lunes, 13 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXI- El viaje - ]

- Diez horas después de la fiesta -


Mapini se encontraba arriba del avión, observando el horizonte, volando hacia la ciudad de San Miguel de Tucuman a ochocientos kilómetros por hora. El viaje duraba casi dos horas, ya iban por un poco más de la mitad.
El vampiro ignoraba a la joven y hermosa azafata de cabello rubio que en varios idiomas le preguntaba si necesitaba algo. Él iba sumido en sus últimos recuerdos, que por cierto no eran de los más lindos. Al pensar en todos ellos, quiso saltar desde el avión, pero sin paracaídas.
Se encontraba seguro de lo que estaba haciendo, era lo correcto: Volar lejos de la gran ciudad con todos sus problemas y refugiarse al norte del pais con su abuela y su padre, el vampiro Gabriel, el anteúltimo sobreviviente del linaje karolyi, el cuál hacía siglos atrás había sido uno de los más importantes y poblados, el que había entregado a todos sus neófitos para las guerras, humanas o vampíricas.
Recordó el día en el que le dió su sangre a su ahora difunto amigo, a la jovencita con dientes de conejo que había sido asesinada en el Antro, al violador que Sebastian le había arrancado la traquea, a los otros 195 jóvenes que murieron calcinados, aplastados por los escombros y ahogados por los húmos tóxicos cuando Alex provocó el incendio, la muerte reciente de Emmanuelle y observar desde lejos cuando su padre encontró el cuerpo inerte, luego de que Sebastian lo hipnotizara, haciéndole creer que nunca había asistido a la fiesta, que la muerte fue ocasionada por suicidio. Emmanuelle llevaba cortaduras en ambas muñecas, infligidas con botellas rotas de vidrio, así desangrándose. La sangre la había donado voluntariamente Marcela... ¡Pobre mujer! Mapini había roto su corazón en mil pedazos, al igual que a todos sus amigos, hasta Tamarah que lo intentaba disimular, pero como siempre, no podía.


- Diez horas atrás-

La música se detuvo de golpe, se escucharon varias carcajadas y algunas quejas. Los adolescentes salían misteriosamente tranquilos hacia la calle. Más carcajadas.
- Mis viejos- Susurró Mapini al sentir la prescencia de sus padres en la fiesta. Se encontraba boca arriba, esperando que la sensación de los brazos quebrados de Felix, se terminara. Tamarah intentaba ayudarlo, pero no lo quería tocar, y Sebastian observaba hacia la ventana abierta por la cuál se había escapado el otro Convertido.
En la gran sala quedaban un par de adolescentes desmayados, mientras Soubi caminaba sobre ellos, con sus pasos felinos, deteniendose a olfatearles el aliento, y frunciendo su húmeda nariz.
Marcela y su esposo observaban la situación, intentando mantener la calma.
Una jovencita muy ebria pasó por al lado y acercó su rostro muy cerca al de la madre del vampiro ¡Que asqueroso era aquél olor! La mirada de la muchacha estaba perdida, como lo estaban todos sus sentidos.
- Buena fiesta- Logró formular, tapando su boca para no vomitar, y siguió caminando. El padrastro de Mapini intentaba no perder los estribos y así no arrancarse los pocos cabellos de la cabeza (Llevaba su coronilla pelada)
El lugar era un caos.
En la calle, cientos de adolescentes caminaban desorientados, hablando incoherencias, todavía con jarras y botellas llenas de alcohol.
Varios vecinos se habían despertado (Aunque por la música, mucho no habían podído dormir) y observaban por detrás de las ventanillas de sus casas, por supuesto que ya habían llamado a la policía por precaución.
Shermie era mimada por varios borrachos que le convidaban de sus bebidas y ella inocentemente bebía y fruncía su nariz al hundirla en el alcohol. Perra tonta, lo que hacía por un par de mimos.
Leon y María se acercaron temerosos a saludar a los padres de Mapini, limitandose a sonreirles.
Luccía saludó amablemente. Mapini siempre había hablado de ella y de su encuentro en Italia, pero no la conocían personalmente. Marcela la saludó cordialmente, alegre por haberla conocído, pero amargada por la situación; disculpándose por el destrozo en la casa, diciéndole que era bienvenida cualquier día que deseara, pero en un lugar más apto para una jovencita como ella, nacida de padres médicos reconocidos mundialmente y familia de grandes abogados y escritores. Marcela había quedado fascinada con esa familia luego de que su hijo le contara cada detalle.
El padrastro de Mapini, con unos ágiles movimientos de manos, logró salvar sus jarras escocezas de las garras de un jovencito que apenas podía caminar.
Sebastian alzó entre sus brazos a Mapini, pasándole un brazo por debajo de las piernas y el otro por la espalda. El joven vampiro pataleó en el aire para que lo suelte.
- ¡Estoy bien! - le gritaba, pero el convertido lo observaba fijamente, como si tuviese rayos X en los ojos, intentando convencerse- ¿Qué... qué hacés?- Preguntó Mapini asustado, abriendo los ojos como platos al ver acercarse la boca de Sebastian a su rostro. Mapini cerró sus ojos, intentándo calmarse, respirando profundamente por la nariz, y juntando sus labios para recibir el beso, pero para su asombro, percibió las ganas de reirse de Tamarah al observar aquella patética escena: ¡Sebastian estaba lamiendo la sangre! Y Mapini había pensado que lo iba a besar. Se ruborizó al instante, volviendo a forcejear con el Convertido para que lo dejara bajar. Ésta vez, Tamarah no se resistió, largó una muy audible carcajada que llegó hasta el gran salón, al ver que Mapini caía sentado sobre el suelo.
Marcela intentó encontrarle la gracia a la situación: Su hijo en el suelo junto a un cadaver desnudo y ensangrentado, sangre por toda la habitación, y varias cosas destrozadas. Quiso gritar si, pero intentó ser coherente, poder llegar a deducir qué había sucedido, o escuchar una buena excusa al menos.
El padrastro de Mapini no podía entender. Luego de que taparan el cuerpo y salieran de la habitación, arreglaron el salón ( Muy rápido gracias a la velocidad de Sebastian y Tamarah) Y les contaron todo lo sucedido.
- ¡Hay que llamar a la policía!- Decía sin querer entender.
- Señor, eso no serviría de nada- Lo interrumpió Sebastian. El padrastro de Mapini lo miró con mala cara; Mapini supo que se había sentido insultado.
- Hola ¿Policía? Si, mire... tengo el cadaver de un menor de edad, desangrado por un vampiro... Si, en una fiesta clandestina con jóvenes alcoholizados y pasados de drogas-
Ahora hablaba Mapini, haciendo que todos quedaran con sus bocas abierta por la ironía que se encontraba usando.
- ¿Por qué no se cayan? - Gritó su padrastro. Marcela lo tomó por los hombros para intentar tranquilizarlo. La furia se le escapaba por los ojos, su rostro había tomado un tono rojizo (Aunque podría habe sido a causa del alcohol que consumió esa noche) llevaba sus labios fruncidos, y al hablar modulaba tan deprisa y atropellaba tanto las palabras, que apenas los movía.- No te podémos dejar la casa un par de horas que ya destrozas todo.- Mapini sintió la culpabilidad de Sebastian por haber deshipnotizado a los Punk's- Sabés muy bien que no tengo drama en que traigas gente a casa- Sonaba como si se dirigiese a todos, no solo a su hijo- Pero... ¡Mirá ésto!- Extendió sus brazos y observó el lugar: Las cortinas de las ventanas descolgadas, tiradas sobre un costado (Lugar en el cuál no habían limpiado) Varios sillones de madera quebrados, el televisor llevaba una rajadura en su costado (Por suerte no había sido en la pantalla) Las paredes manchadas, varios almohadones destrozados, y el baño... ¡Lo habían destruído todo! Pedazos del enorme espejo que colgaba en la pared, centellando sobre el suelo, ceramicos hechos añicos, y la griferia esparcida pordoquier, dejando los caños abiertos e inhundandolo todo.- Pero... lo que menos me interesa ahora es la casa, sinó ese chico ¡Por Dios! Es mi casa, mi responsabilidad ¿Saben la que me espera?- Ahora se tomaba de la cabeza.
- Señor, por eso no se haga drama, yo me encargo- Le dijo Sebastian intentando calmarlo, cosa que al padrastro de Mapini no le gustó para nada.
- ¿Esconder el cadaver? ¿Como un asesino?- En cualquier momento iba a explotar y salir corriendo por las paredes de la locura. Todos observaban, nadie quería decir nada.- Tu creador te enseñó bien.- Le dijo a Sebastian, fulminandolo con la mirada. Marcela se tapó la boca al ver que el Convertido había reaccionado y se encontraba haciéndole frente con sus colmillos a la vista.
- ¡Sebastian! - GRitó Mapini, interponiendose y alejándolos.
Decidieron qué hacer con el cuerpo de Emmanuelle, aunque no estaban tan de acuerdo pero igual tenían que actuar porque el sol iba a salir.
Luccía reconoció el teléfono móvil de su difunto amigo y le envió al padre un mensaje de texto, pidiéndole que lo pasara a recoger.
La policía había llegado al lugar por la alerta de los vecinos, pero encontraron todo bajo control, aunque el nerviosísmo de los padres de Mapini había llamado la atención, pero estaban en Argentina y a nadie le interesaba nada, se presentaban solo para darle el gusto y tranquilidad a los llamados.
Sebastian y Tamarah se habían retirado con el cuerpo para el momento en que la policía había llegado. El padre de Emmanuelle pasó por delante de la casa con su auto (Luccía lo conocía) y encontró a su hijo desangrado a una cuadra de la fiesta. Los gritos habían hecho salir de sus casas a varios curiosos que al ver la escena, quedaban shockeados, tapándose la boca, tomándose de la cabeza, cruzándo los brazos, llamándo a los bomberos y una ambulancia. La policía se había acercado al ver el movimiento de personas en la noche, seguido por le grupo de amigos y los padres de Mapini.
El grito del padre de Emmanuelle era desgarrador. La gente sentía que el alma se les partía en mil pedazos a cada llanto que daba el pobre hombre.

¿Eso es lo que querés ser?- Le preguntaba Leon a María cuando se encontraban todos nuevamente en el interior de la casa de Mapini. Ella no le contestaba, simplemente caminaba del brazo de su novio, como zombie, apenas escuchando, observando el suelo, analiazndo todo lo que acababa de suceder.
Tamarah y Sebastian se habían colocado a un costado, apoyandose en la pared, mientras bostezaban.
Los padres de Mapini caminaban por la casa, observándo los daños.
Luccía intentaba comunicarse por teléfono con su amiga Anabella, aunque no había caso, pero se encontraba tranquila porque sabía que siempre hacía lo mismo: Encontraba a cualquier chico que le prestara atención (Aunque fuese solo por sus grandes pechos) y se iban juntos a vaya a saber uno dónde.
Mapini se encontraba en la sala de fotografías regadas por todo el suelo, evitando los vidrios rotos de los cuadros.
Sebastian cruzó el salón a una velocidad humana, llamándole la atención a todos los presentes, hasta a María, aunque todavía observaba como si en su cabeza se estuviesen repitiendo los últimos acontecimientos.
El Convertido le colocó una mano en el hombro a Mapini, mientras se agachaba para ayudarlo a juntar las fotografías.
- Lo siento- Le dijo, mientras intentaba evitar la mirada del joven, pero notó como le asentía con la cabeza, aunque se encontraba amargado.
Siguieron levantando las fotografías, todos los observaban en silencio, y cuando quedaba solamente una, que se encontraba del revez y no se sabía cuál era, ambos intentaron tomarla. Se miraron a los ojos sin decir nada, sin soltar la fotografía, pero Mapini tiró fuerte de ella e hizo que resvalara de los dedos del Convertido, haciéndo que de unas vueltas por el aire, cayendo nuevamente al suelo, pero ahora mostrando su verdadera cara: Era una imágen que Sebastian ya había visto, en la cuál se encontraba un Mapini preadolescente, junto a un jovencito de cabello oscuro y enmarañado, ojos pardos, piel pálida, sonrisa amplia y cachetes sonrojados. Mapini la volvió a levantar avergonzado, ocultándola contra su pecho y agachando la mirada.
- ¿Quién es? - Preguntó Sebastian estirando su mano para que se la diera y pueda verla mejor. Mapini no contestaba, tampoco pretendía soltarla.- ¿Estás bien?- El Convertido creyó ver una lágrima en el rostro de su acompañante.
- Si, estoy bien- Le contestó y se pasó una mano por el orstro.
- Mapini-
- No, Sebastian, dejáme hablar.- Lo interrumpió.- ¿Te acordás que en lo de Leon y María te iba a contar algo, hasta que ella apareció?- Ahora todos escuchaban atentamente y Leon sentía verguenza ajena. Sebastian asintió con la cabeza, Mapini tragó saliva antes de seguir.- Bien... Ese día te iba a contar todo sobre él...- Luccía y Tamarah estiraron el cuello para ver de quién hablaba, pero la fotografía estaba oculta entre los dos vampiros- No soy tan bueno después de todo- Mapini sentía un nudo en la garganta- Te llamé asesino, pero yo también lo soy- Marcela se tapó la boca, le afectaba ver así a su hijo. El padrastro de Mapini observó el suelo, intentando olvidar esa historia, y todos los demás, observaban atónitos. Sebastian le dedicó una cálida sonrisa, mientras que le limpiaba unas lágrimas que brotaron de los ojos de Mapini.
- Lo llevámos en la sangre...-
-¡No! Te equivocas.
- Pero Map's... No lo podémos controlar.
- ¡No! No sabés nada.
- Pensé que me lo ibas a contar todo.
- Yo también pensé lo mismo, pero no puedo, me destroza el alma hablar de eso.- Y se quedó callado, observando la fotografía.
- ¿Cómo sucedió? - Preguntó Tamarah sin importarle los sentimientos.
- Lo drené hasta la muerte- Los ojos de la vampireza brillaron de emoción.- Luego le di mi sangre... pero la sangre insuflada en él, no pudo adueñarse del cuerpo- Mapini apretó fuertemente la fotografía, arrugándola inconcientemente. Sebastian se la quitó de las manos, comenzó a alizarla y luego la colocó sobre un mueble.
- Tampoco te culpes, vos no eras conciente de que tu sangre es debil.- Sebastian quiso alentarlo, pero Mapini le dedicó una mirada de odio.
- Mi sangre no es debil, es incompatible.
- ¿De qué hablas?-
- Zemial era un Licántropo- Mapini se mordió el labio al decir eso, ya Sebastian le hizo un click en la cabeza.
¿Había dicho Zemial? ¿Un Licántropo? ¿Podría ser tanta casualidad que aquél jovencito de cachetes sonrojados sea el mismo Licántropo con el cuál se había topado hacía dos noches atrás? Tendría que serlo, porque ¿Cuántas personas en el mundo llevaban ese nombre? Además, se veía parecido, salvo que el "Zemial de ahora" medía como medio metro más y podría estrangular a alguien con una sola mano.
- Zemial no está...-
- No, basta.- Mapini se refregó la nariz y se puso de pié- Sebastian, no quiero saber nada más con ésto. Muertes, muertes y más muertes.-
- Pero...-
- Sebastian, no quiero aguarte la fiesta- Ahora Tamarah lo había interrumpido- pero deben faltar diez minutos como mucho para que el sol aparesca.-
¿Aguar más la fiesta? Pensó Mapini, y sonrió, pero no porque le causara gracia, sinó por lo patético y desafortunado que había resultado todo. Dar un paso, implicaba dejar varias muertes atrás, y ¿Cuál era la razón? Simplemente el haber nacido en una familia antigua de vampiros, la cuál ahora era la más debil, porque en la tierra solo quedaban dos portadores del apellido Karolyi: Mapini y su padre, el cuál podría darle algunas explicaciones... Si, su padre... eso era lo que necesitaba... verlo urgente.
- Tamarah tiene razón, deberían marcharse... no creo que ésta casa soporte más muerte, sinó va a comenzar a vomitar sangre por las ventanas y puertas- Mapini sonaba realmente frío, como si nada le afectara, hasta su mirada había cambiado, se lo veía como una persona sombría.
Marcela no entendía por qué su hijo hablaba con tal ironía, a Tamarah le encantaba ese Mapini. Leon no veía las horas de marcharse a su casa junto a María, asi esa locura terminaba de una vez por todas y Luccía que no había dicho nada al respecto en toda la noche, intentaba darle coherencia al tema, porque nunca jamás, había podído ni siquiera imaginar que los vampiros existiesen, y peor aún, que Mapini fuese uno.
- ¿Mañana vamos a poder hablar mejor?- Preguntó Sebastian intentando evitar la frialdad que emanaba Mapini
- ¡Por supuesto!- Exclamó el joven vampiro, aunque un poco sobreactuado, o eso fue lo que dio a entender.
- E... e-está bien- Contestó Sebastian, analizandolo con la mirada. Se dio media vuelta, acercándose a Tamarah.
- ¿Cuántas para mañana?- Preguntó Mapini.
- ¿Cuántas qué? -
- ¿Cuántas muertes, Sebastian? - Sebastian no le contestó a Mapini, blanqueó los ojos y se dirigió a la puerta que daba a la calle.- De nada, cuando quieras puedo seguir enseñándote a no matar-
Marcela se acercó a su hijo y le dio una cachetada. María reaccionó, saliendo de sus pensamientos, exclamando un "Guau". Leon negó con la cabeza. El padrastro de Mapini le dedicaba una mirada de aprobación a Marcela. Luccía se tapó la boca. Tamarah sonrió y Sebastian volteó la cabeza, pero no dijo nada, siguió caminando y se perdió de vista, seguido por la vampireza.
- Creo que nosotros también deberíamos irnos- Dijo Leon.
Luccía asintió con la cabeza y acotó que ella también.
Mapini miró desafiante a su madre y agregó:
- Si mamá, creo que es hora de que yo también me vaya.- Y sacó del bolsillo de su chaleco el teléfono móvil.- Hola ¿Gabriel?.
- ¿Estás hablando con tu papá?- Marcela no podía creerlo. Mapini le hizo un gesto para que se cerrara la boca.
- Necesito que me programes un vuelo... me voy con vos.
- No, no, no. Pasáme con él. Decíle que yo no te dejo.
- Si, para hoy, lo antes posible... Ajám, está bien, muchas gracias. Chau pá.- Y cortó.
- ¿Te vas nomás?- Preguntó Marcela evitando llorar.
- Si ¿Para qué querés que me quede?.
- Sos mi hijo, yo te crié, tenés que vivir conmigo.
- ¿Vos me criáste? ¿Estás segura?- Mapini blanqueó sus ojos y dio una pequeña carcajada.- Pueden pasar meses que no nos dirigímos la palabra, siempre fue así.- Cada palabra que Mapini decía, hería profundamente a su madre.
- Bueno, pero... pero eso- A Marcela se le quebraban las palabras- pero eso es por nuestra falta de comunicación, yo ya no sé como acercarme a vos, además veo que estás bien así... y confío en que si te pasara algo malo, vas a venir a hablarlo.- Se dirigió hacia su hijo y lo abrazó fuertemente, llorando.- Vos sabés hijo, que sos lo más importante que tengo en la vida, y no podría vivir sin vos, aunque no nos hablémos todos los días.
- ¡Basta! Soltáme, ya es tarde, además... decíme ¿Para qué querés que me quede?.- Mapini la alejaba lentamente.- Si me voy con él, voy a poder disfrutar más la vida, además les ahorraría un problema.
- Ahí estás equivocado, vos no sos ningún problema.- El que lo había interrumpido, había sido su padrastro, Hector.- Vos sabés que para mi, sos mi hijo y todo lo que tu mamña y yo te damos, lo hacémos con gusto, y nunca me fuiste ni vas a ser una molesta.
- Pero no hablo de eso...-
- No entendés, hijo...- Decía Marcela- Te querémos, y la solución no es irse, sinó hablarlo como ahira.
- No, igual ya está decidido, me quiero ir, no soporto estar más cerca de ustedes- Mapini sabía que esa mentira, los iba a destruir completamente, pero era la única manera para alejarse de ellos y no llevarles más tragedias. Si se mantenía alejado, ellos iban a estar a salvo, además ahora que Felix se había escapado, sabía que lo iba a buscar, y con su padre cerca, iba a estar a salvo.
- Está bien, si así lo querés- Dijo Marcela, y caminó hacia su cuarto sin mirar a Mapini. Hector la siguió, pero él le dedicó una mirada de desapruebo a su hijo.
- ¿Estás seguro?- Preguntó Luccía en un perfecto italiano, mientras observaba todo desde la puerta junto a Leon y María. Mapini asintió con la cabeza.
- Pensalo mejor- Le dijo Leon.
María corrió y lo abrazó.
- No te vayas, ahora que sé que sos un vampiro, me caes mucho mejor- Ella era la única que podía decir tales cosas en momentos así. Mapini cerró sus ojos, sonrió y la abrazó, acariciandole el cabello.
- Entonces... ¿Ésto es todo?- Preguntó Leon.
- Eso es todo- Contestó Mapini, estrechándole la mano y sonriendo.


Mapini salió de sus pensamientos al oír por el altavoz al piloto dándoles la bienvenida. Observó por la ventanilla y vio un sol radeante, pegádole de lleno, encandilándo sus ojos y haciéndolo lagrimear, sintiendo un cosquilleo en la nariz, como si quisiera estornudar.
La gente estaba bloqueando los pasillos para descender. Las azafatas intentaban poner orden. A Mapini se le aceleraba la respiración. Intentó levantarse pero no pudo, las piernas le fallaron, aunque nadie lo notó.
Cerró sus ojos y se inclinó sobre el asiento, observando directamente el suelo. De a poco recrobraba la tranquilidad y respiraba mejor.
Necesitaba bajar urgente, le afectaba estar encerrado con tantas personas empujandose, haciéndole recordar la noche en el Antro.
Percibió en su pecho, como una alerta de que alguien lo observaba fijamente, y en su cabeza la voz de su padre, diciéndole que observara por la ventanilla.
Levantó lentamente la cabeza, y allí estaba Gabriel a unos cien metros, detrás de unas rejas que impedian el paso a los peatones hacia la pista de aterrizaje. Mapini le sonrió, su padre lo saludó con la mano y desapareció.
La mayoría de las personas ya habían descendido, y Mapini ya podía caminar sin que le temblaran las rodillas. Tomó su mochila, en la que llevaba sus objetos personales más apreciados y un libro sobre filosofía. También tomó la valija de la computadora portátil.
Tontamente caminó por el pasillo hasta acercarse a la salida, donde lo esperaba el piloto - que parecía un modelo salido de la Tv- y la misma azafata que le había preguntado si necesitaba algo. Ésta vez, solo se limitó a sonreirle, ya no le quedaban idiomas para emplear con Mapini. El piloto le estrechó la mano y le deseó una muy buena estadia, quedando los tres sonriendo estupidamente.
Como era común, en Tucuman hacía calor, pero corría una briza muy agradable, haciéndole volar el flequillo al joven vampiro.
En la pista de aterrizaje no se veía ningún avión más, solo el vuelo reciénte que había traído a Mapini y otras personas más, y eso era bueno porque el vampiro no quería estar rodeado de mucha gente.
Recogió su bolso rojo y se dirigió hacia la recepción, donde lo esperaba Gabriel: Un hombre corpulento, metro ochenta y cinco, piel cobriza, no tan oscura como la de Tamarah, cabello negro azabache y ojos color lavanda. Llevaba puesto su habitual jean celeste, zapatos de cuero relucientes, una camisa blanca con lineas azules y una campera de cuero negro (Del tamaño de una carpa.) Mapini al verlo, blanqueó sus ojos... Su padre no iba a cambiar jamás la vestimenta. Tenía todo un closet lleno de la misma ropa aburrida, al estilo 80's, cuando Gabriel tenía la misma edad que su hijo, y el vestirse de esa manera estaba de moda, aunque ahora decía que la juventud estaba perdída hasta en la vestimenta y que su forma de vestir, era la de un -verdadero hombre-.
Cuando se saludaron, Mapini le dio un beso en la mejilla y lo abrazó, pero su padre lo apartó y observó hacia todos lados: Detestaba los saludos con besos, siempre daba la mano. Mapini volvió a blanquear los ojos.

Se encontraban viajando en la camioneta Hilux años dosmil ocho color gris. Ninguno de los dos hablaba, aunque Gabriel de vez en cuando observaba por el rabillo del ojo a su hijo para saber en qué pensaba, pero solo veía imagenes borrosa y lo escuchaba cantar mentalmente las caciones de "ruido de lata" como solía llamarle él a la música moderna.
Mapini se encontraba contento por estar de nuevo en Tucuman, sabía que era lo correcto. Se sentía libre, sin preocupaciones, demasiado seguro, como si nada ni nadie tendría el poder suficiente como para lastimarlo o para hacerlo sentir mal. Observó a su padre y le quiso preguntar hacia dónde se dirigían, pero él ya había contestado antes:
- Hacia el Tiro Federal-
A Mapini no le hacía mucha gracia que su padre anduviese entrando en las mentes ajenas, pero aún así, le había sonreido.
El Tiro Federal, era un terreno de veinte hectáreas, con varias pedanas de tiro, un buffet y un área en donde cocinar con parrillas.
Entrando en los terrenos, vieron a varias personas cortando el pasto, todos volteaban al ver pasar la camioneta y saludaban a Gabriel.
Cuando descendieron de la camioneta al lado del buffet, Mapini respiró profundamente... ¡Ah! El aire puro, el olor al pasto recién cortado, las ramas de los eucaliptus que estaban siendo quemadas, el aroma a Paul's...
- ¿Porteño? - Preguntó una voz que Mapini reconocía, aunque ahora sonaba más grave, más adulta.
El corazón de Mapini se aceleró por un instante, se había olvidado de Él, de aquél vampiro. Se sintió avergonzado por no haber podído percibir la presencia de Paul's, pero haber sentido su aroma le hizo descontrolar todos los sentidos, haciéndolo sentir debil ante aquella presencia.
No quería voltear, le daba verguenza; se sentía intimidado por su amigo, y si no hubiese escuchado aquella voz, juraría que la persona que se encontraba por detrás, no era su Paul's.
Mapini respiró profundamente y volteó.



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