viernes, 18 de junio de 2010

-Modern Vampire-[ Capitulo XVIII- La Fiesta III- Sebastian-]

Me encontraba molesto. Él, hablaba con la jovencita, mientras yo vigilaba su fiesta ¡Qué patético me hacía sentir! Pero sabía que no podía quejarme, estar en esa fiesta, desde un principio, fue mi culpa. Si hubiese detenido a ese hijo de puta de Alex en el Antro… Si hubiera podido evitar a Mapini, si hubiese sido más fuerte. Apreté mis puños fuertemente. Como odiaba a ese vampiro.

¿Por qué me llamaba tanto la atención? ¿Qué tenía él? Solo su maldita sangre pura, la sangre que contenía la fuente de la verdad de toda nuestra existencia.

Me hacía sentir incómodo el estar atraído por un hombre. Contuve la risa. “Un hombre” pensé, y casi la risa me derrotó, pero fui fuerte.

Alex me había hablado de esa atracción, me dijo que en el mundo de los vampiros, los prejuicios no existían, que no era igual que el de los humanos, auto-separándose con varias etiquetas por miedo, racismo y desprecio. También dijo que ese sentimiento (Me costaba pensarlo o decirlo) “Amor”, era provocado por la sangre que nos dominaba a todos, que aunque los puro hayan acabado con la mayoría de nosotros, al fin y al cabo éramos todos hermanos, nacidos por uno de ellos. Su sangre recorría por nuestro cuerpo también, diferenciándonos en habilidades, nada más.

Etiquetas, ¡Ja!, pero igual en mí, quedaba ese prejuicio humano.

En mi adolescencia, había sufrido esa curiosidad bisexual que pasan casi todos, al sentirme atraído por uno de mis amigos, el más cercano, pero cuando le confesé mis sentimientos… ¡Qué caos! Al principio lo tomó con gracia, pero cuando cayó en la verdad, mi mundo fue de mal en peor, marginándome yo mismo de las personas, por temor a ser lastimado nuevamente. Aquel rechazo me marcó la vida.

Y ahí estaba de nuevo, atraído por otro hombre, pero la atracción era como diez veces más fuerte y eso me hacía odiarlo, querer acabar con su existencia así mi sufrimiento terminaría, pero eso hacía que lo odie mucho más… ¡No podía imaginarme una existencia sin él! ¡¿Por qué?!

Quise agarrarme de la cabeza para ver si eso borraría mis sentimientos, pero sabía que no iba a suceder nada, tan solo hacer el ridículo frente a todos.

Hubiera deseado sentirme atraído por la estúpida de Tamarah o María, pero si no fuese por él, tal vez, jamás las hubiese conocido.

¡Como te odio, Mapini!

Me atormentaba saber que él podía percibir mis cambios de sentimientos ¡Qué torpe me hacía sentir! Pero a la vez tan impotente… ¿Por qué Él y Tamarah estaban dotados por habilidades vampíricas? Tal vez, si me concentraba, podría llegar a percibir algo, o a penetrar en sus mentes. No pasó nada. (Al intentarlo, volví a sentirme mucho más patético)

Alex dominaba el fuego, al tocar algo, si lo deseaba, lo hacía estallar en llamas, pero ni siquiera eso podía hacer. Lo había intentado varias veces, pero nada, ni un leve rastro de calor.

¿Tendría alguna habilidad dormida? ¿Y si la tenía pero no sabía cual era, por eso no sabía como usarla? Mejor me tranquilizaba, sino llamaría la atención de Mapini que ahora saludaba a un jovencito de nombre Emmanuelle.

Me sorprendí al escuchar su nombre, porque su voz sonaba igual a la de una mujer. Otra vez mis prejuicios de humano.

No quería que se me acercara, quería evitar todo roce con él. ¡Lo único que me faltaba! ¡Un jovencito homosexual que se sintiera atraído por mí! ¿Qué estaba sucediendo con las hormonas de los adolescentes? ¿Ya nadie respetaba su propia sexualidad?

Mi primera impresión de Mapini, fue extraña. Cuando comenzó a juguetear con su piercing de la lengua sobre mi dedo, me aterré. Me hizo recordar al rechazo de mi antiguo amigo y quise escapar, evitarlo completamente… ¡Pero qué débil soy! No pude, la atracción fue muy fuerte. En mi cabeza comencé a debatir si yo era realmente homosexual, o era que ellos eran atraídos hacia mí como un imán, pero mientras la noche del Antro transcurría, lo observé detenidamente y me tranquilicé al ver que se encontraba con una mujer…

¡Ah! ¡Yo y mis prejuicios!... ¿Qué tenía que ver, que él esté con una mujer, si igual me sentía atraído? Además, si él no era homosexual e igual me atraía… ¡Ahhhh!

Quise gritar, odiaba sentirme confundido.

- Hola, hola- Me había saludado el joven con voz de mujer, extendiéndome una mano.

¡Maldita suerte la mía!

- Un gusto Emmanuelle- Le dije, evitándolo lo más posible. Por el rabillo del ojo, pude ver en su rostro la expresión de admiración que tanto me aterró. ¡No, otra vez no! Por favor…

- ¿Cómo te llamas?- Me preguntó, tomándome de sorpresa. ¡Qué incomodo me ponía su presencia! Realmente deseaba que él si desapareciera, y sabía que no me afectaría en nada. Rápidamente le contesté.

- Sebastian- Le dije. Me hizo acordar a Tamarah por lo molesto que me ponía al tenerlos cerca. Quise que la tierra me tragara… ¡Ella se encontraba a mi lado bailando y no me había dado cuenta! Que suerte que no pueden leer la mente como aquellos vampiros que había visto en una película bastante vieja que transmitían por televisión. Comencé a pensar en esa película… que buena imaginación, pero que triste historia. Me hacía recordar a mí con Alex: Mi creador muerto. Pero en esa película, al final no estaba muerto… tal vez Alex… ¡Bah! Si Leon juró verlo desintegrarse por completo, convirtiéndose en cenizas. Otra vez me comparé con el convertido de esa historia… ¡Ni él, ni yo teníamos ninguna habilidad! ¿Qué estaba sucediendo? Tal vez, esa historia la escribió realmente un vampiro que le sucedió algo parecido a mí. No, imposible, ellos eran eternos, no habían puros, todos eran vampiros Convertidos.

Me sentí muy tonto al compararme con un personaje de ficción.

Seguí observando a los adolescentes mientras bailaban y bebían descontroladamente, saliendo de mi flash mental.

- Tamarah, un gusto- Le había dicho ella a Emmanuelle, extendiéndole un brazo, luego de empujar a Mapini para pasar.

La observé fijamente ¿Qué pretendía con eso? Sus movimientos me tomaron por sorpresa, si se tocaban, él caería bajo la excitación que provoca al tacto Tamarah, y la humana sabría la verdad. Bueno, no, eso era muy exagerado, pensé, pero ella sospecharía de que algo raro sucede.

Para nuestra sorpresa, Emmanuelle la besó en la mejilla.

- Encantado de conocerte- Le dijo, dedicándole una sonrisa que se me hizo contagiosa, pero la pude disimular –o eso creí.

Lo observé detenidamente ¿Por qué no había surgido ningún efecto en él? ¿Era su homosexualidad? Sonreí mucho más al pensar en eso, porque si era así… ¡Yo no lo era! Anteriormente, los poderes de Tamarah me habían afectado. Que feliz me sentí.

Tamarah luego de empujar a Emmanuelle, se perdió de vista ¡Que furiosa se encontraba! Él me tocó el hombro y me preguntó:

- ¿Sos el dueño de la casa? ¿Vos organizaste la fiesta?- Le contesté con una seña de “No” y apunté con mi mentón a Mapini. Emmanuelle entendió que era el organizador y se sorprendió, alejándose un poco del grupo-. Italiana picarona- Dijo, fulminando a su amiga.

Al encontrarse con la mirada de Mapini y la mía, se puso nervioso y se marchó. El si que era mucho más patético que yo. Sonreí.

La presencia de otros vampiros en la sala había desaparecido. Quise pensar que fue solo una falsa alarma, pero era imposible creerlo, porque los tres lo habíamos sentido que se encontraban cerca. ¿Y si ellos sintieron nuestra presencia también, y decidieron escapar? ¡¿Y si tenían alguna habilidad especial para ocultarse?! Bueno, listo, pensé. Ya era demasiada paranoia, me estaba obsesionando, volviendo loco. Se habían ido, sí, se habían asustado al sentir más de ellos en el lugar. Pensé que no tendría ni que preocuparme, porque si reaparecían, los podríamos sentir nuevamente y estaríamos listos.

La fiesta prosiguió normalmente, bah, tan solo prosiguió sin la presencia de otros vampiros.

Leon y yo habíamos vuelto a discutir por el tema de los hipnotizados. Supe de inmediato que el problema no era lo que le hacía a los humanos, sino que mis poderes y mi belleza lo hacían sentir amenazado con María. La muy tonta se encontraba fascinada por mí desde el primer momento que me vio, y aunque se lo dijera de mil maneras, ella no me iba a dejar en paz.

Mientras ella bailaba pegada a Leon, dándole la espalda, elevando sus brazos al aire y meneando sensualmente su cuerpo hacia el suelo, no me quitaba la mirada. De vez en cuando me parecía ver como me guiñaba un ojo, o como se pasaba la lengua sobre los labios.

Para cuando me percaté de que estaba atontado mirándola, Leon me fulminaba con la mirada. ¿Los dos se encontraban atraídos por mí? ¡Dios, no! Yo y mis paranoias.

Decidí dar unas vueltas para despejar la mente y echar una mirada a la fiesta. El lugar se encontraba abarrotado de personas.

Me pregunté si el lugar se hubiese llenado, si los boliches no hubieran sido cerrados por precaución luego del incendio provocado en el Antro.

Al comenzar la fiesta, escuché a unos jovencitos debatir sobe el tema.

Me causó mucha gracia cuando oí que todos opinaban del Antro, como si siempre concurrieran, pero yo nunca los había cruzado y eso que llevaba un año de cacería por ahí, y se me hacían fáciles de recordar los rostros.

Lo que me llamó la atención, fue el comentario de Tamarah al decir que conocía a otros convertidos del lugar, pero Alex y yo nunca los habíamos visto. Que raro, pensé.

Caminé por los pasillos de la casa, observando las paredes decoradas con fotos familiares, vacaciones y algunos simples retratos.

Me llamó mucho la atención la sala con fotos de lo que parecían viajes por el mundo. Aunque nunca haya salido de Argentina, conocía por la TV, Internet, libros y revistas esos paisajes y lugares históricos u populares concurridos por turistas.

Mapini salía muy bello en todas las fotos, pero había algo que no podía dejar pasar por alto: Sus expresiones a medida que iba pasando el tiempo, se iban apagando, enfriando.

En la mayoría de las fotografías de su infancia sonreía, y en más de una docena, abrazaba a un niñito de cabello oscuro y enmarañado, sonrisa amplia y cachetes sonrojados. Se veían muy felices.

Tal vez doce o trece años tenía cuando su amigo o lo que fuese, no aparecía más en las fotos y Mapini ya no sonreía.

A los quince años o tal vez uno más, su expresión en el rostro, si lo observabas fijamente, hacía que tus cabellos se erizaran por el escalofrío. Sus ojos irradiaban odio.

Lo que más me atraía de las fotografías, eran los diversos peinados que su madre y él habían utilizado, distintas formas, muy extravagantes.

Mapini también utilizó varios colores en los ojos, ocultando sus violáceos. No había ni uno que le quedara mal, cualquier color lo hacía ver hermoso. Apreté mis puños al pensar eso.

Al observar las más recientes, de un año atrás o menos, me acerqué a su rostro para apreciar cada detalle… ¡Ni una mueca de expresión! Era un rostro totalmente inexpresivo, una figura muerta por dentro. Los ojos apagados, la cara pálida como de costumbre, los labios pegados con una línea recta, asimilándose a una estatua, la vestimenta perfectamente arreglada, al igual que su cabello, pero había algo que lo hacía ver mal, algo que no me atraía. Era como si un aura negra lo rodeara, como si su máscara de inexpresividad rechazara todos los sentimientos ajenos y los propios los ocultara hechos una bolita en lo más profundo de su ser.

Qué dolido se lo veía. Sentí pena por él, pero no tuve la más mínima idea de lo que le había sucedido. Quise tenerlo cerca y abrazarlo ¡Claro que solo lo haría como cualquier amigo intentando alentarlo, nada más!

No me había percatado del cambio de estilo de la música. Ahora sonaba Muse- Como me gustaba ese grupo.

La gente seguía alterada, pero era por los efectos del alcohol y las drogas.

Unas adolescentes discutían entre ellas por un chico. La pelea era inminente. Ambas llevaban vasos de vidrios en las manos, y sabía que en cualquier momento se los iban a partir en la cabeza, así que me acerqué sigilosamente, las tomé por los hombros, y las miré, ellas me sonrieron.

El joven que parecía ser el centro de la disputa, se me acercó con malas intenciones. Vi en su rostro la ira que lo dominaba por haberme entrometido, parecía disfrutar de la pelea. ¡Que Ser tan asqueroso! Pensé, y quise darle su merecido.

Lo fulminé con la mirada, aterrándolo, haciéndolo dar unos pasos inconcientes hacia atrás. Llené de amor el alma de las jovencitas que depositaron en mí los vasos de vidrio y se abrazaros tiernamente, se miraron a los ojos y luego se besaron, dejando a la basura humana boquiabierta del asombro. Se tomaron de las manos y se alejaron muy contentas ¡Ah! Que felicidad irradiaban y que desconcertado había quedado ese hijo de puta.

Me quiso golpear, lo supe antes de que hiciera el primer movimiento, era como si pudiese leer sus expresiones, pero yo me encontraba fuerte gracias a la sangre que había bebido, así que con un movimiento que nadie pudo captar, lo hice caer de espaldas en el suelo y le pateé un tobillo, quebrándoselo en varias partes. Sonreí de felicidad. Nunca se iban a enterar de lo que le pasó realmente, ni siquiera él mismo, además iba colocado hasta la coronilla y los médicos le iban a decir que la fractura fue provocada por la pérdida de los sentidos y la caída.

En esos momentos, era en los cuáles más amaba las ventajas de ser un vampiro.

Rápidamente me alejé del lugar, tomando rumbo hacia la parte trasera de la fiesta, pero me paré en seco al sentir la leve presencia de un vampiro pasar justo por mi lado. Se trataba de otro Puro. Mapini no había dicho nada acerca de otros como él ¿Estaría al tanto de aquello? Lo mejor era encontrarlo y preguntárselo personalmente.

Observé al vampiro que pasaba por mi lado sin darse cuenta de que me encontraba ahí. Parecía uno más de la fiesta.

Siempre había pensado que todos los de nuestra especie eran seres fuertes, hermosos, perfectos, pero éste parecía perdido, algo tonto, infantil y debilucho, y su belleza no destacaba mucho, dejando que desear.

Era pequeño, si, aunque se me hacía difícil deducir la edad de los vampiros, ya que todos aparentaban ser más jóvenes. De seguro que no pasaba de los veinte años, pero a simple vista parecía tener quince, dieciséis años. Llevaba el cabello de color marrón revuelto, todo despeinado, su piel era pálida y no pude observarle los ojos, solo podía verle la espalda, alejándose cada vez más y más, dirigiéndose a la entrada de la casa. Se lo veía caminar seguro, como si supiera lo que hacía. Tal vez ya se había alimentado y se estaba marchando, pero como era un Puro, no había matado a nadie y por eso Mapini no lo había percibido, igual me decidí a seguirlo, ese muchacho me daba mala espina.

Lo seguí de cerca, pero no se daba cuenta de que iba pisando sus pasos con cautela como un cazador. Su cabeza giraba hacia todos lados donde se encontraran jovencitas. A las que pasaban por su lado, las tocaba y ellas le sonreían. Menudo vampiro, pensé. Para mi sorpresa, al llegar a la sala poco iluminada donde se encontraba la puerta que daba a la calle, él no salió, sino que pasó entre la cortina con el dibujo de una pantera negra que ocultaba el cuarto del anfitrión de la fiesta. Mapini se encontraba ahí, sentado sobre su cama con María y Luccía a su lado, hablando estupideces, bebiendo alcohol, bañados por la luz violácea que irradiaban unos tubos negros en lo alto de la habitación, que como el resto de la casa, era toda de madera, desde las paredes hasta el suelo.

Me quedé afuera, luego de que el Puro entrara en la habitación y las cortinas me impidiesen ver. Me alejé rápidamente al escuchar a María gritar.

- No te lo lleves a Mapini-

Sabía que se acercaba, podía sentirlos. Éste hijo de… éste vampiro andaba buscando a Mapini ¿Qué quería de él? ¿Por qué yo no lo conocía?

Lo odié al verlo agarrado de mi vampiro ¿Mi vampiro? ¡Agh! Ahora odiaba a ambos.

Mapini se me acercó seguido por el otro Puro, me tomó por la cintura y comenzó a bailar al ritmo de la música ¡Qué pedo llevaba! ¿Qué tanto había bebido? Lo miré con mala cara, pero parecía como que estaba fuera de sí y no lo notaba. Me sonreía, daba carcajadas. Quise detenerlo, pero el otro lo empujó y siguieron caminando hacia la habitación contigua al pasillo lleno de fotografías. Los observé de lejos, y escuché un murmullo nada más.

Me acerqué un poco más y oí que el otro jovencito se presentaba con su nombre: “Daniel”

Le gente me distraía, porque todos se encontraban saltado con You Love Her Coz She’s Dead. Mapini giraba en el lugar, tomado de las manos con Daniel. Que insoportable que se me hacía esa imagen, pero tenía que cuidarlo, no se encontraba en su mejor estado. Y no, pude comprobar que así era, cuando ambos se besaron. ¿Por qué a ese vampiro? ¿Mapini no se encontraba atraído por mi sangre? ¡Qué tonto me sentí!

Otra vez la misma mierda de antes.

Me fui del lugar, Mapini podía cuidarse solo con la compañía de “ese”. Me di cuenta de que me importaban un bledo.

Si le pasaba algo, mi culpa no iba a ser, él no me eligió, prefirió al otro. Me paré de nuevo ¿Me sentía celoso? ¡Que bah! Moví mi cabeza, di un chistido y seguí caminando. Mapini podía hacer su vida, no lo necesitaba para saber todo acerca de nosotros, ya iba a encontrar la manera de averiguarlo todo solo.

- Maldito seas, Daniel.




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