viernes, 11 de junio de 2010

-Modern Vampire-[ Capitulo XVII- La Fiesta II- (Mapini)-]

Me encontraba frente al espejo, arreglándome para lo que iba a ser la gran fiesta de la noche. Leon me había dicho que cientos de conocidos y amigos habían confirmado su asistencia. Me sentía motivado y ansioso, quería que llegaran ya.

Arreglé mi cabello marrón bastante claro (Que me hacía ver como rubio) y me quitaba los lentes de contacto verde. Ya estaban irritando demasiado mi vista. Dejé al descubierto mis hechizantes ojos color violeta. Me encantaba ser único u original, deleitando la mirada de los curiosos que me observaban, pero no me hacía mucha gracia llevar ese par de armas al descubierto. Temía por mi identidad.

Mis ojos no eran tan rojizos como los de Tamarah, más bien eran de un azul violáceo, pero cuando me enfurecía, sabía que el rojo predominaba, deseando sangre, muerte, aunque nunca maté. Bueno, si, tan solo una vez, pero fue un error, un accidente…

Al recordar eso, varias lágrimas recorrieron mi rostro.

- Zemial – Dije, apretando los puños fuertemente.

Las lágrimas me refrescaron la vista, haciendo que el ardor e irritación desaparecieran. Hacía un día entero que llevaba los ojos falsos en mí, pasando como un humano corriente entre todos. Aprendí que aún disfrazándome, nuestra presencia es visible, es algo que lo llevamos en la sangre, en lo más profundo de nuestro ser, en nuestra oscura alma, deseando salir a la luz, que va cantando, gritando por donde vaya “Soy un Vampiro”.

Mi rostro pálido como el de un muerto, al igual que el de los Convertidos, era lo que más me agradaba. Muy pocos vampiros de sangre pura eran así. A la mayoría le gustaba tomar sol, broncearse, pero a mí no, detestaba el sol ardiendo sobre mi piel, no sé por qué, pero sentía que me quemaba, que en cualquier momento ardería en llamas…

Llamas… Otra vez el maldito recuerdo del Antro. En el viaje me había dicho “Basta” pero se me hacía difícil seguir a pie mis decisiones, no podía evitar relacionar todo con la trágica noche anterior, pero sabía que si lo intentaba, lo iba a lograr. Era consiente que ese trauma me iba a perseguir de por vida, pero a medida que pasara el tiempo, iba a doler menos – o de eso quise convencerme.

Sonreí. Si, sonreí por lo ingenuo que me sentía en ese instante, y vi lo que más amaba de mí: Mis hermosos y afilados colmillos. Sobresalían de toda mi dentadura. Era una sonrisa inhumana, temible pero que no perdía ni un segundo su encanto.

Pasé la lengua sobre mis dientes, comprobando su filo. ¡Pero que sorprendente era el roce! Eso era lo que tanto adoraban los humanos al sentir mis colmillos sobre su cuerpo. En el centro de mi lengua, una pequeña bolilla brillaba: Mi piercing. En sí, no consistía en nada, era solo decoración, pero que placentero le resultaba a la gente, cuando jugueteaba con el sobre sus cálidas y húmedas lenguas.

Mis inexpresivos ojos habían perdido todo el color rojo provocado por la irritación. Volví a sonreír ¡Qué fácil y rápido era sanar siendo vampiro! Nunca dejaba de sorprenderme.

En un campamento con los exploradores, hacía seis años, había caído sobre un Vinal, incrustándome varias espinas sobre el pecho y las piernas ¡Fue doloroso! Pero qué divertidas fueron las caras de los mayores a la hora de auxiliarme. Me habían retirado una por una las largas espinas de más de cinco centímetros. Luego me desinfectaron e intentaron vendarme, pero para ese momento ya no había heridas ni rastro alguno de que hayan existido. Quedaron atónitos, pensaron que era alguna especie de milagro o que ese árbol llevaba algo medicinal, pero pobre de ellos, al momento de contarle a mi madre, ella me obligó a que haga “Eso que hago con mis ojos” y así borrarles ese recuerdo. En privado le recordé que aunque mis ojos eran buenos hechizando, todavía no podía borrar la memoria, solo enseñar imágenes falsas. ¡Cómo me enojé con ella por confundirme con mi padre! Él, que podía controlar una gran multitud de hombres tan solo con sus ojos. Él, que podía enseñar recuerdos falsos, borrar la memoria, penetrar en la mente del que mirase, irrumpir en sueños ajenos. ¡Agh! Que impotente me sentí.

Así fue, como me acerqué a los coordinadores y les hice ver unas escenas de momentos en los cuáles les preguntaba sobre aquél árbol, qué clase era y para qué servía, pero que nunca me había caído ni lastimado.

Me observé de pies a cabeza. Mis All Stars color beige relucían, mi vaquero azul oscuro impecable, con la botamanga hecha un doblete porque me quedaba largo. Mi remera negra llevaba un “Mapini” estampado en letras que brillaban en la oscuridad, pero que quedaban ocultas bajo mi fino chaleco de vestir color gris. En mi mano derecha, en el dedo del medio llevaba mi anillo de oro con la insignia de la familia Karolyi grabada, uno de los tres amuletos que me habían dado al nacer. Sobre mi cuello, un collar de plata con dos anillos, uno del mismo material que la cadena y otro de bronce. Según Sebastian, cada uno servía para algo diferente, pero en realidad no sabíamos para qué. Lo único que sabía, era que gracias a alguno de todos ellos, Alex se había vuelto cenizas, desintegrándose en el aire luego de atacarme. Recuerdo que desde pequeño, mis abuelos me decían que por nada del mundo tenía que quitármelos, prestarlos y mucho menos perderlos. Nunca me dijeron el por qué, pero siempre me corrían diciendo “Es mejor así, que no lo sepas, porque algún día podrías toparte con el mal y serían conocedores de nuestros más ocultos secretos de defensa” ¡Ah! ¡Vieja bruja! Siempre con sus frases, acertijos, adivinanzas, amuletos y pociones raras. “¿Esas cosas no habían quedado ya en el pasado? ¡Qué alguien le recuerde que estamos en el siglo XXI” le había gritado a mi madre una vez, pero ella me sonrió sin decir nada, guardándose cientos de secretos.

Realmente había momentos que deseaba poder leer las mentes.

Tuve que tapar mis ojeras con un poco de maquillaje que tomé prestado de mi madre. Me veía algo demacrado por la falta de sangre en mi organismo. La sed de sangre ya se hacía visible en mi rostro. ¡Pero ah! Faltaba tan poco para que los invitados llegaran.

Adoré el tono pastel que le dio a mi rostro una base a crema, aunque igual no llegaba a desaparecer del todo la palidez.

Oí que golpearon la puerta.

- ¡Ya va! ¡Está ocupado! – Grité, observándome por última vez en el espejo. Reconocí la presencia de Sebastian que se encontraba detrás de la puerta. Por más raro que pareciera, ya podía distinguir hasta su esencia a varios metros. Eso me hizo odiarle. La puerta se abrió y volteé rápidamente, sorprendiéndome.- Te dije que ya…- Cuando observé el exterior del baño, pude oír, ver y sentir, varios humanos entrando en mi casa, haciendo que mi corazón se acelerara por la emoción. Sebastian me observaba inexpresivo.

- Pensé que deberías saberlo… los aperitivos comenzaron a llegar- Al decirme eso, capté una leve sonrisa en su rostro. Aunque quisiera ocultármelo, percibía su emoción que se mezclaba con la mía, haciendo estallar mi adrenalina.

Al entrar en la casa, los adolescentes, acompañados por Leon y María que los guiaban, observaban todo muy curiosamente. Les llamaba la atención el decorado, el sonido ensordecedor, la música contagiosa y las luces hipnotizantes. Deducí que más de uno, buscaba con la mirada alguna figura paterna. Se encontraban desconcertados al ver semejante organización de fiesta en esa casa. Oí como se preguntaban entre ellos, si alguno conocía al anfitrión, ¡A mí!

Tuve deseos de salir corriendo e ubicarme entre todos y exclamar “¡Yo soy su anfitrión!” Pero ya era tarde, las luces hogareñas se apagaron, y todo cambió a una especie de “Club Night” o “Antro”… Antro ¡Qué va!

- ¡Que comience la fiesta!- Gritó un jovencito, comenzando a saltar entre sus acompañantes.

¡Ah! La ola de excitación viajó hacia mí a la velocidad de la luz, embistiéndome rudamente, provocando varios escalofríos por mi espalda.

-Que comience la fiesta- Me dije a mí mismo, olvidando que Sebastian se encontraba cerca y pudo oírme. Él me asintió con la cabeza y en un segundo se escabulló entre la muchedumbre.

La mayoría comenzó a distribuirse por toda la casa, revisando cada rincón en busca de comodidad.

A los diez minutos de haber empezado la fiesta, Leon tuvo que echar a varios bravucones que intentaron forzar la cerradura de la habitación de mis padres. Cuando la cosa se iba a poner fea, Sebastian acudió para ayudarle, hipnotizándolos con la vista, los obligó a que se comportasen bien y fue gracioso verlos trabajando como sirvientes, ordenando todo lo que sus amigos casi destruían. María reprochó a Sebastian por su acto, diciéndole que era algo útil, pero cruel. Tamarah casi se descostilla, agradeciendo estar muerta, sino moriría de la risa al ver a los jóvenes Punks ayudando en el orden y la limpieza de la casa. Leon le agradeció la ayuda al vampiro, pero le dijo que no le hacía falta, que él solo podía con esos niñitos. Y yo… yo tan solo los observaba, sonriendo pero sin opinar. A cada momento me sorprendía al ver que no había sido tan mala la idea de haberlos invitado u organizado esa fiesta, porque me la estaba pasando bastante bien y eso que apenas había comenzado.

Media hora había transcurrido y ya no soportábamos la sed.

Tamarah, Sebastian y yo nos observábamos haciendo señas con el rostro, pero yo les pedía que esperaran.

- ¿Esperar qué? - Me atacó Tamarah.

- Esperemos un poco a que estén más ebrios y no nos tengamos que esforzar con nuestras habilidades, no creo que sea posible de lograrlo con la sed que tengo- Terminé de decir eso y un joven pasó por mi lado, tambaleándose, intentando encontrar apoyo en el hombro de Tamarah, pero ella lo evitó, moviéndose a una velocidad que apenas pude percibir y vi como el joven caía desmayado al suelo. Tamarah lo observó sin prestarle mucha atención.

- ¿Estás seguro que tenemos esperar más? Si siguen así, en unos momentos van a estar todos inconcientes sobre el suelo y ya no va a tener gracia beber de ellos.

- ¿Gracia? ¿Cuál era la gracia?” - Me pregunté. En realidad tenía razón, a ese ritmo, la fiesta iba a durar como mucho una hora más sin que nadie quedase de pié. – Sebastian –Dije en voz baja, aunque él me pudo oír-. Les voy a enseñar a alimentarse sin matar- Pude ver como asentía con la cabeza y Tamarah inflaba sus cachetes, no le hacía ninguna gracia, pero debía adaptarse.- ¿Eligieron a su presa? – Ambos asintieron con la cabeza.

Los jovencitos que habían marcado como “target” eran muy bonitos: Una niña de no más de catorce años y un jovencito de dieciséis. Los dos de cabello oscuro y piel cobriza, facciones muy infantiles y un alma muy pura. Al instante entendí por qué los habían elegido: Ninguno de los dos había bebido ni una gota de alcohol, estaban limpios.

- A si saben más ricos- Dijo Tamarah como si me hubiese leído la mente.

¡Qué habilidad! ¡¿Cómo podían notarlo?! Si no me hubieran señalado a sus víctimas, nunca me hubiese dado cuenta de lo que recorría por sus sangre… lo hubiera pasado por alto.

Yo era el típico cazador que decía “Bicho que camina, va para la parrilla” o “Para el hambre no hay pan duro” (Aunque esa última frase la modificaba para que sonara algo grosera). Nunca me había parado a seleccionar detenidamente a mis presas, aunque así eran los efectos secundarios también, llenando mi sangre de todas las mierdas que consumían… pero ellos… con tan poco tiempo siendo vampiros, sabían elegirlos con cuidado, cazarlos con mucha destreza y me superaban en fuerza y velocidad. ¡Y ni hablar de su belleza! Sebastian a simple vista era un Don Juan y Tamarah una princesa perdida, una princesa que se escapó de su castillo con la belleza heredada de la realeza, y yo… Yo solo soy Mapini.

Nos acercamos a la primer víctima sigilosamente, pasando entre toda la gente, evitando rozarlos. Me paré en seco frente a la jovencita, la miré a los ojos fijamente, con mi mano levanté su mentón y le sonreí, ella suspiró.

- Sebastian – Volví a decir, dejando caer el rostro de la muchacha que gimió tontamente. El vampiro que me acompañaba pasó por delante de mí y también le sonrió. La gente que nos rodeaba miraba curiosamente al ver a Sebastian, un joven tan bello, junto a esa nenita.

- Hola – Le susurró a la oreja Sebastian a la pequeña, mientras ella reía y daba gemidos tontamente, no paraba de sonreír y mirar alrededor sin entender nada, tampoco podía escaparse ahora de los brazos del vampiro, pero no lo deseaba, en su interior varios sentimientos luchaban entre sí. Temía, sí, se encontraba aterrada, pero ¿Qué era esa sensación de paz que sentía al mirar fijamente a los ojos de su acompañante? Eso la desconcertaba aún más, pero igual el deseo de saber que era lo que iba a suceder, la retenía. Se sentía bien, el cosquilleo en el estomago y las nauseas eran agradable. ¿Era amor lo que sentíamos la joven y yo por Sebastian? Realmente se sentía genial.

Tamarah observaba con sus brazos cruzados sobre el pecho, de vez en cuando miraba por el rabillo del ojo a su presa, la sed aumentaba desesperándola.

- Te amo.- Le dijo la chiquilla. No solo su rostro era infantil, su voz también lo era.

- Lo sé, mi vida, lo sé- Sebastian le besó la oreja, ella volvió a gemir.

Que asco me dio percibir el deseo sexual de la jovencita hacia Sebastian.

Le pasó la lengua por el cuello y tiernamente la penetró con sus afilados colmillos de color marfil.

Bien, era suficiente. Te odio Sebastian, realmente te odio por volverte tan deseable.

Quise apartar a la jovencita y ocupar su lugar, pero me resistí. Me sentía incómodo, tuve que disimularlo muy bien porque Tamarah me fulminaba con la mirada.

- ¡Basta! – Grité. Me asusté al oír mi voz tan agitada. La jovencita aperitivo ya se encontraba agotada. Si la dejaba en ese momento, se recompondría en un par de horas y podría andar bien.

Sebastian se desprendió forzosamente de su cuello, lamiéndose los labios.

La muchacha tenía los ojos bien abiertos y sudaba. La excitación la hizo sudar. Quiso besarlo, pero el vampiro le corrió la cara y se hizo a un lado. Se pasó la manga de su campera por la boca, pero ya no tenía ni una gota de sangre en los labios. ¡Qué perfección! Ni una gota había derramado.

Ahora era el turno de Tamarah que esperaba ansiosamente.

Le hice una seña con la cabeza para que se acercara a su víctima. Desprendió sus brazos del pecho y caminó hacia el jovencito.

Para nuestro asombro, fue directamente al joven que se encontraba solo, con un vaso de Coca-Cola en la mano, observando la fiesta. Lo embistió contra la pared, tomándolo del cuello y le mordió un brazo. La mano que le quedaba libre a la víctima, se la veía pasar por toda la parte trasera del cuerpo de la vampiresa.

Pude sentir el asombro de Sebastian. Yo me encontraba asombrado también. ¡Qué brutalidad por ambas partes!

- ¡Si, mamita, si!- Gritaba el jovencito de facciones infantiles y voz de hombre maduro. También pude percibir el deseo sexual que sentía la víctima por su atacante. Tuve que pensar en otra cosa porque sino mi príapo iba a sentir el efecto producido por Tamarah.

- “Qué papelón” – Pensé.

- Suficiente – Le indiqué aclarándome la garganta. - ¡Suficiente! – Volví a decir elevando la voz porque no se soltaban. Ella lo empujó, haciéndolo tambalear y caer sentado sobre el suelo. Se encontraban agotado y ella embriagada y muy molesta.

- ¡Qué difícil es esto!- Exclamó la vampiresa, pasándose un dedo por los labios ensangrentados, pero la sangre no se hacía visible por el labial rojo que llevaba puesto, el mismo que usaba María. Supuse que se lo había prestado.

Para mi asombro, luego de que se habían alimentado con la primer víctima y yo con ninguna, me enteré que ninguno había bebido de más de dos o tres humanos por noche. Me sentí como un animal al contarles que bebía de doce humanos por día pero que nunca había matado. En cambio Alex si, él bebía docenas de personas, y si podía de más. Al contarme eso, Sebastian hizo una mueca de asco y ví en él un rastro de su humanidad. Aunque hubiese matado para vivir, igual se sentía culpable por sus víctimas.

- De verdad, muchas gracias- Me sorprendió al escucharlo decir eso.- Nunca podría detenerme si me encontrara solo.- Miró el suelo evitando mi mirada.- Alex me alentaba para matarlos.- Sus ojos brillaron bajo las luces de colores, pero igual se notaban apagados, con pena interna. Tamarah hizo una mueca de desagrado, a ella no le interesaba si sus víctimas morían o no.

- Es su destino.- Dijo, otra vez cruzando sus brazos sobre el pecho.- Nacieron para alimentarnos, está escrito así.- Y miró hacia un costado.

- Estás equivocada.- Le dije. No tenía ganas de discutir sobre ese tema, pero quería hacerla entender que estaba muy equivocada.- Yo no creo en el destino, las cosas suceden porque los hechos se dan así, pero vos ni nadie tiene derecho de acabar con la vida de los humanos, sean inocentes o no, no tenemos ningún derecho o poder de ponerles un fin, no somos el destino de nadie.- Me seguía evitando la mirada. No supe si mis palabras hicieron algún efecto en ella, porque no podía percibir ningún sentimiento de ambos vampiros. Se encontraban más fuertes por la sangre recién bebida. Yo, me estaba debilitando cada vez más, necesitaba sangre urgentemente.

- ¿Y vos cómo lo haces? – Quiso saber Sebastian, evitando la discusión.- ¿Cómo sabes cuándo hay que detenerse?

Me tomó por sorpresa, no me esperaba esa pregunta y me sentí amenazado. Nunca había hablado de mis habilidades con nadie, sentía que iba a traicionar a mi sangre si les daba esa información a un par de Convertidos. Balbuceé, no supe que responder, pero ellos habían demostrado ser distinto a los “otros” vampiros de los que hablaban mis familiares, y habían aceptado no matar. Con suerte y tiempo, los iba a hacer cambiar y así nunca más matarían.

- Es algo que lo llevamos en la sangre.- Contesté.

- “¿Llevamos?” – Me volvió a preguntar, interrumpiéndome.

- Si, los vampiros de sangre pura podemos percibir los sentimientos de los que nos rodean.- Tamarah ahora me observaba fijamente, había llamado su atención. Sebastian estaba boquiabierto.- Así podemos saber cuando un humano se encuentra agotado o al borde de la muerte.- Tamarah me interrumpió.

- ¿Solo en humanos funciona?- Quiso saber, súper intrigada con los ojos abiertos como platos.

- No, con todo lo que nos rodea, ya sean humanos, vampiros, animales, plantas o Licántropos.- Esa última palabra provocó escalofríos en ambos.

- Así que podes percibir todo lo que sentimos.- Dijo Sebastian como si hablara para si mismo. Su rostro cambió totalmente, su mirada denotaba desconfianza luego de que él, inútilmente actuara las expresiones de su rostro cuando yo ya sabía lo que realmente sucedía en su interior. No le contesté.



Mi primer víctima se encontraba agotada. Bebí más de lo que debería de él. Un jovencito de cabello rubio y enmarañado y un cuello muy deleitante. ¡Ah! Sí, su cuello era lo que más me había atraído. Las venas se le notaban palpitantes bajo su sonrosada piel. Al tomarlo entre mis brazos, noté su fuerza humana, su musculatura trabajada, que provocaba que la sangre corriera con mayor facilidad a través de todo su cuerpo ¡Qué rico! Pero como siempre me sucedía en las fiestas, mis víctimas consumían cualquier cantidad de drogas y alcohol, pegándome el efecto, pero mucho más leve.

Pensé en cambiar de lugar de cacería, temía por mi salud. Me reí solo al analizar lo que estaba pensando. El efecto de las droga ya estaba haciendo efecto en mí, luchando contra mis células ponzoñosas que intentaban detenerlas… pero como soy joven y débil, no podía contra todas.

No tenía ni idea de que hora era, pero la fiesta iba muy bien, bastante bien, pero sabía que en algún momento algo malo iba a suceder. No supe si ese presentimiento era una habilidad que teníamos los vampiros o si solo era una desconfianza mía.

Mis sentidos se alteraban a cada momento cuando sentía la presencia de los Convertidos en la fiesta, pero me relajaba al ver que eran Sebastian y Tamarah dando vueltas, disfrutando del momento y haciendo de guardias también.

La vampiresa se encontraba rodeada de un pequeño grupo de muchachotes que la halagaban e intentaban coquetear con ella. Todos sonreían, disfrutaban del momento.

Sebastian estaba en el medio del salón rústico, parado, observando como una centinela. Sus ojos se movían a una gran velocidad y sus oídos captaban toda clase de sonidos. Me sentía muy agradecido con él por haberse ofrecido para ayudarme a vigilar la fiesta, pero todavía quedaba el espacio frío entre nosotros dos por la culpa de mis habilidades.

Me reía solo al ver unas jovencitas cuchicheando entre ellas, para ver cuál se le acercaría a Sebastian. Todos lo admiraban al igual que yo la primera vez que lo había visto en el Antro. Su belleza y encanto era más que inhumana.

¿Qué pensaría la gente al ver en aquél sujeto inmóvil en el medio de la fiesta, irradiando tanta belleza? ¿Notarían que no era humano? ¿Qué se encontraba muerto?

- “Ojala que no”- Pensé, aunque me costaba pensar en como nadie se daba cuenta.

El dolor, el hambre, el hueco que llevaba en mi estomago, dolía menos, pero la sed me seguía llamando. Tamarah había dejado el grupo de jovencitos súper excitados. Ella reía de felicidad, amaba hacer arder de deseo a las personas. Ahora bailaba sensualmente al lado del otro Convertido, mientras él la ignoraba.

Unos ojos verde agua me fulminaros llenos de deseo hacia mí. Por un segundo pensé que sería la presa perfecta, pero percibí por detrás de él, dos almas oscuras, sedientas de sangre, a mi lado, la alerta de Sebastian y el miedo de Tamarah.

¡Otros Convertidos habían asistido a la fiesta! Le hice una seña a Sebastian para que siguiera observando, podía sentir las presencias cerca, pero no los podía ver. Cada vez se alejaban más y más.

Mientras no perciba algún humano muriendo, no iba a haber problema, pensé, pero ni yo mismo podía convencerme.

- ¡Mapini!- Alguien gritó mi nombre, estiró sus bazos, me rodeó con ellos el cuello y me besó la mejilla. Pude reconocer su aroma, su presencia, su alma y su acento italiano.

No lo podía creer. ¡Luccía se encontraba en mi casa!

No!- Grité exageradamente -¿Qué haces acá?- Nos abrazamos otra vez, sonriendo felizmente. Ella volvió a besarme la mejilla.

¡Ah! Luccía, un antiguo amor, amor extranjero.

Hacía un año que nos habíamos conocido en Italia mientras caminaba solo por sus calles nocturnas y primaverales. Ella caminaba del brazo con su ex pareja. Cuando me vieron pasar, ambos me sonrieron y entablamos una conversación. De tema en tema, me enteré que andaban queriendo revitalizar su relación. Nunca se enteraron de mi verdadera identidad, pero comentaban lo mucho que les llamaba la atención mi belleza. Esa misma noche, la pasamos los tres juntos en un hotel bastante lujoso. La lluvia de sentimientos que nos dominaba en esos momentos, es inexplicable.

Nuestro amor fue amor a primera vista. La lujuria predominaba y gracias a Dios que me había saciado de sangre antes de cruzarlos, sino vaya a saber uno de las cosas que le hubiera hecho a esa joven parejita. Adoré la belleza de ambos.

Luccía llevaba su cabello corto como lo usaría un muchachito, bien oscuro y lleno de rulos. En su rostro predominaban varias pecas, haciéndola lucís súper inocente. Sus ojos… ¡Ah! Sus ojos eran tan hechizantes como los mios, solo que de color marrón oscuro. Los hacía resaltar con un delineador de ojos negro. Sus labios, suaves como la seda, húmedos y cálidos. Sonreí al ver su expresión luego de nuestro primer beso. La había sorprendido lo dulce y empalagosa que era mi saliva. ¡Qué gracioso fue su comentario respecto a eso, con ese encantador acento italiano!

Su vestimenta me había llamado mucho la atención el poco tiempo que la ví vestida.

Llevaba un vestido que le llegaba hasta la rodilla de un color rosa chillón, parecía una muñeca con su pequeño cuerpo de adolescente.

Me sorprendí mucho más al enterarme la edad de ambos ¡Quince años! ¡Ah! Que hermosa que es la juventud y su pureza.

Lereni era todo un caballero. Me aceptó al instante. Su admiración por mí era mucho más leve que la de Luccía, pero igual me deseaba.

Su vestimenta era mucho más normal, si es que existe algo normal.

Vestía un par de zapatillas blancas con franjas verdes, un pantalón verde olivo, una remera blanca ajustada al cuerpo y una campera gris con blanco. Su piel era blanca como la de Luccía, pero tenía algo que lo hacía ver mucho más pálido que yo, tal vez eran sus ojos negros penetrantes, sus pobladas cejas o su cabello largo, lacio y oscuro. Su perfecta sonrisa realmente enamoraba. Sus facciones se ajustaban a las expresiones y hacían desaparecer de su rostro las arrugas comunes que tendría cualquier humano.

Lo observé demasiado, realmente me llamaba mucho la atención sus raras expresiones faciales, su sonrisa y la felicidad que emanaba.

Pensé en que podría ser un ejemplar perfecto de vampiro… ¡Pero qué envidia! ¡Tanta belleza siendo humano!

La lujuriosa noche que pasamos juntos, desapareció mucho más rápido que cualquier otra. Deseé estar en Argentina, que en esa época del año tardaba mucho más en amanecer. La primavera italiana hizo acto de presencia cuando coló por la ventana los primeros rayos solares. La ciudad despertaba y los pájaros cantaban sin cesar. ¡Qué jaqueca recuerdo!

Nos encontrábamos exhaustos. Lereni y Luccía dormían sobre mi pecho desnudo. Acariciaba el cabello de ambos que se deslizaba como agua entre mis dedos, disfrutando mis últimos momentos en Italia… Como hubiese deseado haberlos conocido tiempo atrás, pero no era tiempo de lamentarse, porque sabía que nos volveríamos a encontrar.

Observé mi celular. Tenía un mensaje de texto de mi madre, diciéndome que ya estaba lista para volar a Buenos Aires.

Cada tres meses solíamos viajar al extranjero. Ella por tema laboral y yo de compras y paseo. Ese viaje era uno de esos, pero más lo había hecho para escapar de un par de problemas con un amigo. Realmente necesitaba despejar la mente.

Esperaba volver a Argentina, encontrar todo calmado y poder seguir en contacto con mis dos nuevos amores, pero por desgracia, todo lo que deseaba, se dio al revés y el caos comenzó en mi vida.

M.V-

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