sábado, 18 de diciembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXIV- Superheroe - ]


Si bien las cosas con Paul's habían «empezado» de cierta forma mal, tenía fe de que se solucionaría todo esa misma noche.
Me había despertado mi abuela con una cacerola y un vaso de agua... Si, se preguntarán ¿Para qué esas cosas? Bien, Gabriel la había mandado a que me levantara « Porque los porteños solemos dormir demasiado » Así que una llovizna de agua -HELADA- recorrió todo mi rostro (En el sueño pensaba que llovía, pero no, el agua era real) y un sonar de cacerolas dentro de mis tímpanos. Me desperté y sonreí, pensé que ser amable iba a ser la mejor impresión, luego le pediría por favor que no hiciera eso nunca más... Pero no fue así, me dijo que iba a hacerlo todas las veces que sea necesario hasta que mi reloj orgánico se acostumbrase.
Mi habitación era algo tétrica. Si alguien entraba en esa habitación, nunca creería que un vampiro adolescente y moderno como yo, viviera ahí. Las paredes eran blancas, pero por la poca luminosidad, se veían grises. En el techo colgaba una gran lámpara antigua dando una tenue luz demasiado sombría. ¡Ni una ventana! Una puerta de madera (Que se dirigía hacia el exterior de mi habitación) y una puerta corrediza (La del baño). La cama... enorme, como para cuatro personas, con sus grandes acolchados negros, y al costado una biblioteca pequeña junto al placar con todas mis prendas colgadas.
Intenté recordar lo que había soñado -antes de que la vieja cho... mi abuela me despertara- Bostecé, me estiré. No recordaba desde hacía cuántas noche que no dormía bien. La última vez que lo había hecho, había sido en un refrigerador maloliente... Junto a Sebastian.
Me levanté de la cama y caminé hacia el baño. En el camino tomé unas prendas deportivas y mi teléfono móvil. Me quité la ropa -por supuesto- y tomé una ducha mientras sonaba You Love Her Coz She's Dead con Superheroes. Al principio provocó en mi una depresión total, recordando todos los momentos feos que habían sucedido mientras ésta banda sonaba... Pero el ritmo aceleraba mi corazón y como un tonto bailé debajo del agua hasta cantar con la esponja en mi mano « When dawns break, see it in your eyes. This seems fake, Superheroes disguised »
Ok, si bien no sabía inglés, podía entender lo que quería decir... o eso creí. « Cuando amanece, lo veo en tus ojos, ésto parece falso, superheroes disfrazados »
¿Superhéroes disfrazados? ¿Qué clase de frase era esa? Aunque pensándolo bien, sonaba genial... Gabriel era uno de ellos. No usaba anteojos ni capa, tampoco sus calzoncillos por encima de los pantalones ni volaba... ¿Gabriel podía volar? Reí, nunca me lo había preguntado.
Me vestí con un conjunto gris para hacer deporte. Esa mañana hacía frío. El sol recién salía por detrás de las montañas así que en el aire todavía se podía respirar frescura.
Desde el comedor podía ver por el gran ventanal la punta de las montañas todas nevadas (Y eso que todavía no era invierno) Tal cosa se podía apreciar solo por las mañanas, antes de que los vehículos ensuciaran el aire y bloquearan la visibilidad de tal belleza. Casi escupo un trozo de manzana que me había llevado a la boca de tan solo pensar en Tamarah diciendo "El humo puede bloquear la belleza del paisaje, pero nunca ami" y poniendo sus caras sobreactuadas. Mi abuela (Que por cierto se llama Emma) me miró y frunció la frente, pensó que me había reído de ella. Evité mirarla, tenía un carácter bastante insoportable...
Se preguntaran ¿Y por qué comía manzanas? Bien, aunque mis familiares eran vampiros, vivían a frutas y vegetales. Paso a explicar... ¡Son vampiros viejos, no necesitan sangre! Ya están curados de su anemia...
Gabriel había pasado la mitad de su vida bebiendo sangre. Él había sido uno de los vampiros más jóvenes en dejar de consumirla. En la Guerra de Las Malvinas (con dieciocho años de edad) se había asqueado de ver tantas muertes y sangre... así que desde ese día, comenzó «la dieta de los Cuarenta»
Vale aclarar otro punto... Mi abuela llevaba unos ochenta y todos los años... (Si, nunca pregunté su edad) se la veía débil y flacucha, pero era normal... ¡Porque es humana!
Otto Karolyi había sido mi abuelo. Murió «Como un Héroe» solían decir (No recuerdo hace cuánto murió, tal vez cinco, ocho años). Él era el culpable de seguir con la peste en la familia... Si, si él hubiera decidido no procrear, Gabriel nunca hubiera existido, por ende nunca se hubiera casado con mi mamá... y yo no la estaría haciendo pasar un momento horrible como el de ahora. Mordí fuertemente la manzana, atravesándola de lado a lado con mis pequeños pero filosos colmillos. Sentí el jugo dulce derramarse por mi mentón. Necesitaba sangre.
Ezio era el entrenador personal de mi papá. Todas las mañanas (Exactamente eran las nueve en punto) se juntaban en el gimnasio a hacer una serie de ejercicios con pesas. (Debo aclarar otra cosa: Jamás, pero JAMÁS en mi vida hice gimnasia) Y ahora me encontraba ahí, preparado para ese sufrimiento, el ejercicio. El entrenador era un estúpido, tendría que haber empezado por ahí. No paraba de hablar de jovencitas y sus aventuras con ellas. Gabriel no lo soportaba, pero lo contrató porque era el mejor con el entrenamiento. Vivía haciendo chistes sin gracia - Aunque para él si eran graciosos - Y criticaba todo. Lo que él hacía era lo mejor del mundo, y lo que hacíamos los demás, nada servía, todos inferiores para él.
Debo admitir que su físico -para su edad- me dio demasiada envidia. Era la razón por la cuál podía ligarse a alguien. Sus ojos verdes no eran tan llamativos -aunque jugaban un buen papel- y su boca... «Boca de burro arrecho» lo había llamado Gabriel un centenar de veces. Ok, nunca supe cuál era el verdadero significa de arrecho, pero los tucumanos solían tener ese lunfardo, y era gracioso.
- Eh, chango- Me había llamado Ezio, mientras se cambiaba de ropa -enfrente de nosotros sin importarle que lo vieramos- y señalaba unas pesas al costado para entrar en calentamiento.
«Si, "Chango"; "Ura", o el nombre de alguien más, por ejemplo: "Emma" (Por su carácter de mierda) en vez de decirme "Mapini", eran los típicos apodos o formas de llamarse entre si en Tucuman, casi nunca lo hacían por su verdadero nombre»
Era época de olimpiadas mundiales, así que el tema de conversación era ese. Por supuesto que yo estaba totalmente desinformado y no entendía ni la mitad de lo que hablaban, pero por Internet algo conocía, mayormente los bloopers.
- Vamos Chango, respirá profundo, el secreto está en el aire, todo es mental- Me repetían. - Tu mente es la que decide cuando frenar, tu mente es la que se cansa-
Ok ¿Qué parte de que soy débil no entendían?
- Otra serie más- Había comentado Gabriel mientras se reía porque había llegado a escuchar mi pregunta mental.
Él adoraba verme sufrir, pero no por maldad, sino por pura diversión.
Me coloqué los auriculares y seguí con la lista de reproducción que tenía mientras me bañaba. Me pregunté si usando un par de anteojos podría evitar la mirada de Gabriel y así él no escucharía mis pensamientos... Tendría que intentarlo.
Pensé en la gente estúpida que hacía ejercicios con el tema de la película Rocky... Eso me alentó... Que tema tan desagradable.
Siguieron hablando de las olimpiadas y comentaban de lo mucho que había que entrenar para ser como ellos y de lo orgulloso que se encontrarían si algún familiar fuese así. Sentí que indirectamente hablaban de mí y no pude quedarme con la boca cerrada.
- Pero ¿Y los que no llegan ni a la final?-
- Al menos llegaron hasta las olimpiadas-
« Ouch, me habían cerrado la boca »
- Pero...- Pensé antes de hablar - ¿Vieron a ese tipo que se quebró los brazos por levantar tantos kilos en pesas? Los huesos se le salieron del brazo... ¡Horrible! - Ambos me miraban intentando recordar - Ese hombre no sirve más, tantos años de entrenamiento... ¡Y en un segundo fracasó!-
Ambos sonrieron... Eso no me gustó para nada.
- Porteño... ¿Qué es fracasar para vos? ¿Tenes bien puesto el concepto de fracaso en tu cabeza?-
« ¡HEY, QUE NO SOY HUECO! » - Fracasar es llegar hasta ese lugar y retirarse... ¡Pero ellos dieron lo mejor que pudieron! No se escaparon de la presión del ejercicio ni de la competencia, y ese hombre "fracasado" como lo llamaste, tiene más huevos que vos y todos los que se presentaron, porque él sabía que no podía, pero igual lo intentó- Ahora se reía pero se notaba que no le daba mucha gracia- Hay que admitir que fue un necio... Pero si no lo hubiese intentado, ahí si hubiera sido un fracasado.-
Si, no quise acotar nada más. Era como si cada vez que dijese algo, ellos tendrían para acotar algo mas y me hacían quedar mal.
Cuando realmente mi cuerpo ya no resistía más el ejercicio me senté y vi sobre una pared unos cuchillos de lanzar que brillaban a causa del sol. Eran hermosos, sin filos pero puntiagudos. No sé si Gabriel me leyó la mente o simplemente lo notó por mi mirada fija, que se acercó y tomó uno. Lo hizo girar ágilmente sobre sus dedos y lo lanzó contra una madera. El sonido fue seco, me enamoré.

Por suerte la mañana se pasó prácticamente volando y no tuve que soportar al dúo un segundo más. El gimnasio quedaba a cinco cuadras de nuestra casa, pero Gabriel igual iba en la camioneta, en cambio yo decidí volver caminando para respirar aire puro -aunque ya no era tan fresco como en la mañana, y las montañas habían quedado tapadas por todo el humo-
Me gustaba Tucuman, no solo por sus paisajes, sino por las personas. Si bien, no eran todos de buen aspecto -La mayoría lucían como campesinos y los adolescentes no seguían las modas como en la gran ciudad- su carisma era increíble. Todos educados -aunque siempre hay hierba mala- pero la humildad y amabilidad de esas personas -como en la gran mayoría de las provincias- no se encontraba en Buenos Aires.
Por la calle que iba caminando - La avenida Sáenz Peña - las casas eran de la época colonian remodeladas, mayormente de dos pisos, no predominaban grandes edificios. Muchos autos (Bastantes modernos) , motos (Mayormente conducidas por adolescentes) y ómnibuses circulaban por la calle.
Como era el medio día, en la puerta de un colegio -que no me tomé la molestia de ver el nombre- los alumnos se juntaban y despedían. Me sentí con energías (Era el efecto que provocaba hacer ejercicio por la mañana según Ezio y Gabriel) y quise pasar entre medio todos. Si, me sentía renovado.
Por un segundo me sentí Tamarah. Quise abrir mis brazos y rozarlos a todos. Me sentía con tantas energías que me creí capaz de imitar la habilidad de la vampiresa. Quise tomar al primero que me dirigiera la mirada y darle el beso de la muerte. No me importó imitar a Alex o Sebastian. Me sentía tan poderoso como ellos. Mis venas latían bruscamente - o tal vez siempre lo hicieron a esa velocidad pero nunca lo había notado - Necesitaba sangre. No me importó encontrarme desalineado, despeinado o todo sudado. Sabía que me encontraba atractivo. Un grupo de jóvenes me sonrió y me veía reflejado en sus ojos brillantes. ¿Qué sensación les provocaba? No podía captar qué sentimientos les pertenecía, porque se mezclaban con los demás y era todo engorroso. No me interesó, sabía que me deseaban, como yo los deseaba a ellos. El sentimiento era mutuo, no importaba nada más. ¿Pero por qué sentía odio ajeno en mi interior?
¡Ah! Que mano tan firme... Alguien posó su mano en mi hombro derecho y yo seguí caminando. Si tendría suerte, me seguiría hasta un lugar alejado de tantos aperitivos... ¿Aperitivos? ¡Eran personas! La sed de sangre me estaba agobiando. Intenté seguir, pero la mano seguía firme sobre mi hombro, y con la otra mano me tomaba del brazo izquierdo. Ni siquiera me dejaba voltear. Escuché risas burlonas. Sentí un aroma conocido, aunque con tantas personas cerca, podría haberlo confundido.
- Te dije que hoy a la noche nos veríamos, y recién ahí vamos a hablar sobre tu permiso de cacería- Era Paul's. ¡Si señores! Solamente ami me podía pasar una cosa así. Su fría voz me había hecho erizar los cabellos de la nuca, pero no me sentía débil, me creía capaz de partirlo por la mitad con tan solo un golpe.
Tomé su mano izquierda (Con la que sostenía mi brazo) lo estiré hacia adelante, obligándole a soltar mi hombro, y con mucha fuerza lo hice girar bruscamente, quedando por detrás de él. Crucé sus brazos por debajo del mentón, haciendo presión sobre el cuello, en una especie de llave.
- Hola Paul's - Le dije. Mi respiración estaba acelerada. Hice más presión y sentí como su garganta hacía « Clic» La sangre seguía viajando a una gran velocidad por mis venas.
Las personas nos encerraron en un círculo mientras gritaban cosas. Varios bravucones del colegio se quisieron tirar encima pero algo invisible se los impidió. Robóticamente voltearon y se fueron. Fue como si a todos los presentes les desconectaran un cable y «mágicamente» siguieron en lo suyo, sin prestar atención a lo que sucedía, como si no nos encontráramos ahí.
Sentí otra mano más firme y pesada que la de Paul's en mi hombro, volteé furioso para ver quién era y me topé con el rostro de mi papá. Sentí como la adrenalina bajaba «mágicamente» también de cien a cero en un segundo, haciendo que Paul's se libere de mis brazos fácilmente.
Se acomodó el cuello de la camisa - aunque se veía sexy todo desprolijo - « Bien, no supe si eso lo había llegado a oír Gabriel» Entrecerró sus ojos y sentí todo su odio en mi interior.
- Hola Paul's-
- Buenos días, Gabriel- Le contestó él.
- ¿Cómo va todo?- Mi papá lo fulminaba con la mirada
- Perfecto señor, perfecto- Repitió tontamente él, pero sin quitarle la mirada de odio.
- ¿Algún problema?-
- Ninguno señor... ninguno- Y me observó ami... no supe si porque « yo era su problema » o porque no quería dirigirle la mirada a Gabriel.
- Ahora marchando - Mi papá señaló la puerta abierta de la camioneta que estaba estacionada a pocos metros. Sé que no esperaba un NO por respuesta.
En el viaje -que duró dos minutos y se me hizo interminable- pensé en que mi «relación» con Paul's había muerto, que no tenía chances de remediar lo sucedido. ¿Por qué había sido tan violento con él? Bueno, sabía por qué lo había sido, pero hacerme la pregunta me hacía sentir más inocente. Paul's se lo había buscado. Por ser tan soberbio se lo tenía merecido.
- ¿Su soberbia no es por tu culpa? Eso no te hace menos culpable -
Me crucé de brazos e inflé mis cachetes, pero no pude resistir la risa al acordarme de Tamarah haciendo eso ¿Cómo se vería conmigo? Gabriel no me miraba pero se reía de mí -sin entender, supuse- y movía su cabeza diciendo "no". Si papá, estoy loco.

En el almuerzo habían muchos (con muchas U) vegetales y unas cajitas de jugo, esas de muchos sabores, pero lo gracioso era que no contenían jugo, sino sangre.
El gusto era el mismo, pero no se podía apreciar el latido de los corazones de las personas ni la temperatura ideal. Por un momento me asqueé, pensé que tomar eso era lo más desagradable que podría haber hecho en mi vida -aunque no fuese cierto- Volví a sonreir. Mi abuela me fulminaba con la mirada. Quise gritarle muchas cosas ¿Qué tanto le molestaba que sonriera? ¿Acaso estaba prohibido sonreír en esa casa? Vieja de mierda... Aunque debo admitir que la sopa de verduras que cocinó, era perfecta.
No estaba acostumbrado a comer « comida humana » aunque era necesaria para mantener el cuerpo fuerte.
Mi papá se reía de Buenos Aires y de sus hábitos. Decía que no conocía ni a un solo vampiro -puro- que llevara una buena alimentación. Todos creían que con beber sangre, ya era suficiente. Lo mismo con los humanos que vivían a base de hamburguesas y comida chatarra, Él se reía de todos ellos.

Toda la tarde me la pasé ordenando la habitación, separando la ropa que usaría y la que no. El día se me estaba volviendo demasiado aburrido a comparación de mis últimos días.
- No hubieras traído tanta ropa - Me sorprendió Gabriel por detrás mientras colgaba unas camisas en las perchas. Lo miré y sonreí. « No pienses en nada » - ¿Vamos de paseo?- Ahora él sonreía.
Tomé la segunda ducha del día y otra vez me encontraba sobre la camioneta, en el lado del acompañante.
Nos dirigíamos al centro de la ciudad (Unas quince cuadras de donde vivíamos) La ciudad era chica pero bastante transitada, y como las calles eran angostas y transitaban muchos autos y peatones, se hacía lento. Gabriel perdía la paciencia.
- Hubiéramos venido caminando - Le dije, mientras miraba por la ventana que las personas se movían más rápido.
- Ya está, chango. Ya casi llegamos - Tocaba bocina y golpeaba el volante.
Suspiré y le aumenté a la radio. Sonaba un tema de pop internacional que ya había pasado de moda pero que me gustaba. Veía las tiendas de ropa, los cafés y a las personas caminando. Era extraño ver que no se empujaran ni corrieran. Era extraño, pero no algo que extrañara ¿Se entiende? Buenos Aires parecía ir diez veces más rápido que Tucuman. Personas aceleradas, malhumoradas (Aunque como dije antes, siempre hay hierba mala, y Gabriel era uno de ellos) Las personas caminaban tranquilas y observaban las vidrieras, casi todos se saludaban, otros pedían disculpas cuando se chocaban sin querer. Yo seguía observando. En verdad que me gustaba la ciudad.
Gabriel tardó unos cinco minutos en estacionar y casi se pelea con el policía de tránsito. No supe si usó su persuasión de vampiro o si realmente lo tranquilizó y no llegaron a golpearse.
La peatonal del centro de Tucuman estaba tan transitada como lo estaría en esos momentos la calle Florida o Lavalle en Buenos Aires. Era la hora pico, cuando todos salían de trabajar. Mapini se sentía tan protegido que no temía a estar rodeado de tantas personas. Gabriel era un tottem de la buena suerte que le daba mucha seguridad.
El sol por fin comenzaba a ocultarse y la temperatura que había levantado en la siesta comenzaba a descender. Las luces de los locales comenzaban a encenderse y las luces de neón de las calles parpadeaban en la espera de la noche completa. Gabriel caminaba a unos cinco pasos por detrás de mí, sin poder aguantar la risa, porque todos los peatones me observaban y murmuraban cosas.
- Yo no te conozco, porteño - Me había dicho mientras se tapaba la boca para hablar. Gabriel detestaba mi forma de vestir, decía que era un «pájaro pepitero» por la llamativa combinación de colores que usaba, o la exageración de blanco y negro en mi vestimenta. Según él, yo vestía «raro» y por eso todas las personas me observaban... ¡Pero podía percibir lo que sentían! Aunque debo admitir, a más de uno le aborrecía mi acento al hablar o mi vestimenta. Otros tan solo se morían de envidia o me deseaban...
Gabriel abusaba de sus dones y hacía que todas las personas que nos rodeaban, se rieran de mí... Creía que no podía darme cuenta pero concentrándome por completo, podía notar el cambio brusco en los sentimientos de las personas. Se agarraba de las costillas por tanto reírse. Yo sonreí.
Pasamos por una óptica y sentí que su presencia se alejaba, o al revés, que yo me alejaba de él.
- Chango ¿A dónde vas? Prestá atención -
Lo fulminé con la mirada, pensé que era alguno de sus tontos jueguitos otra vez.
Caminé hacia el local, varios anteojos y telescopios se veían en la vidriera... Todo era muy «blanco» se olía en el aire la higiene del lugar y también la esencia de Paul's.
El corazón se me detuvo por un instante, no podía ser, dos veces en el mismo día...
-¡Mapini!- Gritó una mujer. Era la madre de Paul's.
- Marcela...-Le dije forzando una sonrisa y observando para hacia todos lados. ( Y por cierto...Si, se llama igual que mi mamá)
- Que raro verte por acá porteño ¿Qué andas haciendo?-
- Me vine a vivir con mi papá - Le contesté sin prestar atención, seguía buscando a Paul's con la mirada.
- Ah, mirá que bien... ¿Por cuánto tiempo?- Ahora sonaba preocupada, como si algo no le gustara.
- N...no lo sé, por mucho tiempo, supongo- Y la estudié con la mirada. Ella me esquivó y ahora le hablaba a Gabriel.
No podía ser, Paul's se encontraba ahí, el aroma estaba en el aire.
- Por cierto... Marcela ¿Paul's dónde está? - Le pregunté intentando sonar lo más inocente posible.
- Mirá, se acaba de ir hace un minuto... Si salís ahora mismo, te lo vas a cruzar- Contestó.
Gabriel me fulminó con la mirada, no le presté atención y salí prácticamente corriendo. No me hizo falta preguntarle hacia donde había salido porque podía sentir su presencia a pocos metros y su aroma era tan fuerte, tan distinto a los demás... que no podía no reconocerlo.
Me sentía ágil, veloz, y poderoso. Corrí entre las personas que volteaban curiosos. Me sentía un estúpido, pero tenía que encontrar a Paul's y disculparme...
Se movía, el aroma me lo indicaba. Corrí y sentí el cuerpo agotadísimo, las horas de gimnasio estaban haciendo efecto. Tenía los músculos contraídos, eso me facilitaba el correr, pero mi cuerpo estaba agotado. Pensé en parar, descansar un rato...
«Fracasado»
Corrí más, pero mi cuerpo no lo resistía.
« Tu mente es la que se cansa » « Fracasado »
Bien, no me iba a quedar parado ahí. Corrí más rápido que antes, no me interesó llamar la atención de los que caminaban. Perseguí el aroma a Paul's (Que por cierto no era tan fresco como el de Sebastian, sino todo lo contrario, era olor a coco, algo dulzón, empalagante)
- Fracasado... ¡Já!- Me dije, y ahí logré verlo caminando entre el parque 9 de Julio acompañado de las dos mujeres de la noche anterior y por detrás tres jóvenes aparentemente de su edad.
No me hizo falta mirar la hora para darme cuenta de que era tarde y peligroso andar caminando por ahí, y más rodeado por humanos. Disminuí la velocidad para no llegar tan dramáticamente y así poder recobrar bien el aliento. Mi teléfono móvil sonó, era Gabriel.
- ¿Si? - Pregunté.
- ¿Dónde estás?- Me preguntó.
- En el parque 9 de Julio -
- Salí inmediatamente de ahí- Me ordenó aceleradamente y cortó.
No me iba a ir sin antes hablar con Paul's, además no quería esperar hasta el bar, yo ni siquiera estaba cambiado para asistir a su fiesta de cumpleaños. Lo mejor era ahora.
Siguieron caminando aparentemente sin darse cuenta de que los seguía por detrás. Todos reían a carcajadas, menos Paul's. Él sabía que yo iba por detrás y no iba a voltear.
Llevábamos una cuadra de distancia, no pensaba gritar su nombre y quedar como un loco, así que aceleré un poco el paso e intenté seguirlos, pero me paralizó ver como uno a uno desaparecían los amigos de Paul's a una gran velocidad. El vampiro tomó por la cintura a las dos mujeres y aceleró el paso también.
Seguí caminando, unas figuras negras habían hecho desaparecer a los tres jóvenes que iban por detrás de Paul's, o eso creí haber visto ¿Pero dónde se habían ido?
A los costados se levantaban unos arbustos y no se podía ver nada, la oscuridad dominaba en el ambiente.
El teléfono me volvió a sonar, era Gabriel otra vez.
- ¿Q...-
-¿Dónde estás?- Gabriel me interrumpió, ni siquiera me dejó terminar la frase.
- En el Parque te dije-
- ¡Te dije que salieras urgente de ahí! - Me gritó y tuve que alejar el tubo de mi oreja para que no me lastimase. Otra vez cortó.
Corrí hacia Paul's, ésto ya no tenía buena pinta.
Pasé por el lugar donde habían «desaparecido» los acompañantes y observé de derecha a izquierda... No oí ni percibí nada.
Ahora ni siquiera podía ver al otro vampiro puro, se había alejado demasiado, y así como apareció, me embistió y caí al suelo. Observé hacia todos lados otra vez, intentando reincorporarme. El teléfono móvil se me había escapado de las manos y la música comenzaba a sonar otra vez. La misma lista de reproducción de todo el día. Superheroes volvía a sonar.
Podía escuchar el sonido de los autos que pasaban por la avenida, no estaba tan lejos. Pude ver entre los árboles la luz del bar donde concurríamos con Paul's diariamente, pero estaba a unas tres cuadras de distancia, se me era imposible salir corriendo y llegar sin problemas.
Esperé en silencio que las figuras negras salieran. Primero una, luego otra y dos más.
Me sorprendí y casi me río de lo patético de la situación ¡Cuatro Convertidos! Ya no sabía que esperarme. Si dos Convertidos ( Y uno en amansamiento ) me fueron problemáticos ¿Qué haría con esos cuatro? Cerré los ojos y disfruté de la música. Levanté mi cabeza e intenté imaginarme el cielo. Sentí el aire cortado por una gran velocidad, un golpe seco y el viento despeinándome el flequillo... Me recordó a la habitación de mis papás y la pelea de Sebastian contra Felix. Sebastian...
Abrí mis ojos y vi a un hombre robusto y colorado... ¡El padre de Paul's! Me dio vergüenza el estar tirado en el suelo húmedo. Me reincorporé y le dediqué una sonrisa.
- Cuidado, porteño- Me dijo, y le asentí con la cabeza.
Uno de los Convertidos se abalanzó contra mí, pero lo pude detener, le apliqué la misma llave que a Paul's esa mañana y le quebré el cuello. Lo dejé caer al suelo, mientras temblaba.
Saqué de mi cintura un cuchillo para lanzar -que Ezio me había dado para que practicara- y me corté la palma de la mano. Imité a Gabriel, hice girar el cuchillo sobre mi mano y lo lancé contra otro Convertido, embistiéndole el pecho y haciéndolo caer de espaldas, mientras se convertía en cenizas. "Paul's grande" (El padre de Paul's) me observó fijamente.
- Estás loco - Me dijo, pero no me sonrió, realmente lo pensaba.
Me ruboricé y no supe que decir. Los dos Convertidos restantes nos fulminaban con la mirada, sus ojos eran rojos sangre. Llevaban por vestimenta unas capas largas y malgastadas de color negro. Olían a sangre. No se les podía ver bien el rostro, pero se los notaba jóvenes. Se miraron entre ellos, uno gruñó y el otro asintió con la cabeza, y al instante, en una fracción de segundo se encontraban alrededor de Paul's, tomándolo por los brazos, clavándole las uñas sobre el pecho, atravezándolo de lado a lado, desangrándolo.
Quise correr hacia él para ayudarlo, pero sentí un fuerte golpe en mi espalda, haciéndome caer boca abajo en el suelo. El Convertido al cuál le había quebrado el cuello, se había puesto de pié y ahora me aplicaba una llave, clavándome la rodilla sobre mi espalda y torciéndome los brazos.
Los escuché gruñir nuevamente, pero ahora sonaban furiosos. Lo único que llegué a entender fueron las palabras "puro" y "sangre".
Paul's se encontraba arrodillado en el suelo, escupiendo sangre, debilitándose. Uno de sus atacantes lo soltó y se perdió de vista entre los arbustos. Escuché el grito de unas mujeres y al instante vi caer desde el cielo - o eso creí, porque tenía la cara pegada al suelo- a Paul's junior, llevaba su cara ensangrentada, lo escuchaba chillar del dolor. Escuché el sonido de unos tacos y al instante a las jóvenes que seguían a todos lados a mi amigo.
« Tontas, tontas, tontas » pensé.
Ambas gritaron, se tapaban la cara, corrían de un lado hacia el otro, no entendían lo que sucedía.
La de cabello oscuro (La que me recordaba a Tamarah por su belleza y aire soñador) se acercó ami y con fuerza golpeó a mi atacante en la cabeza con su bolso. Éste gruñó, intentó atraparla y pude escapar. Me reincorporé velozmente, empujé al Convertido y atrapé por la cintura a la muchacha. La de cabello rojizo intentaba ayudar a Paul's Junior, mientras gritaba al parecer, el nombre de su amiga.
- ¡Dyoxe! - Repetía sin consuelo. No paraba de llorar. Su amiga chillaba en mi oído.
- ¡Ruth! - Se gritaban el nombre, pero ninguna hacía nada.
- Por favor... - Le dije. Ella me observó fijamente, llevaba su delineado corrido por el llanto - ¿Podrías dejar de gritar en mi oído? - Ella asintió con la cabeza, la solté y se apartó corriendo para ayudar a su amiga.
Corrí hacia Paul's (El grande) e intenté apartarlo del Convertido, pero temía lastimarlo más, ya que tenía una mano incrustada en el pecho.
Las dos mujeres valientemente golpeaban a un Convertido con sus bolsos, Paul's intentaba reincorporarse y Gabriel aparecía en acción.
Primero me observó fijamente, no tuve que decirle nada. Corrió hacia su amigo y con unos simples movimientos, hizo volar por los aires al Convertido, dejando una saeta de sangre por detrás. Mientras seguía en el aire, Gabriel rodó sobre el suelo, tomó el cuchillo ensangrentado y sin mirar lo lanzó contra el impuro, atravesándolo de lado a lado, convirtiéndose en ceniza.
Ruth recibió un golpe por un Convertido, cayendo inconsciente sobre los arbustos y Dyoxe salió despedida varios metros hasta caer sobre mis brazos.
- Se va a volver costumbre- Le dije, y me sonrió. Pude ver su labio cortado derramando sangre. Tuve que observar hacia otro lado, la sed de sangre me descontrolaba. La ayudé a ponerse de pié y le pedí que se apartara. Corrió hacia su amiga y la sostuvo en brazos intentando reanimarla.
Los Convertidos tenían de rehén a Paul's junior, lo sostenían por ambos brazos. Su padre se encontraba arrodillado en un costado, mientras Gabriel lo sostenía por detrás para que no cayera. Vi centellar el cuchillo sobre un costado, muy cerca mio. Caminé lentamente, mientras los Convertidos discutían -gruñían- entre ellos y no prestaban atención a mis movimientos. Cuando por fin tuve el cuchillo, lo apreté fuertemente en mi mano cortada para que brotara más sangre. Observé a Paul's, él me devolvía la mirada. Llevaba sus ojos llenos de lágrimas, lo observé por un instante fríamente, imitando a Sebastian... Y me perdí entre los arbustos. Los Convertidos me perdieron de vista, me buscaban de lado a lado. Trepé ágilmente un árbol y caí sobre ellos. Ni siquiera lo notaron, al primero le atravesé la garganta con el cuchillo, al otro, luego de arrancarle una mano y alejarlo de Paul's Junior, lo incrusté contra el árbol que había trepado, atravesándolo de lado a lado con el cuchillo, haciéndolo escupir las últimas gotas de sangre que sentiría pasar por su boca en su vida.
Paul's lloriqueaba sobre el suelo, yo llevaba toda mi cara y ropa manchada de sangre, lo observaba fríamente, como Sebastian, pero me sentía tan mal actor como Tamarah. Sentía ganas de saltar de emoción como María y temía por mi vida como Leon. Me pregunté qué estarían haciendo... ¿Que sería de ellos?









martes, 28 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXIII- La Saga del Hombre Lobo - Zemial - ]

Me había despertado el olor a carne frita mezclada con cebolla que viajaba por el aire desde la cocina hasta mi habitación. ¡Puaj! Cómo detestaba la cebolla.
Apenas podía abrir mis ojos. Bostecé y estiré mis brazos para desperezarme.
El brillo del sol de medio día penetraba mis párpados. El ventanal de mi habitación se encontraba abierto de par en par.
Podía oír la típica música de fin de semana de mis vecinos... los abuelos de Mapini.
Era sábado, eso significaba que el ruidaje recién iba a comenzar a la noche, y duraría hasta el atardecer del domingo.
Luego de levantarme, quise asomarme por el balcón para intentar verlo, como lo intenté otras veces, pero era inútil, desde que pasó lo que pasó, él nunca más visitó la casa de sus abuelos, me evitaba completamente, ni siquiera me llamaba por teléfono, desapareció de la faz de la tierra, como si hubiese muerto.
Me calcé el primer pantalón que encontré y caminé escaleras abajo.
Mi mamá se encontraba de espaldas cocinando, con su larga y enrulada melena negra hasta la cintura. Llevaba un vestido muy largo y demasiado floreado para la época. No se había percatado de mi presencia.
Entrecerré mis ojos, estiré ambos brazos e intenté bostezar, pero ella sin mirarme, ágilmente me arrojó una camiseta impactandola en mi pecho, cortándome el bostezo. No le gustaba que anduviese desnudo por la casa. Amí me hacía sentir cómodo, cuanta menos ropa, mejor, pero ella creía que podría enfermarme o algo por el estilo, aunque aveces lo tomaba con gracia y me decía que no le gustaría cuidar de un cachorrito con moquillo
- ¿Te preparo algo para desayunar?- Preguntó sin mirarme.
Me sorprendía la facilidad con la cuál me reconocía y sabía lo que me sucedía. De verdad que se me hacía extraño porque yo me creía una persona compleja y enigmática. Siempre intentaba ocultar toda clase de sentimientos, así me ahorraba problemas. Nunca me gustaron las charlas de padre e hijo, porque ni ellos ni nadie pueden saber que es lo que realmente pasa por mi cabeza. Dan teorías y ejemplo, creyendo que tienen razón en todo, que por ser más grandes saben más ¡Pero no! ¡No soy estúpido! Yo también pienso por mí mismo, aunque en éste caso no me desagradaba que ella supiese que era lo que me sucedía: Tenía hambre.
Refregé mi estomago, le di una palmadita y sonó hueco: Noté que era hora de depilarme la panza, no me gustaba tener pelitos en el pecho, se me hacía desagradable, prefería ser lampiño, así podía lucir mejor mi físico.
- Mejor... voy a esperar la comida- Le dije. Realmente estaba hambriento, pero desayunar con lactosa, no me alimentaba para nada. Podía sentir el olor a la carne fresca, la sangre que todavía desprendía. ¡Agh! Tenía que resistirme. Mi cuerpo pedía a gritos sangre, aunque comer un pedazo de carne jugozo no era lo mismo que beber de una fuente humana, cálida y tan llena de vida, pero al menos me relajaba. Me tembló todo el cuerpo de tan solo pensarlo, y tuve que tragar la saliva que se me había juntado en la boca.
- Olés a sudor y anoche volvíste tarde- Me dijo con un tono de voz que sonaba a reproche.
Necesité sentarme para poder contestar. Recordé lo vivído:
El olor a muerte caminando entre los bosques de Palermo la persecución y el enfrentamiento que patéticamente terminó en nada. Eramos más, los superabamos en número, pero cometímos un grave error... y fue separarnos.
- Nos cruzámos con dos sanguijuelas- Le dije. Mi madre dejó de pelar papas y soltó el cuchillo. Ahora me observaba fijamente, pero se mordía el labio - No pudímos hacer nada. Atacaron a una humana, pero llegué justo a tiempo para salvarla- Apoyé mis codos en la mesa, junté mis manos y dejé la mirada perdída, recordando bien lo que había sucedido- Nos rodearon... pero no atacaron. Se fueron, no querían matar- Negé con la cabeza, me encontraba frustrado- Ayañir se encontraba furiosa, pero la prioridad era esa humana, así que la llevamos con Rucalaf para que la revisara.
Recordé como salimos de aquél túnel a toda prisa, pero cubriendonos las espaldas, olfateando atentamente por si era una emboscada, pero no, ni un rastro de los chupasangres.
Yo deseaba dejar a los tres inconcientes con Rucalaf, y volver por los dos pálidos. La rabia viajaba por mi sangre a una gran velocidad. Sentía que el corazón se me iba a escapar por la boca, pero nos ordenenaron que volviéramos a nuestras casas, que los adultos se iban a encargar del tema. ¡Pero que mierda! ¡No iban a hacer nada!
Rucalaf nos aseguró que la jovencita iba a estar bien, que había perdído demasiada sangre, pero no lo suficiente como para morir o para un transplante. "Transplante de sangre" pensé... Lo mismo que había hecho Mapini conmigo, hasta convertirme en lo que soy ahora... un híbrido, una especie de zombie devorador de carne fresca y bebedor de sangre humana.
La jovencita iba a necesitar un buen tratamiento psicológico luego del ataque, pero intentarían convencerla de que solo sufrió un asalto y nosotros la socorrímos.
Aunque las palabras de los superiores me tranquilizaran el alma, la furia por aquél... chupasangre ¡Ah! Me volvía loco.
Tuve que salir a correr entre los árboles de Campo de Mayo, donde se refugiaban los otros licántropos y vampiros Puros infiltrados en la Armada Militar Argentina.
Corrí como nunca lo había hecho. Mi cuerpo humeaba literalmente por el frío de la noche y mi calor corporal. Gasté mis energías destruyendo árboles a mi paso, ensangrentandome los puños, porque si llegaba a casa lleno de energías, más la rabia que me dominaba, no sabía de lo que era capaz. Tal vez hubiese ido de nuevo cerca de donde atacaron a la jovencita, e intentaría cazarlos yo mismo, no me interesaba ¡Nos habían humillado! Nosotros cuatro eramos el mejor grupo de jovenes que tenía la manada... ¡Y dos chupasangres se nos burlaron!
Golpeé la mesa con furia. Mi madre ya me había servido la comida, y me observaba desde el otro extremo, sumida en sus pensamientos, como si estuviese analizando la situación, lista para darme un buen sermón o comenzar esas odiosas charlas que tanto detestaba.
Olí la comida, se encontraba perfecta, pero mi apetito se había cerrado. Detesté que lo psicológico moviese a lo orgánico. Comí sin ganas, tan solo para no tener que escuchar a mi madre.
Luego de comer, subí a mi habitación y prendí la computadora. La veía demasiado inservible sin Internet, pero al menos guardaba mi música, videojuegos y fotografías. Seleccioné el reproductor de música y me recosté boca arriba sobre mi cama, con los brazos por debajo de mi cabeza e intenté pensar en otras cosas... cosas lindas, que me hicieran sentir bien, como que en dos semanas iba a cumplir un año de noviazgo con Mellodie, una licántropa que conocí y me cambió la vida, que me salvó. La mujer más hermosa que jamás haya pisado la tierra, la mujer a la cual amé como a nadie más... Si, ella era todo en ese momento para mí, no tenía ni por qué dudarlo, además ella sentía todo lo mismo por mí, aunque nunca lo dijera, porque es tonta, pero yo sé que me ama. Hago todo por ella y sé que algún día va a reaccionar y lo va a reconocer, pero por ahora lo toma como un juego.
Soy demasiado afortunador por tener a esa mujer, ya que tiene demasiados pretendientes, pero me eligió amí, soy el único, no me interesa que me haya engañado, no, eso sé que lo hizo para quitarse las dudas de si soy o no lo que ella realmente quiere, pero ¡Ah! ¡Qué feliz me hacía sentir! Aunque vivamos discutiendo (Siempre por su culpa y sus errores, claro) pero seguímos juntos. La amo, y siempre lo voy a hacer.
Por detrás de la música, oí la voz de mi mamá llamándome desde abajo. Me levanté y desde la puerta de mi habitación le pregunté que necesitaba y ¡Ah! Era Mellodie que me llamaba por teléfono.
Corrí de nuevo escaleras abajo hacia el living para contestarle.
Esa habitación era uno de mis lugares favoritos de la casa, luego de mi cuarto. Me gustaba la decoración rústica, con muebles del siglo XIX y un televisor plasma de cincuenta y dos pulgadas, desvirtuando el ambiente. En la televisión estaban dando las últimas noticias, y como todos los días, habían muertes, descontrol, violencia, robos, pero ahora hablaban sobre un misterioso incendio, pero no le presté atención, y sin más distracciones contesté el teléfono:
- Hola mi negra- La saludé con una gran sonrisa en mi rostro, aunque fue en vano porque no podía verme, pero por el tono de voz que utilicé, sé que se lo hice saber. Ella se rió.
- Eh... hola- Me dijo. Seguía riendo, pero sonaba nerviosa ¡Bah! Me lo imaginé.
Estuve un buen rato riendo y alagándola, diciéndole cosas lindas, mientras mi madre pasaba de vez en cuando y me miraba extraño. Mellodie no era de decirme cosas lindas, pero yo sabía que se los guardaba por verguenza, pero no me importaba. Lo que sí me molestaba, era que me agradeciera cada vez que le recordaba lo herosa que es, o me contestara con un "Yo también" cuando le decía lo mucho que la quiero.
- Te amo, te amo tanto, te quiero ver- Le seguí diciendo, repitiendolo como un loro. Ella volvía a reirse tontamente, como si estuviese nerviosa, preocupada.
- Em, si, sobre eso te quería hablar- Ahora no se reía. Intentó mantener la voz seria, pero era tan tonta.- ¿Podés venir a casa ahora?-
Mi corazón latió desesperadamente. No veía las horas de verla, necesitaba tenerla cerca, dependía de ella.
Me calcé unas zapatillas All Stars gastadas y salí. Ni siquiera me lavé la cara, no me peiné y ni me gasté en bañarme. Pensé que de seguro lo iba a notar y se iba a alegrar al darse cuenta de lo emocionado que estaba por verla.
Caminé demasiado, pasé por la puerta de la casa de Mapini y me detuve unos segundos para observar desde las rejas, pero no veía a nadie, solo a Shermie que dormitaba a un costado. Agucé mis oídos pero tampoco oí ni sentí vida dentro de esa casa. Bueno, era mala suerte, me encontraba tan feliz que no me interesaba romper el pacto de con Mellodie de no volver a la casa de mi amigo. ¡La iba a ver! Eso me emocionaba aún más y caminé las diez cuadras faltantes a una gran velocidad.

Antes de golpear la puerta, Mellodié me abrió, tomándome por sorpresa, dejándome sin aire. ¡Se veía mucho más hermosa de lo que la recordaba!
Llevaba la mitad de su cabello atado por detrás, y la otra mitad le caía por la espalda. Se lo había vuelto a aclarar, ahora se veía mucho más rubia. Sus ojos marrones se encontraban rodeados por deliñeador negro y una capa de corrector de ojeras. Sus labios pintados de rojo, no tan llamativo, parecía bordó. Tenía puesta una campera de vaquero blanca y un pantalon elastizado azul.
Se que me miraba porque yo había quedado boquiabierto, pero ni yo sabía si por su hermosura o por el acto de abrirme la puerta antes de que yo tocara
- Te puedo sentir a cuadras... ¡Oles fatal!- Me dijo, y yo le sonreí. A veces era tan bromista. Le coloqué una mano debajo del mentón ¡Ah! Su cara era tan redonda y suave, parecía una muñequita, y la quise besar, pero se cruzó de brazos, me corrió la cara y creí ver como fruncía su nariz.- Te quiero- Dijo, pero sin dirigirme la mirada.- Nunca te quise lastimar- Ahora yo sonreí y di una pequeña carcajada, aunque no entendía por qué me decía esas cosas, aunque no me quejaba, sinó que me encantaba que me lo dijera - Pero....-
- ¡Ay negri! Yo también te quiero.
- No... Nunca me gustó que me dijeras negri. Perdoná, siempre pensé en vos y tus sentimientos, pero nunca en mí, y no puedo seguir más así- Bien, ella seguía hablando seriamente, pero no la entendía.- Te quiero, pero no puedo seguir con ésto.
- ¿Cón qué? - Pregunté riendo nerviosamente, y ahí la recordé a ella riendo por teléfono, usaba el mismo tono de voz.
- Con todo ésto... con nuestra relación- Esa confesión me dolió como una patada al hígado.- Siempre me gustaste por ser el más fuerte del grupo, pero nada más.- Quise besarla nuevamente, tal vez la podría callar y hacerla entrar en razón.- ¡Zemial! ¡No!- Me dio un golpe en el rostro. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no por el dolor, sinó por sus palabras que me herían profundamente como cientos de dagas apuñalando mi alma.
- Por favor- Le dije, tomándola de las manos. Ella me sonrió, pero era una sonrisa llena de amargura. Yo sabía que estaba confundida, que ni ella sabía lo que realmente sentía.
- Me gusta otra persona- Me dijo
Creí o quise haber escuchado mal. Le solté las manos y le dejé de mirar.
- Mejor me voy- Dije dandome vuelta.
- Zemial, por favor...
Pensé en gritarle muchas cosas, sentí repugnancia por ella. Varias veces habíamos discutido y casi rompemos la relación, pero ésta vez...
- Nunca te voy a odiar- Ella se quedó callada. Nos quedámos mirándonos.
- Si me odias, va a ser lo mejor, así te olvidas más rápido de mí, y vas a sufrir menos- Dijo intentando poner un tono de voz alegre.
Tragué saliva, ella me miraba sin expresar ningún remordimiento, al menos me hubiese gustado verla angustiada por mí.- Estoy enamorada de un vampiro-
Me sentí mal por haberle mentido con eso de "Nunca te voy a odiar" porque en esos momentos la odiaba con toda mi alma. Le sonrei, ella me devolvió la sonrisa. ¡Que tonta era! Ni siquiera podía ver a traves de mis ojos y darse cuenta de lo mal que me sentía.
Me fui, la dejé en la puerta. Caminé dos casas de distancia y me frené para volver, con las esperanzas de que ella estuviese esperandome en la puerta para pedirme perdón, pero no estaba, ya se había ido.
Corrí como lo había hecho la noche anterior. Estuve caminando por horas sin rumbo alguno, intentando no pensar, odiándola con todo mi ser.
Ya había oscurecido, tenía hambre, sed. Tenía miedo de cometer alguna locura. Había mucha gente por la calle... podría comer de alguno... ¡No! no soy un animal, yo los defiendo a ellos de los monstruos... Monstruos como yo ¡Ah! Odié con toda mi alma a Mapini. No podía creérlo, odiaba a las dos personas que más quise en mi vida.

Había caminado demasiado y me encontraba a una cuadra de la casa de Mapini.
Veía movimiento de personas, oía música y olía a muerte.
Caminé por la vereda, había demasiadas personas, mayormente adolescentes.
La muerte pasó por mi lado vestida de negro, en el cuerpo de un hombre bañado en sangre, con sus brazos colgando a ambos lados como si fueran de marioneta, moviéndose tan rápido que los hacía planear por detrás de él.
Me shockeó al pasar a pocos centímetros de mí, inhundándo mis pulmones con el aire cargado de sangre. Otra vez mi boca se llenó de saliva, pero me repugnó su olor a muerte.
No lo dudé ni un segundo, corrí detrás de él.
Sintió mi presencia, la había pasado por alto, nisiquiera me había olído, pero cuando se percató de mí, cruzámos las miradas y ví como le brillaban sus ojos violetas. Me pregunté por qué ese Convertído había salido de la casa de mi amigo. El chupasangres se dirigió hacia los bosques ¡Touché! Otros lobos se encontraban en el área, escuché sus aullidos.
Me encontraba cansadísimo, maldecí por dentro. Respiré profundamente y gemí de dolor, no estaba acostumbrado a utilizar la transformación, casi nunca la utilizabamos, porque no habían tantos Convertidos por cazar.
Sentí una presión en el medio de mi rostro, por arriba de mi nariz, que comenzó a estirarse, convirtiéndose en una mandíbula de lobo con dentadura canina.
Mi pecho se ensanchó, mis músculos se desgarraron, agrandándose en segundos, convirtiéndome en un hombre de dos metros, con espalda tan grande como la de dos fisicoculturistas, y la parte que más detestaba, era toda la piel animal que me cubría, convirtiendo mi cuerpo en un recipiente térmico.
Mis uñas se alargaron diez centímetros, quedando puntiagudas, afiladas como pequeñas navajas más resistentes que el acero.
Escuché como se reía el vampiro, lo olfateé y olía igual al de la noche anterior. Un fuego recorrió por mi cuerpo, sentía que iba a estallar de rabia.
Corrí tan rápido que veía borroso todo lo que me rodeaba. El Convertído esquivaba árboles ágilmente, pero sus brazos inértes chocaban con todo al pasar.
Ayañir hizo acto de presencia. Apareció justo enfrente de nosotros, tomándo al vampiro por el cuello. La amenazaba con morderla, haciendo ruidos desagradables con la boca.
Di un gran salto en el aire, estiré un brazo y junté los dedos. Caí a una gran velocidad, atravezándole la espalda al Convertido con mi mano, haciéndolo escupir sangre, manchándole el rostro a mi compañera que seguía en su fase humana. Ella lo soltó y se hizo a un costado para limpiarse el rostro.
El vampiro se ayudó con las piernas para separarse de mí, y cayó de lleno sobre la tierra. Se puso de rodillas e intentó correr nuevamente, pero lo tomé por la nuca. Daba gritos pero no entendía nada de lo que decía, Ayañir le había quebrado la garganta y todavía seguía escupiendo sangre.
Lo tiré al suelo boca arriba, obligándolo a que mirase directamente hacia mis ojos dorados. Su cara se llenó de temor como si supiera lo que iba a suceder.
Me desquité con él, no sentí lastima. Lo golpié descargando toda mi furia. La sangre tocó mis labios y no me controlé.
Lo despedacé, comí cada parte de su cuerpo, bebí toda su sangre. Ayañir intentó detenerme, pero me encontraba ciego, descontrolado, y la golpié, haciéndola volar varios metros. Se puso de pié y se marchó, dejándome solo.

Estaba por amanecer y todavía me encontraba en el bosque. Hacía más o menos una hora que no escuchaba algún aullido, eso significaba que todos los demás se habían retirado.
Me encontraba solo, junto a los pedazos del cuerpo destrozado del Convertido, que todavía se movía. En unos instantes iba a salir el sol e iba a desintegrarlo.
Caminé hacia mi casa, recorrí el camino por inercia, mi cabeza estaba en otro mundo.
Entré por el ventanal de mi habitacón para no alarmar a los que dormían. Me dirigí hacia el baño y dejé caer el agua en la ducha. Me quité la ropa ensangrentada y lentamente me arrodillé debajo del agua.
No tenía fuerzas, me sentía fatal.
El corazón me dolía como nunca antes. Golpié la pared. Quise gritar, pero me mordí el labio, haciéndolo sangrar. Mis lágrimas pasaban desapercibidas junto a la lluvia caliente que masajeaba mi cuerpo.
Me recosté en la bañera, puse los brazos bajo mi cabeza como almohada y cerré los ojos, quería que todo termine, necesitaba sentirme mejor, me quería morir, pero el cansancio me ganó, haciéndome revivir en una especie de sueño, la noche anterior bañada en sangre.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXII- Paul's - ]



Lo único que le había dicho, era que se liberara, nada más.
El pequeño vampiro se encontraba descontrolado, Mapini se preguntaba que había hecho, en qué lo había convertido. Su primer impresión había sido totalmente distinta a lo que ahora le enseñaban sus ojos, empezando desde la vestimenta hasta su corte de cabello. El solo hecho de tenerlo enfrente, le provocaba rabia, deseaba saltarle al cuello y desangrarlo hasta la muerte; no soportaba su presencia, le parecía chocante. Su mirada con grandeza y sus expresiones soberbias lo ponían loco, pero lograba contenerse, sabía que era su culpa, pero no podía hacer nada para remediarlo.
- ¿Qué te pasó?- Le preguntó Mapini, con un tono preocupado, observándolo.
- Nada- Contestó el vampiro Paul’s, acomodando su campera de Jean, gesto que hizo que Mapini quisiera golpearlo con más ganas.- ¿Por qué lo preguntas?- Su rostro había cambiado de misterioso a soberbio. Mapini no contestó nada, no podía creer lo que veía. Ese joven que tenía frente a sus ojos, no era su Paul’s, el Paul’s joven e inocente que había conocido meses atrás.


-Cinco Meses Atrás –


- Hijo, él es Paul’s- Gabriel leía el pensamiento de los dos jóvenes vampiros al presentarlos, llevaba una gran sonrisa en su rostro.- Espero que sean buenos amigos.- Dio una leve carcajada, observó a su hijo y se marchó.
Mapini y Paul’s se observaron por un instante. Gabriel había sonreído al escuchar el pensamiento de los dos.
- Un vampiro de ciudad- Pensaba el más joven asombrado.
Los pensamientos de Mapini habían sido confusos, él no había dicho nada, tan solo había creado imágenes en su cabeza de un futuro no tan lejano, con Paul’s a su lado, recorriendo toda la Argentina.
- Mucho gusto- Dijo Paul’s, estirando su brazo hacia el otro vampiro, para estrecharle la mano, con una gran sonrisa en su rostro.
Mapini pudo sentir como Paul’s lo admiraba. El sentimiento era muy grande e inquietante. Ambos estrecharon las manos, pero Mapini no dijo nada, solo observaba y le dedicaba una leve sonrisa.

Los días transcurrieron y se fueron conociendo más y más, hasta entablar una gran amistad. Salían todas las tardes en la camioneta de Gabriel, recorriendo varios sitios y marcando sus lugares de cacería. Frecuentaban un bar, a pocas cuadras de la casa de Paul’s, frente al parque 9 de Julio. Bebían alcohol como cualquier adolescente, para verse como humanos y así sentir los efectos de ebriedad que tanto les agradaba.
Al salir del bar, se trasladaban al lugar más céntrico para alimentarse. Era un juego, así lo veían ellos. Lograban olvidarse de sus vidas, de los cientos de problemas que los atormentaban. Mapini le contó en varios días, la historia de su vida y así fue olvidándose de la pérdida de su amigo; en Paul’s veía el hermano menor que siempre deseó y Paul’s en él veía exactamente lo mismo, un hermano mayor, al cuál seguir, aprender e idolatrar.
El tiempo seguía transcurriendo. Un mes.
Mapini tenía que volver a la gran ciudad, a seguir su vida.
Esa noche, se habían quedado bebiendo en el bar hasta tarde, se encontraban saciados de sangre, no hacía falta salir a cazar de nuevo. Los padres de Paul’s habían pedido que regresaran temprano.
- Son las tres de la mañana- Decía Mapini, con su teléfono móvil en mano. Paul’s sonrió.- Vamos porque nos van a matar ¡Mirá en el estado que estás!
Los dos dieron una fuerte carcajada y varias personas que se encontraban en el lugar, voltearon para verlos.
- Mis viejos se llegan a enterar que tomamos tanto, y no me van a dejar salir más con vos- Y tomó el último trago de ron.
Ayudándose con la mesa, Mapini se puso de pié, haciéndole señas a su amigo para que haga lo mismo. Dejó en la mesa varios billetes y salió a la calle, seguido por Paul’s. Apuntó con las llaves al vehículo estacionado y desactivó la alarma.
- Demos un par de vueltas por acá un rato más - Dijo Paul’s forzando una sonrisa. Mapini sintió el mismo dolor que Paul’s, pero no era un dolor físico, algo estaba atormentándolo, haciéndolo sentir mal.
- ¿Estás bien?- Le preguntó Mapini con un tono que denotaba preocupación.
Paul’s asintió con la cabeza y subió a la camioneta en el lugar del acompañante.- La policía nos llega a parar y estamos muertos-
- Pero ¿No lo estamos ya?- Preguntó Paul’s en un tono burlón.
- No, no lo estamos, pero cuando te vean llegar en ese estado, tus papás nos matan- Los dos rieron.
Mapini miraba hacia el frente, por donde manejaba. Paul’s llevaba su cabeza a un lado, apoyado sobre la puerta, mirando por la ventanilla hacia el parque en la noche, empañando el vidrio con cada suspiro. De vez en cuando se veía una pareja que salía a caminar o autos estacionados. Vagabundos recolectando basura y perros sueltos corriendo. Ninguno de los dos decía nada, solo se escuchaba la música de fondo que sonaba desde el estéreo.
- Se que te vas mañana.- Dijo Paul’s en un tono que irradiaba furia y tristeza, quebrando el silencio de los dos.- Escuché a tu papá hablando sobre el tema-
Mapini no sabía que decir, siguió manejando, ahora se dirigía a la casa de Paul’s para dejarlo. En su garganta se había creado un nudo a causa de la culpa que lo dominaba. Se encontraban cerca, a un par de cuadras, pero se le hicieron eternamente interminables. Al llegar apagó la camioneta y quitó las llaves, jugaba con ellas entre sus manos, no sabía que decir, solo esperaba que Paul’s se despidiera normalmente y descendiera, sin preguntarle nada. Se encontraba nervioso. El silencio ahora dominaba el ambiente.
- ¿Cuándo pensabas contármelo?- Preguntó Paul’s todavía mirando por la ventanilla.
- ¿Contarte qué?- Preguntó Mapini. La culpabilidad lo estaba matando, en el tiempo que llevaban juntos, se había enterado que Paul’s no tenía amigos, que sus padres no lo dejaban salir más que al colegio, tampoco podía sociabilizar con humanos. Era una persona triste y solitaria.
Dejó la llave sobre sus piernas y posó las manos sobre el volante, observando por el parabrisas, mirando sin mirar. Pasaron varios minutos hasta que Paul’s volvió a hablar.
- No te vayas Porteño- Así solía llamar Paul’s a Mapini- Sos lo único que tengo- Mapini deseaba que dejara de hablar y se marchara. Odiaba el sentimiento de culpabilidad que le producía su amigo.
- Eso tiene que cambiar- Dijo Mapini, aclarando su voz- Tenés que salir, liberarte de tus viejos, tenés dieciséis años, disfrutá tu vida, tu adolescencia.- Y al decir eso, lo miró fijamente.
- Pero…- Paul’s ahora lo observaba también- Vos sabes como son, solo puedo salir con vos y me encanta… Sos todo para mí- Sus ojos se habían llenado de lágrimas. Mapini frunció los labios y se pellizcó la pierna para soportar el momento – Por favor, no te vayas.- Paul’s se lo quedó mirando con la cara bañada en lágrimas. Mapini quería salir corriendo, le partía el alma ver a su amigo así.
- Está bien.- Mintió Mapini. – Prometo quedarme.-
Paul’s saltó a sus brazos, sellando el momento con un gran beso, expresándole todos sus sentimientos al mayor.
- Quedáte ésta noche conmigo – Invitó Paul’s a Mapini.- Les decímos que bebiste demasiado alcohol y que es peligroso que manejes en ese estado.-
Mapini lo dudó varias veces. Su avión partía al medio día hacia Buenos Aires, además los padres de Paul’s no iban a creer la historia del alcohol ya que a los vampiros no les hace perder el equilibrio ni los reflejos y pueden conducir tranquilamente, pero el rostro de Paul’s… se veía tiernamente feliz, no podía romperle el corazón en esos momentos. Se quedaría con él, hablarían toda la noche hasta que el más joven se durmiera y luego se marcharía.
Paul’s se encontraba fuera del vehículo, haciéndole señas a Mapini para que lo acompañara. Bajó, cerró con llave y colocó la alarma. Caminó hacia la entrada de la casa y dio un gran suspiro. El padre de Paul’s abrió la puerta, había oído el ruido de los portazos al cerrar la camioneta y se levantó para ver quién era.
- Se queda en casa- Informó Paul’s, entrando sin saludar, pasando directamente hacia su habitación.
- Buenas noches- Dijo Mapini cordialmente al entrar. El padre de Paul’s asintió con la cabeza y cerró la puerta por detrás al pasar.
Se dirigieron a la habitación decorada con láminas de soldados y películas de guerra. A un costado se encontraba la cama de Paul’s, toda desordenada, con muchos almohadones encima. Paul’s sonrió y se acostó boca arriba con sus brazos estirados. Mapini se quitó su saco de vestir y lo colocó sobre un mueble que tenía una lámpara sin funcionar. Seguía nervioso.
- ¿Vas a dormir?- Pregunto Mapini observando a Paul’s.
- ¿Vos tenés sueño?
-Estoy cansado, pero estoy bien.
- Recostate, hay espacio para los dos- Dijo Paul’s, golpeando el espacio libre que tenía a su lado. Mapini se acostó, se puso de costado observando a Paul’s muy cerca. Lo veía muy inocente y puro. Se puso a pensar en todo lo vivído juntos y lo mucho que había llegado a apreciarlo. Le encantaba pasar tiempo con él, Paul’s lo llenaba completamente de alegría.
Hablaron toda la noche de temas vividos y no paraban de reírse. Jugueteaban el uno con el otro tocando sus cabellos y seguían riendo.
La culpabilidad asaltaba a Mapini en todo momento, no entendía cuando había pasado a ser una persona tan importante para Paul’s. Le dolía saber que Paul’s iba a estar solo otra vez por mucho tiempo luego de que partiera, pero se consolaba pensando que se iban a volver a ver e iba a tener la oportunidad de disculparse por haberlo hecho y todo sería como antes.
Las manos de Paul’s acariciaban el rostro y los cabellos de Mapini. Sus ojos brillaban de felicidad. La noche pasó a ser día y Paul’s cayó dormido en los brazos del más grande. Se veía igual que un bebé. Mapini se sentía cómodo, muy cómodo. Cerró sus ojos y seguía pensando. Recordó a su amigo de la infancia y del tiempo que pasaron juntos, las veces que se habían quedado dormidos luego de amanecerse hablando noches enteras. Sonrió.
Cuando Mapini despertó, se dio cuenta de que el sol ya se encontraba en lo más alto. Había escuchado la puerta de entrada y a su padre hablando. Vio a Paul’s acurrucado a su lado durmiendo tranquilamente. Observó la hora y se levantó sobresaltado, su avión salía en una hora. Caminó hacia la entrada de la casa, ahí se encontraba su padre y el padre de Paul’s hablando. Los dos lo saludaron al verlo y siguieron hablando.
- Buenos, saludá y vamos- Dijo Gabriel, saliendo al exterior de la casa.
Mapini le estrechó la mano al vampiro de cabello colorado y quiso pedirle que le de saludos de su parte a Paul’s, pero no pudo formular palabra alguna.
Caminó hacia la camioneta de Gabriel. El sol lo enceguecía, estaba radiante. Colocó las llaves en el auto y sintió su presencia.
- Porteño ¿Ya te vas?- Preguntó Paul’s, refregando sus ojos como lo hacían los nenes chiquitos.
- Si, ya me voy.- Contestó Mapini, mordiendo sus labios. Verlo parado en la puerta le partió el corazón. Paul’s se acercó lentamente. Mapini lo observaba.
- Te voy a extrañar.- Dijo Paul’s con mucha tristeza en el tono de voz. Lo abrazó fuertemente, como si quisiera pegarse y jamás soltarlo.
Los padres los observaban.
- Vamos- Dijo Gabriel desde la camioneta, tocando bocina.
Mapini se separó tiernamente para que de una vez lo soltara. Paul’s sentía mucho aprecio por Mapini en ese momento, y a la vez la tristeza lo dominaba. Metió su mano en el bolsillo y sacó un pequeño osito de peluche con una P grabada en el centro de la remera que lo cubría y se lo dio a Mapini.
- Para que nunca te olvides de mí- Susurró Paul’s. Dio media vuelta y entró en su casa, perdiéndose de vista.
Mapini apretaba el oso fuertemente, observándolo. Quería entrar en la casa y expresarle todo su amor también, pero sabía que si lo hacía, iba a destrozar mucho más el corazón del más joven.
- Nunca te voy a olvidar.- Pensó el vampiro con el oso en su mano. Observó a Gabriel que se encontraba oyendo sus pensamientos. Se dedicaron una sonrisa y subió a la camioneta, dejando atrás toda su historia con Paul’s.

Y ahí estaban ellos, luego de cinco meses sin saber nada el uno del otro, observándose como si fuese la primera vez que se veían, como si no se conocieran, como si sus vidas hubieran dado un gran giro inesperado y empezara todo otra vez.
Paul’s se encontraba rodeado por dos jóvenes muy atractivas, una de ojos color miel y la otra grisáceos. Las dos llevaban el mismo vestido color rojo sangre muy ajustado al cuerpo, marcando sus curvilíneas. La piel de las jóvenes era un color muy común del lugar, bronceadas, color trigueño. El cabello lo llevaban muy largo, hasta la cintura, pero una lo tenía de color negro y la otra bien rojizo con rulos; dos ejemplares de hermosas humanas. A Mapini la de cabello oscuro, le hacía recordar a Tamarah por su expresión de aire soñador.
Paul’s se veía reluciente también, el cabello bien oscuro, peinado hacia un costado perfectamente, sus pómulos estaban bien marcados, era diez o veinte centímetros más alto que antes y su cuerpo había crecido aún más. Se podía notar que había trabajado mucho tiempo con su físico. Ya no se veía más como un joven tierno e inocente. En sus expresiones, se denotaban sus experiencias de vida, la madurez conseguida.
Su piel cobriza seguía intacta, como todos los vampiros, ni una arruga, ni un rasguño, exactamente como lo recordaba, plenamente hermoso, pero eso incomodaba a Mapini, su repentino cambio. Cinco meses le parecía muy poco tiempo para tal cambio. Seguía sin poder entenderlo. Se preguntaba dónde había quedado su inocencia. Su antiguo amigo.
- Veo que no cambiaste en nada - Decía Paul’s sonriendo, pero no era una sonrisa agradable, sino todo lo contrario, desagradaba en todo sus aspectos. Su aire de superioridad era lo que más le molestaba. Las dos mujeres se encontraban muy cerca de él, sonriendo y haciendo caras simpáticas a Mapini, pero las ignoraba.
- Y veo que a vos, se te subieron los humos a la cabeza- Dijo Mapini. A Paul’s no le había hecho mucha gracia, pero igual le dedicó una sonrisa que más parecía una mueca de desagrado.
- Tanto tiempo sin verte, amigo- Exclamó Paul’s, estirando ambos brazos hacia Mapini para saludarlo, lo rodeó por los hombros y lo soltó de inmediato. Mapini no pudo sentir ni un poco de cariño por ambas partes, el aire estaba cargado de falsedad.
- Veo que tenés eso todavía- Paul’s observaba el llavero que colgaba del cinturón de Mapini, donde estaba el oso que le había regalado tiempo atrás.
Mapini asintió con la cabeza. Pudo percibir la rabia que dominaba a Paul’s al ver tal recuerdo- ¿Cómo va la vida en la gran ciudad? ¿Llena de emociones?- Paul’s no esperaba respuesta, solo se había burlado.-Me enteré que te vas a quedar a vivir un largo tiempo por éstos lugares.- Lo fulminaba con la mirada- La ciudad es muy pequeña para los dos… Claro, hablo por el tema de la cacería.- Mapini lo observaba fijamente, confundido. ¿Paul’s estaba marcando su territorio?- Nos es por nada, viejo amigo- Decía, subrayando la última palabra- pero voy a tener que pedirte que te limites a cazar por acá, que vayas bien lejos.- Otra vez volvió a subrayar la última palabra.- Lo sabes, como te dije, no es por nada, simplemente precaución, para evitar sospechas y esas cosas.
-Quedáte tranquilo, lo voy a hacer.
- Espero que así sea, aunque ya no puedo confiar en tu palabra, la última vez…- y no terminó la oración, evadiendo el tema- ¿Estás hambriento?- Preguntó, acercándole las dos jóvenes humanas como aperitivo.
- No.- Mintió Mapini, ladeando su cabeza- Paul’s, son humanas ¿Qué estás haciendo? Acaban de escuchar todo lo que hablamos.
- No te preocupes, están bajo el hechizo de mis ojos, y sí… podes confiar en mi palabra.- Esa última frase, había quebrado a Mapini en mil pedazos.
- Ya veo, aprendiste a usar bien todos tus dones.
- Y los que te faltan ver, amigo… los que te faltan ver.- Mapini odiaba que Paul’s lo llamara –Amigo- con tanta falsedad. Podía notar lo cambiado que se encontraba, pero no había aprendido a mentirle, además no conocía todos los secretos de Mapini, no sabía que podía percibir los sentimientos de los demás, y agradecía haberse salteado gran detalle cuando eran verdaderos amigos. La familia de Paul's no podía percibir los sentimientos ajenos, se limitaban a cazar oyendo los latídos de los corazones de las personas, un linaje debil, simples soldados.
- Otra cosa que pude notar- Agregó Paul’s- es la poca importancia que me dedicas.
- ¿A qué te referís?- Preguntó Mapini sin entender.
- Hoy- Dijo Paul’s, juntando sus manos- es mi noche.
- ¿Tu noche?- Mapini cada vez entendía menos.
- Exacto, mi cumpleaños- El nudo había vuelto a aparecer en la garganta de Mapini a causa de la culpabilidad ¿Cómo había pasado por alto el cumpleaños de su amigo?- Pensé por un momento, que tu visita había sido por ésta fecha tan importante, pero veo que no, que así no es.- Ahora volvía a sonreírle soberbiamente- pero como buen amigo, te perdono- Subrayó esa palabra- y si estás libre mañana por la noche, te espero en el bar que solíamos concurrir ¿Lo recordas? Ó ¿Ya olvidaste eso también? Es el bar que está frente al parque …
- Si Paul’s, me acuerdo- Mapini quería golpearlo, no soportaba escucharlo ni un segundo más.
- Entonces que así sea. Mañana, donde siempre- Paul’s olvidó sonreír y su rostro había cambiado a sombrío y mortecino, dejando escapar todo su resentimiento contra el más grande.
- ¿Qué estás tramando, Paul’s?- Se preguntó Mapini, y vio como el otro vampiro movía su cabeza y como creaba una expresión en su rostro, contestando «Nada» o eso creyó entender.
Mapini se aterró ¿Había escuchado sus pensamientos? Paul’s tomó a las dos mujeres por la cintura, miró a Mapini y sonrió.
¿Paul’s irradiaba felicidad? Pero ¿Qué era ese resentimiento contra él? Tenía que entenderlo, no podía quedarse. En el bar le pediría disculpas e intentaría arreglar las cosas, así todo volvería a ser como antes. Tomarían un par de copas y luego saldrían de cacería por la oscura noche.
- Yo que vos, no me ilusionaría tanto, hijo. Las cosas cambiaron mucho desde que te fuiste- Gabriel se encontraba caminando hacia su hijo.
Mapini se sentía fatal, quería gritar, se encontraba destrozado. Había vuelto a perder, de cierta forma, a otro ser querido. No entendía por qué le sucedían siempre las mismas cosas. Todos creían que la vida de un vampiro era menos problemática que la de los humanos, pero no, los malditos sentimientos existen en ambas vidas, y cuando se cruzan, al final, terminan cagando todo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXI- El viaje - ]

- Diez horas después de la fiesta -


Mapini se encontraba arriba del avión, observando el horizonte, volando hacia la ciudad de San Miguel de Tucuman a ochocientos kilómetros por hora. El viaje duraba casi dos horas, ya iban por un poco más de la mitad.
El vampiro ignoraba a la joven y hermosa azafata de cabello rubio que en varios idiomas le preguntaba si necesitaba algo. Él iba sumido en sus últimos recuerdos, que por cierto no eran de los más lindos. Al pensar en todos ellos, quiso saltar desde el avión, pero sin paracaídas.
Se encontraba seguro de lo que estaba haciendo, era lo correcto: Volar lejos de la gran ciudad con todos sus problemas y refugiarse al norte del pais con su abuela y su padre, el vampiro Gabriel, el anteúltimo sobreviviente del linaje karolyi, el cuál hacía siglos atrás había sido uno de los más importantes y poblados, el que había entregado a todos sus neófitos para las guerras, humanas o vampíricas.
Recordó el día en el que le dió su sangre a su ahora difunto amigo, a la jovencita con dientes de conejo que había sido asesinada en el Antro, al violador que Sebastian le había arrancado la traquea, a los otros 195 jóvenes que murieron calcinados, aplastados por los escombros y ahogados por los húmos tóxicos cuando Alex provocó el incendio, la muerte reciente de Emmanuelle y observar desde lejos cuando su padre encontró el cuerpo inerte, luego de que Sebastian lo hipnotizara, haciéndole creer que nunca había asistido a la fiesta, que la muerte fue ocasionada por suicidio. Emmanuelle llevaba cortaduras en ambas muñecas, infligidas con botellas rotas de vidrio, así desangrándose. La sangre la había donado voluntariamente Marcela... ¡Pobre mujer! Mapini había roto su corazón en mil pedazos, al igual que a todos sus amigos, hasta Tamarah que lo intentaba disimular, pero como siempre, no podía.


- Diez horas atrás-

La música se detuvo de golpe, se escucharon varias carcajadas y algunas quejas. Los adolescentes salían misteriosamente tranquilos hacia la calle. Más carcajadas.
- Mis viejos- Susurró Mapini al sentir la prescencia de sus padres en la fiesta. Se encontraba boca arriba, esperando que la sensación de los brazos quebrados de Felix, se terminara. Tamarah intentaba ayudarlo, pero no lo quería tocar, y Sebastian observaba hacia la ventana abierta por la cuál se había escapado el otro Convertido.
En la gran sala quedaban un par de adolescentes desmayados, mientras Soubi caminaba sobre ellos, con sus pasos felinos, deteniendose a olfatearles el aliento, y frunciendo su húmeda nariz.
Marcela y su esposo observaban la situación, intentando mantener la calma.
Una jovencita muy ebria pasó por al lado y acercó su rostro muy cerca al de la madre del vampiro ¡Que asqueroso era aquél olor! La mirada de la muchacha estaba perdida, como lo estaban todos sus sentidos.
- Buena fiesta- Logró formular, tapando su boca para no vomitar, y siguió caminando. El padrastro de Mapini intentaba no perder los estribos y así no arrancarse los pocos cabellos de la cabeza (Llevaba su coronilla pelada)
El lugar era un caos.
En la calle, cientos de adolescentes caminaban desorientados, hablando incoherencias, todavía con jarras y botellas llenas de alcohol.
Varios vecinos se habían despertado (Aunque por la música, mucho no habían podído dormir) y observaban por detrás de las ventanillas de sus casas, por supuesto que ya habían llamado a la policía por precaución.
Shermie era mimada por varios borrachos que le convidaban de sus bebidas y ella inocentemente bebía y fruncía su nariz al hundirla en el alcohol. Perra tonta, lo que hacía por un par de mimos.
Leon y María se acercaron temerosos a saludar a los padres de Mapini, limitandose a sonreirles.
Luccía saludó amablemente. Mapini siempre había hablado de ella y de su encuentro en Italia, pero no la conocían personalmente. Marcela la saludó cordialmente, alegre por haberla conocído, pero amargada por la situación; disculpándose por el destrozo en la casa, diciéndole que era bienvenida cualquier día que deseara, pero en un lugar más apto para una jovencita como ella, nacida de padres médicos reconocidos mundialmente y familia de grandes abogados y escritores. Marcela había quedado fascinada con esa familia luego de que su hijo le contara cada detalle.
El padrastro de Mapini, con unos ágiles movimientos de manos, logró salvar sus jarras escocezas de las garras de un jovencito que apenas podía caminar.
Sebastian alzó entre sus brazos a Mapini, pasándole un brazo por debajo de las piernas y el otro por la espalda. El joven vampiro pataleó en el aire para que lo suelte.
- ¡Estoy bien! - le gritaba, pero el convertido lo observaba fijamente, como si tuviese rayos X en los ojos, intentando convencerse- ¿Qué... qué hacés?- Preguntó Mapini asustado, abriendo los ojos como platos al ver acercarse la boca de Sebastian a su rostro. Mapini cerró sus ojos, intentándo calmarse, respirando profundamente por la nariz, y juntando sus labios para recibir el beso, pero para su asombro, percibió las ganas de reirse de Tamarah al observar aquella patética escena: ¡Sebastian estaba lamiendo la sangre! Y Mapini había pensado que lo iba a besar. Se ruborizó al instante, volviendo a forcejear con el Convertido para que lo dejara bajar. Ésta vez, Tamarah no se resistió, largó una muy audible carcajada que llegó hasta el gran salón, al ver que Mapini caía sentado sobre el suelo.
Marcela intentó encontrarle la gracia a la situación: Su hijo en el suelo junto a un cadaver desnudo y ensangrentado, sangre por toda la habitación, y varias cosas destrozadas. Quiso gritar si, pero intentó ser coherente, poder llegar a deducir qué había sucedido, o escuchar una buena excusa al menos.
El padrastro de Mapini no podía entender. Luego de que taparan el cuerpo y salieran de la habitación, arreglaron el salón ( Muy rápido gracias a la velocidad de Sebastian y Tamarah) Y les contaron todo lo sucedido.
- ¡Hay que llamar a la policía!- Decía sin querer entender.
- Señor, eso no serviría de nada- Lo interrumpió Sebastian. El padrastro de Mapini lo miró con mala cara; Mapini supo que se había sentido insultado.
- Hola ¿Policía? Si, mire... tengo el cadaver de un menor de edad, desangrado por un vampiro... Si, en una fiesta clandestina con jóvenes alcoholizados y pasados de drogas-
Ahora hablaba Mapini, haciendo que todos quedaran con sus bocas abierta por la ironía que se encontraba usando.
- ¿Por qué no se cayan? - Gritó su padrastro. Marcela lo tomó por los hombros para intentar tranquilizarlo. La furia se le escapaba por los ojos, su rostro había tomado un tono rojizo (Aunque podría habe sido a causa del alcohol que consumió esa noche) llevaba sus labios fruncidos, y al hablar modulaba tan deprisa y atropellaba tanto las palabras, que apenas los movía.- No te podémos dejar la casa un par de horas que ya destrozas todo.- Mapini sintió la culpabilidad de Sebastian por haber deshipnotizado a los Punk's- Sabés muy bien que no tengo drama en que traigas gente a casa- Sonaba como si se dirigiese a todos, no solo a su hijo- Pero... ¡Mirá ésto!- Extendió sus brazos y observó el lugar: Las cortinas de las ventanas descolgadas, tiradas sobre un costado (Lugar en el cuál no habían limpiado) Varios sillones de madera quebrados, el televisor llevaba una rajadura en su costado (Por suerte no había sido en la pantalla) Las paredes manchadas, varios almohadones destrozados, y el baño... ¡Lo habían destruído todo! Pedazos del enorme espejo que colgaba en la pared, centellando sobre el suelo, ceramicos hechos añicos, y la griferia esparcida pordoquier, dejando los caños abiertos e inhundandolo todo.- Pero... lo que menos me interesa ahora es la casa, sinó ese chico ¡Por Dios! Es mi casa, mi responsabilidad ¿Saben la que me espera?- Ahora se tomaba de la cabeza.
- Señor, por eso no se haga drama, yo me encargo- Le dijo Sebastian intentando calmarlo, cosa que al padrastro de Mapini no le gustó para nada.
- ¿Esconder el cadaver? ¿Como un asesino?- En cualquier momento iba a explotar y salir corriendo por las paredes de la locura. Todos observaban, nadie quería decir nada.- Tu creador te enseñó bien.- Le dijo a Sebastian, fulminandolo con la mirada. Marcela se tapó la boca al ver que el Convertido había reaccionado y se encontraba haciéndole frente con sus colmillos a la vista.
- ¡Sebastian! - GRitó Mapini, interponiendose y alejándolos.
Decidieron qué hacer con el cuerpo de Emmanuelle, aunque no estaban tan de acuerdo pero igual tenían que actuar porque el sol iba a salir.
Luccía reconoció el teléfono móvil de su difunto amigo y le envió al padre un mensaje de texto, pidiéndole que lo pasara a recoger.
La policía había llegado al lugar por la alerta de los vecinos, pero encontraron todo bajo control, aunque el nerviosísmo de los padres de Mapini había llamado la atención, pero estaban en Argentina y a nadie le interesaba nada, se presentaban solo para darle el gusto y tranquilidad a los llamados.
Sebastian y Tamarah se habían retirado con el cuerpo para el momento en que la policía había llegado. El padre de Emmanuelle pasó por delante de la casa con su auto (Luccía lo conocía) y encontró a su hijo desangrado a una cuadra de la fiesta. Los gritos habían hecho salir de sus casas a varios curiosos que al ver la escena, quedaban shockeados, tapándose la boca, tomándose de la cabeza, cruzándo los brazos, llamándo a los bomberos y una ambulancia. La policía se había acercado al ver el movimiento de personas en la noche, seguido por le grupo de amigos y los padres de Mapini.
El grito del padre de Emmanuelle era desgarrador. La gente sentía que el alma se les partía en mil pedazos a cada llanto que daba el pobre hombre.

¿Eso es lo que querés ser?- Le preguntaba Leon a María cuando se encontraban todos nuevamente en el interior de la casa de Mapini. Ella no le contestaba, simplemente caminaba del brazo de su novio, como zombie, apenas escuchando, observando el suelo, analiazndo todo lo que acababa de suceder.
Tamarah y Sebastian se habían colocado a un costado, apoyandose en la pared, mientras bostezaban.
Los padres de Mapini caminaban por la casa, observándo los daños.
Luccía intentaba comunicarse por teléfono con su amiga Anabella, aunque no había caso, pero se encontraba tranquila porque sabía que siempre hacía lo mismo: Encontraba a cualquier chico que le prestara atención (Aunque fuese solo por sus grandes pechos) y se iban juntos a vaya a saber uno dónde.
Mapini se encontraba en la sala de fotografías regadas por todo el suelo, evitando los vidrios rotos de los cuadros.
Sebastian cruzó el salón a una velocidad humana, llamándole la atención a todos los presentes, hasta a María, aunque todavía observaba como si en su cabeza se estuviesen repitiendo los últimos acontecimientos.
El Convertido le colocó una mano en el hombro a Mapini, mientras se agachaba para ayudarlo a juntar las fotografías.
- Lo siento- Le dijo, mientras intentaba evitar la mirada del joven, pero notó como le asentía con la cabeza, aunque se encontraba amargado.
Siguieron levantando las fotografías, todos los observaban en silencio, y cuando quedaba solamente una, que se encontraba del revez y no se sabía cuál era, ambos intentaron tomarla. Se miraron a los ojos sin decir nada, sin soltar la fotografía, pero Mapini tiró fuerte de ella e hizo que resvalara de los dedos del Convertido, haciéndo que de unas vueltas por el aire, cayendo nuevamente al suelo, pero ahora mostrando su verdadera cara: Era una imágen que Sebastian ya había visto, en la cuál se encontraba un Mapini preadolescente, junto a un jovencito de cabello oscuro y enmarañado, ojos pardos, piel pálida, sonrisa amplia y cachetes sonrojados. Mapini la volvió a levantar avergonzado, ocultándola contra su pecho y agachando la mirada.
- ¿Quién es? - Preguntó Sebastian estirando su mano para que se la diera y pueda verla mejor. Mapini no contestaba, tampoco pretendía soltarla.- ¿Estás bien?- El Convertido creyó ver una lágrima en el rostro de su acompañante.
- Si, estoy bien- Le contestó y se pasó una mano por el orstro.
- Mapini-
- No, Sebastian, dejáme hablar.- Lo interrumpió.- ¿Te acordás que en lo de Leon y María te iba a contar algo, hasta que ella apareció?- Ahora todos escuchaban atentamente y Leon sentía verguenza ajena. Sebastian asintió con la cabeza, Mapini tragó saliva antes de seguir.- Bien... Ese día te iba a contar todo sobre él...- Luccía y Tamarah estiraron el cuello para ver de quién hablaba, pero la fotografía estaba oculta entre los dos vampiros- No soy tan bueno después de todo- Mapini sentía un nudo en la garganta- Te llamé asesino, pero yo también lo soy- Marcela se tapó la boca, le afectaba ver así a su hijo. El padrastro de Mapini observó el suelo, intentando olvidar esa historia, y todos los demás, observaban atónitos. Sebastian le dedicó una cálida sonrisa, mientras que le limpiaba unas lágrimas que brotaron de los ojos de Mapini.
- Lo llevámos en la sangre...-
-¡No! Te equivocas.
- Pero Map's... No lo podémos controlar.
- ¡No! No sabés nada.
- Pensé que me lo ibas a contar todo.
- Yo también pensé lo mismo, pero no puedo, me destroza el alma hablar de eso.- Y se quedó callado, observando la fotografía.
- ¿Cómo sucedió? - Preguntó Tamarah sin importarle los sentimientos.
- Lo drené hasta la muerte- Los ojos de la vampireza brillaron de emoción.- Luego le di mi sangre... pero la sangre insuflada en él, no pudo adueñarse del cuerpo- Mapini apretó fuertemente la fotografía, arrugándola inconcientemente. Sebastian se la quitó de las manos, comenzó a alizarla y luego la colocó sobre un mueble.
- Tampoco te culpes, vos no eras conciente de que tu sangre es debil.- Sebastian quiso alentarlo, pero Mapini le dedicó una mirada de odio.
- Mi sangre no es debil, es incompatible.
- ¿De qué hablas?-
- Zemial era un Licántropo- Mapini se mordió el labio al decir eso, ya Sebastian le hizo un click en la cabeza.
¿Había dicho Zemial? ¿Un Licántropo? ¿Podría ser tanta casualidad que aquél jovencito de cachetes sonrojados sea el mismo Licántropo con el cuál se había topado hacía dos noches atrás? Tendría que serlo, porque ¿Cuántas personas en el mundo llevaban ese nombre? Además, se veía parecido, salvo que el "Zemial de ahora" medía como medio metro más y podría estrangular a alguien con una sola mano.
- Zemial no está...-
- No, basta.- Mapini se refregó la nariz y se puso de pié- Sebastian, no quiero saber nada más con ésto. Muertes, muertes y más muertes.-
- Pero...-
- Sebastian, no quiero aguarte la fiesta- Ahora Tamarah lo había interrumpido- pero deben faltar diez minutos como mucho para que el sol aparesca.-
¿Aguar más la fiesta? Pensó Mapini, y sonrió, pero no porque le causara gracia, sinó por lo patético y desafortunado que había resultado todo. Dar un paso, implicaba dejar varias muertes atrás, y ¿Cuál era la razón? Simplemente el haber nacido en una familia antigua de vampiros, la cuál ahora era la más debil, porque en la tierra solo quedaban dos portadores del apellido Karolyi: Mapini y su padre, el cuál podría darle algunas explicaciones... Si, su padre... eso era lo que necesitaba... verlo urgente.
- Tamarah tiene razón, deberían marcharse... no creo que ésta casa soporte más muerte, sinó va a comenzar a vomitar sangre por las ventanas y puertas- Mapini sonaba realmente frío, como si nada le afectara, hasta su mirada había cambiado, se lo veía como una persona sombría.
Marcela no entendía por qué su hijo hablaba con tal ironía, a Tamarah le encantaba ese Mapini. Leon no veía las horas de marcharse a su casa junto a María, asi esa locura terminaba de una vez por todas y Luccía que no había dicho nada al respecto en toda la noche, intentaba darle coherencia al tema, porque nunca jamás, había podído ni siquiera imaginar que los vampiros existiesen, y peor aún, que Mapini fuese uno.
- ¿Mañana vamos a poder hablar mejor?- Preguntó Sebastian intentando evitar la frialdad que emanaba Mapini
- ¡Por supuesto!- Exclamó el joven vampiro, aunque un poco sobreactuado, o eso fue lo que dio a entender.
- E... e-está bien- Contestó Sebastian, analizandolo con la mirada. Se dio media vuelta, acercándose a Tamarah.
- ¿Cuántas para mañana?- Preguntó Mapini.
- ¿Cuántas qué? -
- ¿Cuántas muertes, Sebastian? - Sebastian no le contestó a Mapini, blanqueó los ojos y se dirigió a la puerta que daba a la calle.- De nada, cuando quieras puedo seguir enseñándote a no matar-
Marcela se acercó a su hijo y le dio una cachetada. María reaccionó, saliendo de sus pensamientos, exclamando un "Guau". Leon negó con la cabeza. El padrastro de Mapini le dedicaba una mirada de aprobación a Marcela. Luccía se tapó la boca. Tamarah sonrió y Sebastian volteó la cabeza, pero no dijo nada, siguió caminando y se perdió de vista, seguido por la vampireza.
- Creo que nosotros también deberíamos irnos- Dijo Leon.
Luccía asintió con la cabeza y acotó que ella también.
Mapini miró desafiante a su madre y agregó:
- Si mamá, creo que es hora de que yo también me vaya.- Y sacó del bolsillo de su chaleco el teléfono móvil.- Hola ¿Gabriel?.
- ¿Estás hablando con tu papá?- Marcela no podía creerlo. Mapini le hizo un gesto para que se cerrara la boca.
- Necesito que me programes un vuelo... me voy con vos.
- No, no, no. Pasáme con él. Decíle que yo no te dejo.
- Si, para hoy, lo antes posible... Ajám, está bien, muchas gracias. Chau pá.- Y cortó.
- ¿Te vas nomás?- Preguntó Marcela evitando llorar.
- Si ¿Para qué querés que me quede?.
- Sos mi hijo, yo te crié, tenés que vivir conmigo.
- ¿Vos me criáste? ¿Estás segura?- Mapini blanqueó sus ojos y dio una pequeña carcajada.- Pueden pasar meses que no nos dirigímos la palabra, siempre fue así.- Cada palabra que Mapini decía, hería profundamente a su madre.
- Bueno, pero... pero eso- A Marcela se le quebraban las palabras- pero eso es por nuestra falta de comunicación, yo ya no sé como acercarme a vos, además veo que estás bien así... y confío en que si te pasara algo malo, vas a venir a hablarlo.- Se dirigió hacia su hijo y lo abrazó fuertemente, llorando.- Vos sabés hijo, que sos lo más importante que tengo en la vida, y no podría vivir sin vos, aunque no nos hablémos todos los días.
- ¡Basta! Soltáme, ya es tarde, además... decíme ¿Para qué querés que me quede?.- Mapini la alejaba lentamente.- Si me voy con él, voy a poder disfrutar más la vida, además les ahorraría un problema.
- Ahí estás equivocado, vos no sos ningún problema.- El que lo había interrumpido, había sido su padrastro, Hector.- Vos sabés que para mi, sos mi hijo y todo lo que tu mamña y yo te damos, lo hacémos con gusto, y nunca me fuiste ni vas a ser una molesta.
- Pero no hablo de eso...-
- No entendés, hijo...- Decía Marcela- Te querémos, y la solución no es irse, sinó hablarlo como ahira.
- No, igual ya está decidido, me quiero ir, no soporto estar más cerca de ustedes- Mapini sabía que esa mentira, los iba a destruir completamente, pero era la única manera para alejarse de ellos y no llevarles más tragedias. Si se mantenía alejado, ellos iban a estar a salvo, además ahora que Felix se había escapado, sabía que lo iba a buscar, y con su padre cerca, iba a estar a salvo.
- Está bien, si así lo querés- Dijo Marcela, y caminó hacia su cuarto sin mirar a Mapini. Hector la siguió, pero él le dedicó una mirada de desapruebo a su hijo.
- ¿Estás seguro?- Preguntó Luccía en un perfecto italiano, mientras observaba todo desde la puerta junto a Leon y María. Mapini asintió con la cabeza.
- Pensalo mejor- Le dijo Leon.
María corrió y lo abrazó.
- No te vayas, ahora que sé que sos un vampiro, me caes mucho mejor- Ella era la única que podía decir tales cosas en momentos así. Mapini cerró sus ojos, sonrió y la abrazó, acariciandole el cabello.
- Entonces... ¿Ésto es todo?- Preguntó Leon.
- Eso es todo- Contestó Mapini, estrechándole la mano y sonriendo.


Mapini salió de sus pensamientos al oír por el altavoz al piloto dándoles la bienvenida. Observó por la ventanilla y vio un sol radeante, pegádole de lleno, encandilándo sus ojos y haciéndolo lagrimear, sintiendo un cosquilleo en la nariz, como si quisiera estornudar.
La gente estaba bloqueando los pasillos para descender. Las azafatas intentaban poner orden. A Mapini se le aceleraba la respiración. Intentó levantarse pero no pudo, las piernas le fallaron, aunque nadie lo notó.
Cerró sus ojos y se inclinó sobre el asiento, observando directamente el suelo. De a poco recrobraba la tranquilidad y respiraba mejor.
Necesitaba bajar urgente, le afectaba estar encerrado con tantas personas empujandose, haciéndole recordar la noche en el Antro.
Percibió en su pecho, como una alerta de que alguien lo observaba fijamente, y en su cabeza la voz de su padre, diciéndole que observara por la ventanilla.
Levantó lentamente la cabeza, y allí estaba Gabriel a unos cien metros, detrás de unas rejas que impedian el paso a los peatones hacia la pista de aterrizaje. Mapini le sonrió, su padre lo saludó con la mano y desapareció.
La mayoría de las personas ya habían descendido, y Mapini ya podía caminar sin que le temblaran las rodillas. Tomó su mochila, en la que llevaba sus objetos personales más apreciados y un libro sobre filosofía. También tomó la valija de la computadora portátil.
Tontamente caminó por el pasillo hasta acercarse a la salida, donde lo esperaba el piloto - que parecía un modelo salido de la Tv- y la misma azafata que le había preguntado si necesitaba algo. Ésta vez, solo se limitó a sonreirle, ya no le quedaban idiomas para emplear con Mapini. El piloto le estrechó la mano y le deseó una muy buena estadia, quedando los tres sonriendo estupidamente.
Como era común, en Tucuman hacía calor, pero corría una briza muy agradable, haciéndole volar el flequillo al joven vampiro.
En la pista de aterrizaje no se veía ningún avión más, solo el vuelo reciénte que había traído a Mapini y otras personas más, y eso era bueno porque el vampiro no quería estar rodeado de mucha gente.
Recogió su bolso rojo y se dirigió hacia la recepción, donde lo esperaba Gabriel: Un hombre corpulento, metro ochenta y cinco, piel cobriza, no tan oscura como la de Tamarah, cabello negro azabache y ojos color lavanda. Llevaba puesto su habitual jean celeste, zapatos de cuero relucientes, una camisa blanca con lineas azules y una campera de cuero negro (Del tamaño de una carpa.) Mapini al verlo, blanqueó sus ojos... Su padre no iba a cambiar jamás la vestimenta. Tenía todo un closet lleno de la misma ropa aburrida, al estilo 80's, cuando Gabriel tenía la misma edad que su hijo, y el vestirse de esa manera estaba de moda, aunque ahora decía que la juventud estaba perdída hasta en la vestimenta y que su forma de vestir, era la de un -verdadero hombre-.
Cuando se saludaron, Mapini le dio un beso en la mejilla y lo abrazó, pero su padre lo apartó y observó hacia todos lados: Detestaba los saludos con besos, siempre daba la mano. Mapini volvió a blanquear los ojos.

Se encontraban viajando en la camioneta Hilux años dosmil ocho color gris. Ninguno de los dos hablaba, aunque Gabriel de vez en cuando observaba por el rabillo del ojo a su hijo para saber en qué pensaba, pero solo veía imagenes borrosa y lo escuchaba cantar mentalmente las caciones de "ruido de lata" como solía llamarle él a la música moderna.
Mapini se encontraba contento por estar de nuevo en Tucuman, sabía que era lo correcto. Se sentía libre, sin preocupaciones, demasiado seguro, como si nada ni nadie tendría el poder suficiente como para lastimarlo o para hacerlo sentir mal. Observó a su padre y le quiso preguntar hacia dónde se dirigían, pero él ya había contestado antes:
- Hacia el Tiro Federal-
A Mapini no le hacía mucha gracia que su padre anduviese entrando en las mentes ajenas, pero aún así, le había sonreido.
El Tiro Federal, era un terreno de veinte hectáreas, con varias pedanas de tiro, un buffet y un área en donde cocinar con parrillas.
Entrando en los terrenos, vieron a varias personas cortando el pasto, todos volteaban al ver pasar la camioneta y saludaban a Gabriel.
Cuando descendieron de la camioneta al lado del buffet, Mapini respiró profundamente... ¡Ah! El aire puro, el olor al pasto recién cortado, las ramas de los eucaliptus que estaban siendo quemadas, el aroma a Paul's...
- ¿Porteño? - Preguntó una voz que Mapini reconocía, aunque ahora sonaba más grave, más adulta.
El corazón de Mapini se aceleró por un instante, se había olvidado de Él, de aquél vampiro. Se sintió avergonzado por no haber podído percibir la presencia de Paul's, pero haber sentido su aroma le hizo descontrolar todos los sentidos, haciéndolo sentir debil ante aquella presencia.
No quería voltear, le daba verguenza; se sentía intimidado por su amigo, y si no hubiese escuchado aquella voz, juraría que la persona que se encontraba por detrás, no era su Paul's.
Mapini respiró profundamente y volteó.