini.- ¡Eran ustedes!- Los señaló con el dedo.- Si, mi memoria no me falla, pero… no recuerdo haberlos visto a ustedes dos.- Se dirigía a Leon y María.- Falta alguien más…- Llevó un dedo a su boca y pensaba.

- Alex.- Dijo Mapini.- el creador de Sebastian.

- Así que vos sos Sebastian, el convertido… Pude escuchar, cuando el enano te gritaba así… Convertido.- Mapini quiso golpearla al escuchar que lo había llamado enano. Sebastian sonrió, pero su expresión cambió nuevamente a serio al ver el cejo fruncido del vampiro más joven.

- Así que vos estabas también.- Decía Mapini, obviando lo que acababa de escuchar.- ¿Cuántos convertidos se hallaban en el lugar?

- La verdad que tan solo conocía a dos más, un par de viejos amantes convertidos.- Volvió a sonreír picaronamente- pero supongo que no lograron escapar del gran incendio.- Ahora su voz denotaba preocupación.

- Una ciudad llena de convertidos y yo ni enterado.- Se quejaba Mapini.

- Así es, querido. Somos muy pocos los que quedamos… así que…-Ahora observaba a Sebastian- ¿Qué te parece vos y yo, bombón?- Le guiñó un ojo. Él la miró con desprecio.

- Están hablando sobre una gran tragedia y vos lo único que sabes pensar es en sexo-

- Estás poniendo palabras donde no las hay, mi niña Barbie.- María había fruncido su ceño e inflado sus cachetes como lo hacían los nenes pequeños cuando se ofendían.- ¿Qué tan grande fue?- Quiso saber.

- Ciento noventa y siete muertes.- Le informó Leon. Todos se quedaron callados, mirando hacia el suelo. Permanecieron en silencio por un largo rato.

- Festejémoslo. Gritó animada Tamarah.

- ¿Festejar?- Preguntó Mapini, en un tono de voz muy elevado.- Mujer ¿Estás loca? ¿Qué habría de festejar?

- Que estamos vivos.- Le contestó ella en un tono sincero, haciendo que todos tragaran saliva.

María apretó el brazo de Leon contra ella, su rostro se llenó de lágrimas, mientras él la contenía. Mapini y Sebastian se observaban sin saber que decir.

- Hay que disfrutar y festejar la vida a cada momento, y no lamentarse por todo.- Decía la convertida. Mapini pudo sentir lo mismo que Tamarah, miedo y felicidad.- En cualquier momento y cualquier lugar, puede estar aguardándonos la muerte, para acabar con nuestras vidas, quién sabe.- Ahora sentía tristeza.- Hace dos años, me encontraba observando el teatro desde un ventanal muy alto, colgada sobre una tarima de madera que se sostenía con la pared. Adoraba estar ahí, era mi lugar favorito. Observar los ensayos me motivaban, me inspiraban a seguir adelante. Mi vida de humana no era tan fácil o feliz por cierto. Vivía maltratada por mi tío. Mis padres murieron cuando yo era muy chica, ya ni los recuerdo.

Mi sueño siempre fue ser una gran actriz, esas que salen en las películas de Hollywood.- Todos escuchaban atentos la historia de vida de la convertida. Se encontraban sorprendidos de que no estuviera actuando y hablara con tal sinceridad y sentimientos.- Como mi tío no apoyaba en nada lo que yo deseaba, no quiso pagarme los estudios en el teatro, así que me conformaba con ver los ensayos desde el gran ventanal. Mi casa quedaba justo enfrente, así que ya conocía todas las mañas para treparme y mantenerme oculta.

Una noche de verano, se iba a estrenar una gran obra, interpretada por varios adolescentes, moría de ganas por participar. Había concurrido una gran cantidad de personas, pero no pude entrar, cobraban entrada. Como no tenía dinero, subí donde siempre y observé desde afuera.- Los ojos de Tamarah brillaban con varias lágrimas amenazando con escaparse.- La obra transcurría perfectamente, me encontraba fascinada viendo a todos cumpliendo con sus papeles que con tanto esfuerzo los habían preparado. Sin darme cuenta, hice que la tabla en la cuál me encontraba parada, se tambaleara por un mal movimiento y me cayera de espaldas por los aires.- Pasó una mano por su rostro, secando las lágrimas que habían logrado escaparse.- No sentí nada, solo miedo mientras caía, pero cuando me di cuenta, tenía dos tubos de metal atravesando mi pecho, no me podía mover. Por mi boca salía demasiada sangre, me estaba ahogando, ya no podía respirar, pero apareció ella…

- ¿Ella?- Preguntó María, que se encontraba oculta detrás de Leon, escuchando la historia atentamente, como si fuese una película.

- Si, ella. En un primer momento, no la pude divisar muy bien, tan solo sabía que alguien se encontraba a mi lado, moviéndose a una gran velocidad, quitando los tubos que atravesaban mi cuerpo. No pude gritar, no tenía ni siquiera fuerzas para intentarlo, pero dolió, mierda, si que dolió.

- Vas a estar bien- Me decía, pero apenas lograba oírla. No podía entender como iba a estar bien. Pensé que tan solo lo decía para tranquilizarme, porque ambas sabíamos que yo, iba a morir.

Se acercó a mi rostro, se encontraba inclinada sobre mí. No podía ver bien su rostro, todo se veía borroso y me costaba diferenciar entre las cosas. Me estaba muriendo, pero ahí fue cuando ella me dio el beso de la vida y la muerte. Se había posado sobre mi boca, bebiendo de la sangre que salía, que me estaba ahogando, pero ella comenzó a beberla, trago por trago hasta vaciarme, hasta que pude recuperar el aliento, aunque me costaba respirar, un tubo había atravesado uno de mis pulmones. Intenté darle las gracias, pero antes de poder formular alguna palabra, la conciencia había vuelto a mí e hizo que me asustara el hecho de que haya bebido sangre de mi boca. Me aterré. Si hubiera podido, hubiese salido corriendo, pero ya no me podía mover, no tenía fuerzas para nada por la gran cantidad de sangre que había perdido.

- Vas a estar bien- Repitió. Pude ver- o eso creí- como cortaba con una pequeña daga su pálida garganta, brotándole demasiada sangre sobre mi rostro. Se acercó a mí, posando su ensangrentada garganta sobre mi boca, llenándola de mismo líquido que había extraído de mí. Ésta sangre no me ahogaba, me llenaba el alma, sentía la fuerza fluir a través de todo mi cuerpo. Sentí que podía levantarme y correr libremente. Las dos heridas que llevaba en mi pecho, eran historia, ya no sentía dolor, pero ahí fue cuando más me aterré y la alejé de mí. Me pregunté si ya me encontraba muerta, no podía entender lo que estaba sucediendo, pero quise volver a beber de ella, no me importaba nada más. El éxtasis que me provocaba su sangre al recorrer mi cuerpo, era mucho más fuerte y embriagadora que cualquier otra droga existente. Deseaba más, mucho más de esa cálida sangre… ¡Sangre! Pensé, y me levanté de un salto, horrorizada, exclamando un gran grito que se apagó cuando la mujer, rápidamente tapó mi boca con sus finas pero firmes manos.

-No hagas eso - Me reprochó- O vas a hacer estallar en mil pedazos, los vidrios de toda la cuadra entera y podrías aturdir a cientos de humanos.-

Y sin pensarlo, ni saberlo, había muerto. Claro, mi muerte humana, pero jamás lo había imaginado.

Todavía no sé si mi destino me había preparado eso, o si tan solo fue pura casualidad que Isabel esté pasando por ahí cerca y oliera mi sangre.

Esa misma noche, luego de que me enseñara lo que había conocer sobre mi nueva vida, nos topamos con otro grupo de vampiros, pero éstos no eran amables como mi creadora, nos atacaron apenas nos vieron, sin previo aviso, sin haberles hecho nada. Isabel peleo contra ellos para defenderme, mientras nos gritaban Convertidas. Ella no quería que me lastimaran. Con todas sus fuerzas, me ayudó a escapar y me pidió que no me dejara cazar, que corriera lo que más pudiera.

Al principio no quise, no entendía lo que sucedía, pero le hice caso y corrí. Corrí sin saber a dónde iba, no sé por cuánto tiempo me siguieron ni en que momento los perdí, pero desde ahí, disfruto cada día de mi vida, porque como me paso ami, o como le pasó a Isabel, uno nunca sabe cuándo la muerte lo espera.- Tamarah sonreía, con sus ojos violáceos llenos de lágrimas, pero sonreía.

María se encontraba en un mar de lágrimas, mientras Leon la consolaba. Sebastian observaba el suelo, inmóvil, y Mapini no podía entender, mejor dicho, no quería creer en la historia que acababa de escuchar. Los habían cazado como animales. Isabel, por lo que había oído de la historia, le parecía una mujer buena. Le salvó la vida a Tamarah. ¿Por qué la habían cazado?

Mapini se sentía culpable, el pecho le dolía

- Perdón.- Dijo, dirigiéndose a Tamarah y Sebastian al mismo tiempo, mientras ellos lo observaban, con una sonrisa en sus rostros.

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