jueves, 3 de junio de 2010

-Modern Vampire- [ Capitulo XVI -La Fiesta- (Emmanuelle)]

El tema era el siguiente:

La información se había filtrado en Internet, enviándole a cientos de adolescentes la invitación virtual de una fiesta a las casillas de correos y otras por medio de mensajes de texto en los teléfonos móviles. Lo que más les llamaba la atención eran las tres frases en mayúscula y negrita.

“¡ENTRADA GRATIS!” “ALCOHOL (Hasta que tu cuerpo diga basta)” y el último “CASA LIBRE DE PADRES”.

Varios pensaron que era una invitación tentadora y comenzaron a correr la voz a los cuatro vientos. Otros se preguntaban si esa fiesta realmente se iba a dar, pero con ir no iban a perder nada, porque sabían que otros habían arreglado para llegar en varios grupos grandes de adolescentes, deseosos de fiesta, alcohol y sexo.

Emmanuelle era uno de esos jóvenes a los qué les había llegado la invitación. Al abrir el correo, dudó en si ir, porque con sus quince años de edad no podía asistir a ninguna clase de fiesta o salir de noche, pero esa fiesta parecía el lugar perfecto para acabar con su mala racha.

- Me merezco ésta salida- Le había dicho a sus padres. Su trimestre escolar había terminado con las notas más que aprobadas.

- Tengo un mal presentimiento- Le dijo su madre en un tono preocupado. Él no le prestó atención, sabía que ella siempre decía lo mismo para no dejarlo salir, pero esa noche, iba a ser su noche.

Le pidió a su padre que lo llevara en el auto a la fiesta, diciéndole que allí se encontraría con dos amigas, Luccía y Anabella, unas jovencitas que se habían incorporado al colegio a principio de año, al llegar de Italia con sus familiares.

En el asiento del acompañante, Emmanuelle se miraba en un pequeño espejito de bolsillo, arreglando su despeinado cabello rubio, observando sus ojos verde agua, guiñándose un ojo para sí mismo y revisando que su maquillaje pasara desapercibido y no se viera sobrecargado.

A su corta edad, ya había salido del armario, haciéndoles frente a sus familiares, amigos y conocidos. Para su asombro, lo aceptaron al instante, diciéndole que era demasiado obvio, que ya lo sabían hacía tiempo, y que lo aceptaban como era, ya que todos lo querían demasiado.

Su padre lo observaba por el rabillo del ojo, siendo él, el único que se lo había tomado mal. Como hombre, le parecía un insulto que su hijo varón, fuese homosexual. Anteriormente había discutido ciento de veces con su mujer acerca de Emmanuelle y su “problema”, diciéndole que tendrían que encontrar una cura, tal vez un psicólogo lo encaminaría de nuevo, pero su esposa siempre lo tranquilizaba, acabando con la discusión, diciéndole que su hijo era así y lo tenían que aceptar como era, al igual que él los aceptaba a ellos.

- Emma, hijo- Le dijo el padre antes de que descendiera del auto, tragando saliva-. Quiero… quiero que sepas que aunque a un principio no me tomé muy bien eso de tu “temita”- Volvió a tragar saliva, costándole hablar sobre ese tema con su hijo. Todo le resultaba nuevo y muy difícil de hablar, cosa a la cuál intentaba adaptarse. Emmanuelle blanqueó sus ojos- Te quiero- Le dijo por fin soltando las palabras que le cortaron la lengua invisiblemente. A su hijo se le llenaron de lágrimas los ojos, abalanzándose sobre él, apretándolo con los brazos, abrazándolo fuertemente.

- ¡Ay, papi! No hacía falta ni que lo dijeras- Se secó las lágrimas con la manga de su campera- siempre supe que me querías, no lo dudé ni por un segundo- Ahora le sonreía- también sabía lo difícil que iba a ser que mamá y vos lo aceptaran- Ya había abierto la puerta del coche, disponiéndose a bajar.

- Otra cosita…- Le dijo el padre, reteniéndolo unos segundos más-…cuidáte - Su hijo le guiñó un ojo y descendió. Lo que vio al bajar lo asombró demasiado: Un centenar de adolescentes al igual que él, se encontraban sentados sobre la vereda, otros caminaban sin ningún rumbo fijo con bebidas en sus manos, algunos se tambaleaban, reían, bailaban, fumaban o cantaban. Creía que se encontraba en el paraíso –o en el infierno- se dijo a sí mismo, riendo. Entre toda la gente, divisó a sus dos amigas que lo esperaban haciéndole señas.

- ¡Emma!- Le gritaban, pero él ya las había localizado y se dirigía hacia ahí, viendo varios autos y camionetas estacionados, haciendo descender más docenas de adolescentes. Se preguntó por la cantidad de personas que habían concurrido al lugar, pero no tuvo ni idea así que se limitó a caminar y dejar de pensar.




La fiesta le parecía mucho mejor de lo que se había imaginado. Emmanuelle y sus dos amigas saltaban eufóricos entre los desconocidos. Todos sonreían, se encontraban felices, pero ¿Felices por qué? ¿Porque realmente se estaban liberando? ¿Porque todos habían perdido el pudor gracias al alcohol y sacaban lo peor de ellos, siendo uno mismo? Él no lo sabía, aunque tenía sus dudas, realmente no le interesaba averiguarlo.

Los adultos hablaban de la falta de amor en la juventud, pero ¿Qué era aquella sensación si no era amor hacia todo lo que los rodeaba? No podía ser el efecto de las drogas, no, eso no lo provocaban las drogas. Existen muchas formas de amar y esa era una de ellas. Amor por la música que los aturdía e impedía que pudiesen hablar ¿Y quién necesitaba hablar en algún así? Amor por las luces que los enceguecía y los ponía más tontos, haciéndolos sonreír, volar por los aires y amor por la gente joven y bella que tenían alrededor.

¡OH, Sí! Alice Practice hacía que todos giraran en el lugar, como si estuviesen bajo un trance masivo, algunos adolescentes se encontraban tristes, otros llorando de felicidad, pero lloraban, y Emmanuelle amaba eso, a los humanos demostrando sus más sensatos sentimientos. Él era uno de ellos, a los cuáles se les llenaba de lágrimas los ojos al ver llorar a la gente, no podía creer lo sensible que llegaba a ser una persona, pero era así, como si una onda invisible de emociones viajara através de la música, penetrando en el corazón de todos.

El corazón… ¡Ah! “Qué órgano más jugoso” pensaron varios jóvenes bailando entre todos, sin que nadie los oyera.

La gente estaba loca, los adolescentes alcoholizados que se encontraban en la habitación rústica y pintoresca, iluminada por luces parpadeantes de distintos colores, estaban locos. ¿Qué quedaba para el futuro? ¡¿A quién le importaba el futuro en esos momentos?! Por supuesto que a nadie, era disfrutar el momento, se lo merecía, sabía que se lo merecía.

Anabella se encontraba pegada a un joven, abrazados, bailando al ritmo de la música, frotando sus cuerpos, desinhibidos de todo, pero no eran los únicos. Siguieron bebiendo cualquier cantidad de alcohol.

“¿Quién había pagado todo en aquella fiesta? “ Pensó Emmanuelle. “Tendría que buscar al anfitrión, felicitarlo y darle las gracias por todo. Él o ella, había creado esa felicidad en los presentes, doscientos, tal vez trescientos jóvenes.”

No, era increíble… Pensar que había dudado en si iba a asistir o no… de seguro que no iba a soportar escuchar a sus compañeros del colegio hablar de aquella fiesta si no hubiese ido. Pero ahí se encontraba, entre todos, en el lugar que iba a dar que hablar por semanas hasta que alguien más hiciera una fiesta mucho mejor que esa, pero lo dudó, no creyó posible que alguien fuese capaz de organizar algo parecido en su casa. Esas fiestas solo se veían en la televisión, en otros países, Nueva York, Gran Bretaña, pero no… ¡Se encontraban en Argentina! Haciendo lo que siempre desearon, tantos años viendo películas, series y escuchando hablar a estudiantes extranjeros sobre esas fiestas, y ahora se encontraban viviendo una. ¡Y era mucho mejor de lo que habían visto o escuchado!

Emmanuelle iba a llorar, ya no lo soportaba. Abrazó a Luccía por el cuello y lloró… lloró de felicidad. Se encontraba felizmente bajo los efectos del alcohol y vaya a saber uno también de que clase de drogas le habían convidado. Su amiga lo miraba desconcertada, pero igual trató de consolarlo, diciéndole en Italiano “Ya, ya, está todo bien” dándole unas palmaditas en el hombro.

¡Ah! Ese acento Italiano que tanto adoraba. Emmanuelle había quedado hechizado desde el primer día que lo oyó. Ahora sonreía, le sonreía a su amiga, tomándola de las manos y saltando, disfrutando del éxtasis que los dominaba, pero algo le llamó la atención. Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndolo voltear, quedando frente a frente con un hombre. Sí, era un hombre ya, no era un adolescente más de la sala. Iba acompañado, tenía que serlo, porque eran los únicos dos que desentonaban en la fiesta.

“Que hermosos” Pensó Emmanuelle, observándoles el cabello negro a ambos, los ojos felinos y violáceos y el color pálido de la piel, mientras que el hombre que tenía enfrente, le sonreía, haciendo que el jovencito de cabello rubio se sonrojase. “Es mi oportunidad” pensó de nuevo y les quiso hablar, pero sintió como sus palabras se ahogaban bajo la música, pero para su asombro, vio como los dos le contestaban al mismo tiempo. Pudo leerles los labios, era fácil de reconocer esa palabra cotidiana “Hola” pero no los llegó a oír.

¡Qué par de oídos tenían esos extraños! Creyó que estaba perdiendo sus sentidos por todo lo que había consumido. “Que vergüenza” se dijo por dentro, y volvió a sonrojarse, pensando en que se vería como un tomate.

Uno de los hombres –el mayor- le extendió una mano a Emmanuelle, estrechándosela con la suya. Sintió una fuerza sobrenatural que lo asustó e hizo que se fijara más en él. Su mano estaba congelada, pero pensó que era normal, de seguro que acababan de entrar a la fiesta y en el exterior habría estado helando. El hombre no lo soltó, arrastrándolo hasta su rostro. ¡Que belleza! Emmanuelle deseaba tocarlo, acariciar su pálido cuello, besarlo… ¡Sí! Lo que más deseaba era besarlo, Expresarle su amor al hombre que apenas conocía y lo volvía loco.

Sintió que alguien le tiraba de la parte trasera de su campera, volteó y vio que era su amiga que lo observaba enojada, haciéndole una seña para que dejara lo que estuviese haciendo. ¿Por qué habría de dejarlo? ¡No! No iba a perder esa oportunidad. Tenía a un par de hombres hermosos para él. No uno, sino dos hombres muy parecidos. Pensó en preguntarles si eran hermanos, pero no se atrevió. Luccía podía arreglárselas sola por unos momentos, además le iba a venir bien mezclarse entre la gente y entablar nuevas amistades.

Sobre el hombro de su amiga, divisó a otro joven muy hermoso también. Sonrió al notar lo mucho que le atraían los jóvenes de tez blanca, casi pálidos. Volteó a ver otra vez a los hombres, pero para su sorpresa, ya no estaban. “¡Maldito sea el momento en que tuve que prestarle atención a Luccía!”

Con un ademán de manos, le indicó a su amiga que lo siguiera. Se acercaron al joven que había visto, y para su sorpresa, la italiana lo abrazó ¡Abrazó al desconocido!-O eso pensó- porque por lo visto, no eran tan desconocidos después de todo. El rostro del muchacho se había llenado de felicidad al verla. Emmanuelle intentó oír lo que decían, pero no, sus sentidos estaban débiles o la música muy alta.

- Soy Emmanuelle, con doble M- Se presentó, colocándose entre su amiga y el joven atractivo.

- Ah, soy Mapini, un gusto- Se estrecharon las manos.

¿Mapini? ¡Guau! Que nombre tan raro, al igual que su belleza, pero detrás de él pudo ver a otro. Éste aparentaba un poco más de edad, pero no tanta. Cabello oscuro, tez blanca, ojos verde esmeralda –aunque parecían falsos- y algo irritados, pero igual lo hacían ver bien. ¡Dios! Se encontraba en el paraíso. Quiso saber quién era, porque se encontraba por detrás de Mapini. Llevaba una expresión de alerta en su rostro, acompañado por una mujer. Si, muy bella también.

-Hola, hola- Le había dicho, extendiéndole una mano.

-Un gusto Emmanuelle- Le devolvió el saludo el joven de cabello oscuro. ¡Pero qué audición tenían todos! Tal vez ese atractivo muchacho se había fijado en él, por eso había prestado atención a su nombre. Si era así… ¡Guau! ¡Qué noche! Toda la suerte estaba de su lado.

-¿Cómo te llamás?- Quiso saber.

-OH, Sebastian- Contestó como si se disculpara por la falta de atención.

-“Bonito nombre”- pensó. Todos eran lindos, todos eran más que hermosos. ¿Qué sucedía? Esa belleza era inhumana, ni los modelos que solía ver en televisión o Internet se les parecían.

Vio como la mujer que acompañaba a Sebastian, lo observaba con los cachetes inflados, notándosela molesta. Ella empujó a Mapini y se acercó a Emmanuelle, extendiéndole la mano para saludarlo.

-Tamarah, un gusto. Le dijo. Si, estaba enojada, su tono de voz la delataba. Los dos jóvenes modelos la observaron con cara de susto. ¿Por qué? ¿Qué tenía de malo que la saludara? Emmanuelle no estaba acostumbrado a darles la mano a las mujeres, así que se acercó y le besó la mejilla.

-Encantado de conocerte- Le dijo, sonriéndole.

Para su asombro, Tamarah lo apartó bruscamente, inflando más sus mejillas mientras se alejaba, hasta perderse de vista entre la multitud. Sebastian sonrió. Mientras sonreía, lo observaba a Emmanuelle, como si lo estuviese estudiando, Mapini lo imitaba.

- “¡Qué extraña era esa situación! ¿Qué podría haber dicho o hecho para ofenderla?”- Se volvió a preguntar.-“¿Y qué importaba ella?”. Otra vez tenía a dos jóvenes sensuales para él.

- ¿Y cómo es que se conocen?- Se había vuelto a entrometer. Mapini con una mano, hizo que se corriera, evitándolo. –“¡Maldita italiana!”-

No perdió las esperanzas, todavía le quedaba una “víctima” –o eso pensó él-. Buscó con la mirada a Sebastian, y ahí estaba de espaldas, observando la fiesta. No parecía disfrutarla, más bien, parecía un guardia de seguridad. Emmanuelle le tocó el hombro y le preguntó:

-¿Sos el dueño de la casa? ¿Vos organizaste la fiesta?- Pero Sebastian no le contestó. Con el mentón señaló a Mapini sin apartar la mirada de la multitud.

¡Qué sorpresa! Y él que se imaginaba al anfitrión menos egoísta al organizar tremenda fiesta. Que equivocado había estado, y como odiaba a su amiga en esos momentos. ¿Ella no había sido la causante de que los hombres se marcharan? ¿Ella no lo había hecho voltear para no se quedara sola? ¡Ja! ¡Qué hipocresía! Y ahora la que lo dejaba de lado, era ella, pero no se iba a quedar con las dudas, iba a averiguar cómo se conocían cueste lo que cueste.

- Italiana picarona- Balbuceó y otra vez, para su asombro, sintió como si lo oyeran. Mapini y Sebastian habían volteado para observarlo, pero no podía ser, no se encontraban cerca, era imposible, tendría que ser una casualidad –“Una muy grande”- pensó.

Dejó a Luccía atrás con sus atractivos conocidos. Iría a buscar a los dos hombres que había visto antes, pero primero daría un recorrido por la fiesta. Era muy temprano y quedaría muy necesitado si se les tiraba encima tan rápido… ¿Y si se marchaban? No importaba, de seguro que habían más de esos ejemplares atractivos esperando por su amor.




Una hora había pasado, tal vez dos, no lo sabía. Emmanuelle se encontraba ebrio, había perdido de vista a la gente atractiva y a sus dos amigas. De vez en cuando se topaba con algún adolescente que le llamaba la atención, pero no tanto como los anteriores, así que los dejaba pasar.

- Estoy necesitado, pero no para tanto- Le había dicho a un ventiañero que intentó besarlo, alejándose con aire de importancia, dejándolo plantado. No pudo distinguir lo que le gritaba, pero de seguro alguna puteada había recibido.

Sintió ganas de ir al baño, estaba mareado y la cola del baño era demasiado larga, no iba a aguantar. Se dirigió a hacerlo en el patio contra una pared, total, nadie le prestaría atención. Pasó por el pasillo en forma de L, dirigiéndose al exterior. Ahí se chocó con Tamarah, si, era ella. Pudo reconocer su belleza, su piel cobriza, su cabello largo negro y lacio, en sí, toda su esbelta figura. Ambos se miraron, él le sonrió tontamente, ella le dedicó una cara de asco y le dio la espalda, dejando a la vista una mochila muy graciosa, con el dibujo de una rama- “Qué infantil”- Pensó, y siguió caminando, dejándola atrás con su malhumor.

Se sorprendió al ver la cantidad de jóvenes haciendo “pogo” en el patio. No sabía de dónde habían salido tantos o en qué momento habían llegado a la fiesta… Era su oportunidad de conocer más gente y así llegar a entablar amistad o quien dice, tener sexo.

Sexo… Como lo deseaba en esos momentos, pero primero tenía que mear y si se aguantaba el asco, vomitar también.

Se puso en un lugar medianamente alejado, junto a una pared que se encontraba tapada por una gran enredadera iluminada por cálidas luces amarillas. El alcohol amenazaba en su garganta con querer salir. Sabía que si lo hacía (vomitar), luego se sentiría mejor. Con la ayuda de sus dedos, intentando no pensar, logró expulsar de su cuerpo, gran cantidad de lo que había bebido. Comenzó a reírse solo, se sentía patético. Se sorprendió al ver que no paraba de vomitar desde su boca ese amarillento y oloroso líquido. Le quemaba la garganta y fruncía la nariz, realmente apestaba.

Se apoyó contra la pared para no caer sobre su vomito, las piernas le fallaban. Seguía riendo. Cuando estuvo a punto de desvanecerse, sintió como dos personas lo sujetaban fuertemente por ambos brazos.

-“Gracias a Dios que me atraparon”- Pensó, sino al otro día tendría su ropa toda manchada y hedionda.

Pasó volando entre toda la gente, nadie lo observaba ¿Quién lo llevaba? ¿Serían Luccía y Anabella que lo habían rescatado? Su cabeza se encontraba pesada, no tenía fuerzas para mirar a los costados, apenas podía abrir sus ojos. ¡Pero qué rápido se iban moviendo!

Para cuando se dio cuenta, estaba boca arriba sobre una cama, una gran cama, tamaño matrimonial. Que relajado se sentía… Quería dormir… ¡Sí! Dormir le vendría bien.

Se acurrucó, volteándose a un lado, intentando dormir.

- Todavía no, bonito- Escuchó que le decían-. Ya vas a dormir en la eternidad, solo unos momentos más- También pudo oír una segunda persona riendo a carcajadas.

- “Apaguen las luces”- Quiso gritarles, pero se dio cuenta que solo lo había pensado. Alguien se acercaba gateando sobre la cama, podía sentirlo, pero estaba tan cansado que no quería ni abrir los ojos. Ahora lo besaban. ¡Qué suaves eran aquel par de labios!

Se encontraba boca arriba nuevamente, no supo en qué momento quedó en esa posición o cuándo le habían comenzado a quitar la ropa. Abrió sus ojos y vio a los dos hombres que se le habían escapado antes. Lo besaban, le quitaban la ropa. ¡Sí, lo había conseguido! Que afortunado se sentía al haber sido rescatado por esos hombres inhumanamente sensuales. Sintió como la cálida sangre recorría su cuello, bajando hacia su pecho.

- “¿Sangre?”- Pensó. Pero… ¡Qué rico se sentía!

El pánico lo dominó al sentir varios pinchazos por todo su cuerpo. Ardían un momento y luego era como si desaparecieran bajo los mágicos besos de los hombres.

- “¿Esto es hacer el amor? ¿Era eso el placer carnal?”- No supo que contestarse.

Sentía que en cualquier momento acabaría todo, pero no quería. Deseaba seguir gozando del placer, con los labios de sus dos acompañantes besándole de punta a punta el cuerpo, lamiéndole cada parte de sus zonas privadas.

-“¡Que no acabe jamás! ¡Por favor! ¡OH, sí!”- No podía formular las palabras, cada vez se sentía más y más débil. Se encontraba sin fuerzas, no podía ni gemir.

En su cabeza comenzaron a formarse varias imágenes de su infancia, sus primeros días en el colegio, su primer amor, los domingos en familia, las salidas con sus padres y otras que apenas podía reconocer.

- Papá- Dijo en un hílo de voz.

Lo último que Emmanuelle pudo ver, apenas logrando abrir sus ojos, fue la belleza de Sebastian y Mapini entrando en la habitación con caras de susto.

-“¿Por qué esas caras?”- Pensó- “¿No quieren un poco de mi sangre?”.


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