martes, 28 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXIII- La Saga del Hombre Lobo - Zemial - ]

Me había despertado el olor a carne frita mezclada con cebolla que viajaba por el aire desde la cocina hasta mi habitación. ¡Puaj! Cómo detestaba la cebolla.
Apenas podía abrir mis ojos. Bostecé y estiré mis brazos para desperezarme.
El brillo del sol de medio día penetraba mis párpados. El ventanal de mi habitación se encontraba abierto de par en par.
Podía oír la típica música de fin de semana de mis vecinos... los abuelos de Mapini.
Era sábado, eso significaba que el ruidaje recién iba a comenzar a la noche, y duraría hasta el atardecer del domingo.
Luego de levantarme, quise asomarme por el balcón para intentar verlo, como lo intenté otras veces, pero era inútil, desde que pasó lo que pasó, él nunca más visitó la casa de sus abuelos, me evitaba completamente, ni siquiera me llamaba por teléfono, desapareció de la faz de la tierra, como si hubiese muerto.
Me calcé el primer pantalón que encontré y caminé escaleras abajo.
Mi mamá se encontraba de espaldas cocinando, con su larga y enrulada melena negra hasta la cintura. Llevaba un vestido muy largo y demasiado floreado para la época. No se había percatado de mi presencia.
Entrecerré mis ojos, estiré ambos brazos e intenté bostezar, pero ella sin mirarme, ágilmente me arrojó una camiseta impactandola en mi pecho, cortándome el bostezo. No le gustaba que anduviese desnudo por la casa. Amí me hacía sentir cómodo, cuanta menos ropa, mejor, pero ella creía que podría enfermarme o algo por el estilo, aunque aveces lo tomaba con gracia y me decía que no le gustaría cuidar de un cachorrito con moquillo
- ¿Te preparo algo para desayunar?- Preguntó sin mirarme.
Me sorprendía la facilidad con la cuál me reconocía y sabía lo que me sucedía. De verdad que se me hacía extraño porque yo me creía una persona compleja y enigmática. Siempre intentaba ocultar toda clase de sentimientos, así me ahorraba problemas. Nunca me gustaron las charlas de padre e hijo, porque ni ellos ni nadie pueden saber que es lo que realmente pasa por mi cabeza. Dan teorías y ejemplo, creyendo que tienen razón en todo, que por ser más grandes saben más ¡Pero no! ¡No soy estúpido! Yo también pienso por mí mismo, aunque en éste caso no me desagradaba que ella supiese que era lo que me sucedía: Tenía hambre.
Refregé mi estomago, le di una palmadita y sonó hueco: Noté que era hora de depilarme la panza, no me gustaba tener pelitos en el pecho, se me hacía desagradable, prefería ser lampiño, así podía lucir mejor mi físico.
- Mejor... voy a esperar la comida- Le dije. Realmente estaba hambriento, pero desayunar con lactosa, no me alimentaba para nada. Podía sentir el olor a la carne fresca, la sangre que todavía desprendía. ¡Agh! Tenía que resistirme. Mi cuerpo pedía a gritos sangre, aunque comer un pedazo de carne jugozo no era lo mismo que beber de una fuente humana, cálida y tan llena de vida, pero al menos me relajaba. Me tembló todo el cuerpo de tan solo pensarlo, y tuve que tragar la saliva que se me había juntado en la boca.
- Olés a sudor y anoche volvíste tarde- Me dijo con un tono de voz que sonaba a reproche.
Necesité sentarme para poder contestar. Recordé lo vivído:
El olor a muerte caminando entre los bosques de Palermo la persecución y el enfrentamiento que patéticamente terminó en nada. Eramos más, los superabamos en número, pero cometímos un grave error... y fue separarnos.
- Nos cruzámos con dos sanguijuelas- Le dije. Mi madre dejó de pelar papas y soltó el cuchillo. Ahora me observaba fijamente, pero se mordía el labio - No pudímos hacer nada. Atacaron a una humana, pero llegué justo a tiempo para salvarla- Apoyé mis codos en la mesa, junté mis manos y dejé la mirada perdída, recordando bien lo que había sucedido- Nos rodearon... pero no atacaron. Se fueron, no querían matar- Negé con la cabeza, me encontraba frustrado- Ayañir se encontraba furiosa, pero la prioridad era esa humana, así que la llevamos con Rucalaf para que la revisara.
Recordé como salimos de aquél túnel a toda prisa, pero cubriendonos las espaldas, olfateando atentamente por si era una emboscada, pero no, ni un rastro de los chupasangres.
Yo deseaba dejar a los tres inconcientes con Rucalaf, y volver por los dos pálidos. La rabia viajaba por mi sangre a una gran velocidad. Sentía que el corazón se me iba a escapar por la boca, pero nos ordenenaron que volviéramos a nuestras casas, que los adultos se iban a encargar del tema. ¡Pero que mierda! ¡No iban a hacer nada!
Rucalaf nos aseguró que la jovencita iba a estar bien, que había perdído demasiada sangre, pero no lo suficiente como para morir o para un transplante. "Transplante de sangre" pensé... Lo mismo que había hecho Mapini conmigo, hasta convertirme en lo que soy ahora... un híbrido, una especie de zombie devorador de carne fresca y bebedor de sangre humana.
La jovencita iba a necesitar un buen tratamiento psicológico luego del ataque, pero intentarían convencerla de que solo sufrió un asalto y nosotros la socorrímos.
Aunque las palabras de los superiores me tranquilizaran el alma, la furia por aquél... chupasangre ¡Ah! Me volvía loco.
Tuve que salir a correr entre los árboles de Campo de Mayo, donde se refugiaban los otros licántropos y vampiros Puros infiltrados en la Armada Militar Argentina.
Corrí como nunca lo había hecho. Mi cuerpo humeaba literalmente por el frío de la noche y mi calor corporal. Gasté mis energías destruyendo árboles a mi paso, ensangrentandome los puños, porque si llegaba a casa lleno de energías, más la rabia que me dominaba, no sabía de lo que era capaz. Tal vez hubiese ido de nuevo cerca de donde atacaron a la jovencita, e intentaría cazarlos yo mismo, no me interesaba ¡Nos habían humillado! Nosotros cuatro eramos el mejor grupo de jovenes que tenía la manada... ¡Y dos chupasangres se nos burlaron!
Golpeé la mesa con furia. Mi madre ya me había servido la comida, y me observaba desde el otro extremo, sumida en sus pensamientos, como si estuviese analizando la situación, lista para darme un buen sermón o comenzar esas odiosas charlas que tanto detestaba.
Olí la comida, se encontraba perfecta, pero mi apetito se había cerrado. Detesté que lo psicológico moviese a lo orgánico. Comí sin ganas, tan solo para no tener que escuchar a mi madre.
Luego de comer, subí a mi habitación y prendí la computadora. La veía demasiado inservible sin Internet, pero al menos guardaba mi música, videojuegos y fotografías. Seleccioné el reproductor de música y me recosté boca arriba sobre mi cama, con los brazos por debajo de mi cabeza e intenté pensar en otras cosas... cosas lindas, que me hicieran sentir bien, como que en dos semanas iba a cumplir un año de noviazgo con Mellodie, una licántropa que conocí y me cambió la vida, que me salvó. La mujer más hermosa que jamás haya pisado la tierra, la mujer a la cual amé como a nadie más... Si, ella era todo en ese momento para mí, no tenía ni por qué dudarlo, además ella sentía todo lo mismo por mí, aunque nunca lo dijera, porque es tonta, pero yo sé que me ama. Hago todo por ella y sé que algún día va a reaccionar y lo va a reconocer, pero por ahora lo toma como un juego.
Soy demasiado afortunador por tener a esa mujer, ya que tiene demasiados pretendientes, pero me eligió amí, soy el único, no me interesa que me haya engañado, no, eso sé que lo hizo para quitarse las dudas de si soy o no lo que ella realmente quiere, pero ¡Ah! ¡Qué feliz me hacía sentir! Aunque vivamos discutiendo (Siempre por su culpa y sus errores, claro) pero seguímos juntos. La amo, y siempre lo voy a hacer.
Por detrás de la música, oí la voz de mi mamá llamándome desde abajo. Me levanté y desde la puerta de mi habitación le pregunté que necesitaba y ¡Ah! Era Mellodie que me llamaba por teléfono.
Corrí de nuevo escaleras abajo hacia el living para contestarle.
Esa habitación era uno de mis lugares favoritos de la casa, luego de mi cuarto. Me gustaba la decoración rústica, con muebles del siglo XIX y un televisor plasma de cincuenta y dos pulgadas, desvirtuando el ambiente. En la televisión estaban dando las últimas noticias, y como todos los días, habían muertes, descontrol, violencia, robos, pero ahora hablaban sobre un misterioso incendio, pero no le presté atención, y sin más distracciones contesté el teléfono:
- Hola mi negra- La saludé con una gran sonrisa en mi rostro, aunque fue en vano porque no podía verme, pero por el tono de voz que utilicé, sé que se lo hice saber. Ella se rió.
- Eh... hola- Me dijo. Seguía riendo, pero sonaba nerviosa ¡Bah! Me lo imaginé.
Estuve un buen rato riendo y alagándola, diciéndole cosas lindas, mientras mi madre pasaba de vez en cuando y me miraba extraño. Mellodie no era de decirme cosas lindas, pero yo sabía que se los guardaba por verguenza, pero no me importaba. Lo que sí me molestaba, era que me agradeciera cada vez que le recordaba lo herosa que es, o me contestara con un "Yo también" cuando le decía lo mucho que la quiero.
- Te amo, te amo tanto, te quiero ver- Le seguí diciendo, repitiendolo como un loro. Ella volvía a reirse tontamente, como si estuviese nerviosa, preocupada.
- Em, si, sobre eso te quería hablar- Ahora no se reía. Intentó mantener la voz seria, pero era tan tonta.- ¿Podés venir a casa ahora?-
Mi corazón latió desesperadamente. No veía las horas de verla, necesitaba tenerla cerca, dependía de ella.
Me calcé unas zapatillas All Stars gastadas y salí. Ni siquiera me lavé la cara, no me peiné y ni me gasté en bañarme. Pensé que de seguro lo iba a notar y se iba a alegrar al darse cuenta de lo emocionado que estaba por verla.
Caminé demasiado, pasé por la puerta de la casa de Mapini y me detuve unos segundos para observar desde las rejas, pero no veía a nadie, solo a Shermie que dormitaba a un costado. Agucé mis oídos pero tampoco oí ni sentí vida dentro de esa casa. Bueno, era mala suerte, me encontraba tan feliz que no me interesaba romper el pacto de con Mellodie de no volver a la casa de mi amigo. ¡La iba a ver! Eso me emocionaba aún más y caminé las diez cuadras faltantes a una gran velocidad.

Antes de golpear la puerta, Mellodié me abrió, tomándome por sorpresa, dejándome sin aire. ¡Se veía mucho más hermosa de lo que la recordaba!
Llevaba la mitad de su cabello atado por detrás, y la otra mitad le caía por la espalda. Se lo había vuelto a aclarar, ahora se veía mucho más rubia. Sus ojos marrones se encontraban rodeados por deliñeador negro y una capa de corrector de ojeras. Sus labios pintados de rojo, no tan llamativo, parecía bordó. Tenía puesta una campera de vaquero blanca y un pantalon elastizado azul.
Se que me miraba porque yo había quedado boquiabierto, pero ni yo sabía si por su hermosura o por el acto de abrirme la puerta antes de que yo tocara
- Te puedo sentir a cuadras... ¡Oles fatal!- Me dijo, y yo le sonreí. A veces era tan bromista. Le coloqué una mano debajo del mentón ¡Ah! Su cara era tan redonda y suave, parecía una muñequita, y la quise besar, pero se cruzó de brazos, me corrió la cara y creí ver como fruncía su nariz.- Te quiero- Dijo, pero sin dirigirme la mirada.- Nunca te quise lastimar- Ahora yo sonreí y di una pequeña carcajada, aunque no entendía por qué me decía esas cosas, aunque no me quejaba, sinó que me encantaba que me lo dijera - Pero....-
- ¡Ay negri! Yo también te quiero.
- No... Nunca me gustó que me dijeras negri. Perdoná, siempre pensé en vos y tus sentimientos, pero nunca en mí, y no puedo seguir más así- Bien, ella seguía hablando seriamente, pero no la entendía.- Te quiero, pero no puedo seguir con ésto.
- ¿Cón qué? - Pregunté riendo nerviosamente, y ahí la recordé a ella riendo por teléfono, usaba el mismo tono de voz.
- Con todo ésto... con nuestra relación- Esa confesión me dolió como una patada al hígado.- Siempre me gustaste por ser el más fuerte del grupo, pero nada más.- Quise besarla nuevamente, tal vez la podría callar y hacerla entrar en razón.- ¡Zemial! ¡No!- Me dio un golpe en el rostro. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no por el dolor, sinó por sus palabras que me herían profundamente como cientos de dagas apuñalando mi alma.
- Por favor- Le dije, tomándola de las manos. Ella me sonrió, pero era una sonrisa llena de amargura. Yo sabía que estaba confundida, que ni ella sabía lo que realmente sentía.
- Me gusta otra persona- Me dijo
Creí o quise haber escuchado mal. Le solté las manos y le dejé de mirar.
- Mejor me voy- Dije dandome vuelta.
- Zemial, por favor...
Pensé en gritarle muchas cosas, sentí repugnancia por ella. Varias veces habíamos discutido y casi rompemos la relación, pero ésta vez...
- Nunca te voy a odiar- Ella se quedó callada. Nos quedámos mirándonos.
- Si me odias, va a ser lo mejor, así te olvidas más rápido de mí, y vas a sufrir menos- Dijo intentando poner un tono de voz alegre.
Tragué saliva, ella me miraba sin expresar ningún remordimiento, al menos me hubiese gustado verla angustiada por mí.- Estoy enamorada de un vampiro-
Me sentí mal por haberle mentido con eso de "Nunca te voy a odiar" porque en esos momentos la odiaba con toda mi alma. Le sonrei, ella me devolvió la sonrisa. ¡Que tonta era! Ni siquiera podía ver a traves de mis ojos y darse cuenta de lo mal que me sentía.
Me fui, la dejé en la puerta. Caminé dos casas de distancia y me frené para volver, con las esperanzas de que ella estuviese esperandome en la puerta para pedirme perdón, pero no estaba, ya se había ido.
Corrí como lo había hecho la noche anterior. Estuve caminando por horas sin rumbo alguno, intentando no pensar, odiándola con todo mi ser.
Ya había oscurecido, tenía hambre, sed. Tenía miedo de cometer alguna locura. Había mucha gente por la calle... podría comer de alguno... ¡No! no soy un animal, yo los defiendo a ellos de los monstruos... Monstruos como yo ¡Ah! Odié con toda mi alma a Mapini. No podía creérlo, odiaba a las dos personas que más quise en mi vida.

Había caminado demasiado y me encontraba a una cuadra de la casa de Mapini.
Veía movimiento de personas, oía música y olía a muerte.
Caminé por la vereda, había demasiadas personas, mayormente adolescentes.
La muerte pasó por mi lado vestida de negro, en el cuerpo de un hombre bañado en sangre, con sus brazos colgando a ambos lados como si fueran de marioneta, moviéndose tan rápido que los hacía planear por detrás de él.
Me shockeó al pasar a pocos centímetros de mí, inhundándo mis pulmones con el aire cargado de sangre. Otra vez mi boca se llenó de saliva, pero me repugnó su olor a muerte.
No lo dudé ni un segundo, corrí detrás de él.
Sintió mi presencia, la había pasado por alto, nisiquiera me había olído, pero cuando se percató de mí, cruzámos las miradas y ví como le brillaban sus ojos violetas. Me pregunté por qué ese Convertído había salido de la casa de mi amigo. El chupasangres se dirigió hacia los bosques ¡Touché! Otros lobos se encontraban en el área, escuché sus aullidos.
Me encontraba cansadísimo, maldecí por dentro. Respiré profundamente y gemí de dolor, no estaba acostumbrado a utilizar la transformación, casi nunca la utilizabamos, porque no habían tantos Convertidos por cazar.
Sentí una presión en el medio de mi rostro, por arriba de mi nariz, que comenzó a estirarse, convirtiéndose en una mandíbula de lobo con dentadura canina.
Mi pecho se ensanchó, mis músculos se desgarraron, agrandándose en segundos, convirtiéndome en un hombre de dos metros, con espalda tan grande como la de dos fisicoculturistas, y la parte que más detestaba, era toda la piel animal que me cubría, convirtiendo mi cuerpo en un recipiente térmico.
Mis uñas se alargaron diez centímetros, quedando puntiagudas, afiladas como pequeñas navajas más resistentes que el acero.
Escuché como se reía el vampiro, lo olfateé y olía igual al de la noche anterior. Un fuego recorrió por mi cuerpo, sentía que iba a estallar de rabia.
Corrí tan rápido que veía borroso todo lo que me rodeaba. El Convertído esquivaba árboles ágilmente, pero sus brazos inértes chocaban con todo al pasar.
Ayañir hizo acto de presencia. Apareció justo enfrente de nosotros, tomándo al vampiro por el cuello. La amenazaba con morderla, haciendo ruidos desagradables con la boca.
Di un gran salto en el aire, estiré un brazo y junté los dedos. Caí a una gran velocidad, atravezándole la espalda al Convertido con mi mano, haciéndolo escupir sangre, manchándole el rostro a mi compañera que seguía en su fase humana. Ella lo soltó y se hizo a un costado para limpiarse el rostro.
El vampiro se ayudó con las piernas para separarse de mí, y cayó de lleno sobre la tierra. Se puso de rodillas e intentó correr nuevamente, pero lo tomé por la nuca. Daba gritos pero no entendía nada de lo que decía, Ayañir le había quebrado la garganta y todavía seguía escupiendo sangre.
Lo tiré al suelo boca arriba, obligándolo a que mirase directamente hacia mis ojos dorados. Su cara se llenó de temor como si supiera lo que iba a suceder.
Me desquité con él, no sentí lastima. Lo golpié descargando toda mi furia. La sangre tocó mis labios y no me controlé.
Lo despedacé, comí cada parte de su cuerpo, bebí toda su sangre. Ayañir intentó detenerme, pero me encontraba ciego, descontrolado, y la golpié, haciéndola volar varios metros. Se puso de pié y se marchó, dejándome solo.

Estaba por amanecer y todavía me encontraba en el bosque. Hacía más o menos una hora que no escuchaba algún aullido, eso significaba que todos los demás se habían retirado.
Me encontraba solo, junto a los pedazos del cuerpo destrozado del Convertido, que todavía se movía. En unos instantes iba a salir el sol e iba a desintegrarlo.
Caminé hacia mi casa, recorrí el camino por inercia, mi cabeza estaba en otro mundo.
Entré por el ventanal de mi habitacón para no alarmar a los que dormían. Me dirigí hacia el baño y dejé caer el agua en la ducha. Me quité la ropa ensangrentada y lentamente me arrodillé debajo del agua.
No tenía fuerzas, me sentía fatal.
El corazón me dolía como nunca antes. Golpié la pared. Quise gritar, pero me mordí el labio, haciéndolo sangrar. Mis lágrimas pasaban desapercibidas junto a la lluvia caliente que masajeaba mi cuerpo.
Me recosté en la bañera, puse los brazos bajo mi cabeza como almohada y cerré los ojos, quería que todo termine, necesitaba sentirme mejor, me quería morir, pero el cansancio me ganó, haciéndome revivir en una especie de sueño, la noche anterior bañada en sangre.

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