viernes, 18 de junio de 2010

-Modern Vampire-[ Capitulo XVIII- La Fiesta III- Sebastian-]

Me encontraba molesto. Él, hablaba con la jovencita, mientras yo vigilaba su fiesta ¡Qué patético me hacía sentir! Pero sabía que no podía quejarme, estar en esa fiesta, desde un principio, fue mi culpa. Si hubiese detenido a ese hijo de puta de Alex en el Antro… Si hubiera podido evitar a Mapini, si hubiese sido más fuerte. Apreté mis puños fuertemente. Como odiaba a ese vampiro.

¿Por qué me llamaba tanto la atención? ¿Qué tenía él? Solo su maldita sangre pura, la sangre que contenía la fuente de la verdad de toda nuestra existencia.

Me hacía sentir incómodo el estar atraído por un hombre. Contuve la risa. “Un hombre” pensé, y casi la risa me derrotó, pero fui fuerte.

Alex me había hablado de esa atracción, me dijo que en el mundo de los vampiros, los prejuicios no existían, que no era igual que el de los humanos, auto-separándose con varias etiquetas por miedo, racismo y desprecio. También dijo que ese sentimiento (Me costaba pensarlo o decirlo) “Amor”, era provocado por la sangre que nos dominaba a todos, que aunque los puro hayan acabado con la mayoría de nosotros, al fin y al cabo éramos todos hermanos, nacidos por uno de ellos. Su sangre recorría por nuestro cuerpo también, diferenciándonos en habilidades, nada más.

Etiquetas, ¡Ja!, pero igual en mí, quedaba ese prejuicio humano.

En mi adolescencia, había sufrido esa curiosidad bisexual que pasan casi todos, al sentirme atraído por uno de mis amigos, el más cercano, pero cuando le confesé mis sentimientos… ¡Qué caos! Al principio lo tomó con gracia, pero cuando cayó en la verdad, mi mundo fue de mal en peor, marginándome yo mismo de las personas, por temor a ser lastimado nuevamente. Aquel rechazo me marcó la vida.

Y ahí estaba de nuevo, atraído por otro hombre, pero la atracción era como diez veces más fuerte y eso me hacía odiarlo, querer acabar con su existencia así mi sufrimiento terminaría, pero eso hacía que lo odie mucho más… ¡No podía imaginarme una existencia sin él! ¡¿Por qué?!

Quise agarrarme de la cabeza para ver si eso borraría mis sentimientos, pero sabía que no iba a suceder nada, tan solo hacer el ridículo frente a todos.

Hubiera deseado sentirme atraído por la estúpida de Tamarah o María, pero si no fuese por él, tal vez, jamás las hubiese conocido.

¡Como te odio, Mapini!

Me atormentaba saber que él podía percibir mis cambios de sentimientos ¡Qué torpe me hacía sentir! Pero a la vez tan impotente… ¿Por qué Él y Tamarah estaban dotados por habilidades vampíricas? Tal vez, si me concentraba, podría llegar a percibir algo, o a penetrar en sus mentes. No pasó nada. (Al intentarlo, volví a sentirme mucho más patético)

Alex dominaba el fuego, al tocar algo, si lo deseaba, lo hacía estallar en llamas, pero ni siquiera eso podía hacer. Lo había intentado varias veces, pero nada, ni un leve rastro de calor.

¿Tendría alguna habilidad dormida? ¿Y si la tenía pero no sabía cual era, por eso no sabía como usarla? Mejor me tranquilizaba, sino llamaría la atención de Mapini que ahora saludaba a un jovencito de nombre Emmanuelle.

Me sorprendí al escuchar su nombre, porque su voz sonaba igual a la de una mujer. Otra vez mis prejuicios de humano.

No quería que se me acercara, quería evitar todo roce con él. ¡Lo único que me faltaba! ¡Un jovencito homosexual que se sintiera atraído por mí! ¿Qué estaba sucediendo con las hormonas de los adolescentes? ¿Ya nadie respetaba su propia sexualidad?

Mi primera impresión de Mapini, fue extraña. Cuando comenzó a juguetear con su piercing de la lengua sobre mi dedo, me aterré. Me hizo recordar al rechazo de mi antiguo amigo y quise escapar, evitarlo completamente… ¡Pero qué débil soy! No pude, la atracción fue muy fuerte. En mi cabeza comencé a debatir si yo era realmente homosexual, o era que ellos eran atraídos hacia mí como un imán, pero mientras la noche del Antro transcurría, lo observé detenidamente y me tranquilicé al ver que se encontraba con una mujer…

¡Ah! ¡Yo y mis prejuicios!... ¿Qué tenía que ver, que él esté con una mujer, si igual me sentía atraído? Además, si él no era homosexual e igual me atraía… ¡Ahhhh!

Quise gritar, odiaba sentirme confundido.

- Hola, hola- Me había saludado el joven con voz de mujer, extendiéndome una mano.

¡Maldita suerte la mía!

- Un gusto Emmanuelle- Le dije, evitándolo lo más posible. Por el rabillo del ojo, pude ver en su rostro la expresión de admiración que tanto me aterró. ¡No, otra vez no! Por favor…

- ¿Cómo te llamas?- Me preguntó, tomándome de sorpresa. ¡Qué incomodo me ponía su presencia! Realmente deseaba que él si desapareciera, y sabía que no me afectaría en nada. Rápidamente le contesté.

- Sebastian- Le dije. Me hizo acordar a Tamarah por lo molesto que me ponía al tenerlos cerca. Quise que la tierra me tragara… ¡Ella se encontraba a mi lado bailando y no me había dado cuenta! Que suerte que no pueden leer la mente como aquellos vampiros que había visto en una película bastante vieja que transmitían por televisión. Comencé a pensar en esa película… que buena imaginación, pero que triste historia. Me hacía recordar a mí con Alex: Mi creador muerto. Pero en esa película, al final no estaba muerto… tal vez Alex… ¡Bah! Si Leon juró verlo desintegrarse por completo, convirtiéndose en cenizas. Otra vez me comparé con el convertido de esa historia… ¡Ni él, ni yo teníamos ninguna habilidad! ¿Qué estaba sucediendo? Tal vez, esa historia la escribió realmente un vampiro que le sucedió algo parecido a mí. No, imposible, ellos eran eternos, no habían puros, todos eran vampiros Convertidos.

Me sentí muy tonto al compararme con un personaje de ficción.

Seguí observando a los adolescentes mientras bailaban y bebían descontroladamente, saliendo de mi flash mental.

- Tamarah, un gusto- Le había dicho ella a Emmanuelle, extendiéndole un brazo, luego de empujar a Mapini para pasar.

La observé fijamente ¿Qué pretendía con eso? Sus movimientos me tomaron por sorpresa, si se tocaban, él caería bajo la excitación que provoca al tacto Tamarah, y la humana sabría la verdad. Bueno, no, eso era muy exagerado, pensé, pero ella sospecharía de que algo raro sucede.

Para nuestra sorpresa, Emmanuelle la besó en la mejilla.

- Encantado de conocerte- Le dijo, dedicándole una sonrisa que se me hizo contagiosa, pero la pude disimular –o eso creí.

Lo observé detenidamente ¿Por qué no había surgido ningún efecto en él? ¿Era su homosexualidad? Sonreí mucho más al pensar en eso, porque si era así… ¡Yo no lo era! Anteriormente, los poderes de Tamarah me habían afectado. Que feliz me sentí.

Tamarah luego de empujar a Emmanuelle, se perdió de vista ¡Que furiosa se encontraba! Él me tocó el hombro y me preguntó:

- ¿Sos el dueño de la casa? ¿Vos organizaste la fiesta?- Le contesté con una seña de “No” y apunté con mi mentón a Mapini. Emmanuelle entendió que era el organizador y se sorprendió, alejándose un poco del grupo-. Italiana picarona- Dijo, fulminando a su amiga.

Al encontrarse con la mirada de Mapini y la mía, se puso nervioso y se marchó. El si que era mucho más patético que yo. Sonreí.

La presencia de otros vampiros en la sala había desaparecido. Quise pensar que fue solo una falsa alarma, pero era imposible creerlo, porque los tres lo habíamos sentido que se encontraban cerca. ¿Y si ellos sintieron nuestra presencia también, y decidieron escapar? ¡¿Y si tenían alguna habilidad especial para ocultarse?! Bueno, listo, pensé. Ya era demasiada paranoia, me estaba obsesionando, volviendo loco. Se habían ido, sí, se habían asustado al sentir más de ellos en el lugar. Pensé que no tendría ni que preocuparme, porque si reaparecían, los podríamos sentir nuevamente y estaríamos listos.

La fiesta prosiguió normalmente, bah, tan solo prosiguió sin la presencia de otros vampiros.

Leon y yo habíamos vuelto a discutir por el tema de los hipnotizados. Supe de inmediato que el problema no era lo que le hacía a los humanos, sino que mis poderes y mi belleza lo hacían sentir amenazado con María. La muy tonta se encontraba fascinada por mí desde el primer momento que me vio, y aunque se lo dijera de mil maneras, ella no me iba a dejar en paz.

Mientras ella bailaba pegada a Leon, dándole la espalda, elevando sus brazos al aire y meneando sensualmente su cuerpo hacia el suelo, no me quitaba la mirada. De vez en cuando me parecía ver como me guiñaba un ojo, o como se pasaba la lengua sobre los labios.

Para cuando me percaté de que estaba atontado mirándola, Leon me fulminaba con la mirada. ¿Los dos se encontraban atraídos por mí? ¡Dios, no! Yo y mis paranoias.

Decidí dar unas vueltas para despejar la mente y echar una mirada a la fiesta. El lugar se encontraba abarrotado de personas.

Me pregunté si el lugar se hubiese llenado, si los boliches no hubieran sido cerrados por precaución luego del incendio provocado en el Antro.

Al comenzar la fiesta, escuché a unos jovencitos debatir sobe el tema.

Me causó mucha gracia cuando oí que todos opinaban del Antro, como si siempre concurrieran, pero yo nunca los había cruzado y eso que llevaba un año de cacería por ahí, y se me hacían fáciles de recordar los rostros.

Lo que me llamó la atención, fue el comentario de Tamarah al decir que conocía a otros convertidos del lugar, pero Alex y yo nunca los habíamos visto. Que raro, pensé.

Caminé por los pasillos de la casa, observando las paredes decoradas con fotos familiares, vacaciones y algunos simples retratos.

Me llamó mucho la atención la sala con fotos de lo que parecían viajes por el mundo. Aunque nunca haya salido de Argentina, conocía por la TV, Internet, libros y revistas esos paisajes y lugares históricos u populares concurridos por turistas.

Mapini salía muy bello en todas las fotos, pero había algo que no podía dejar pasar por alto: Sus expresiones a medida que iba pasando el tiempo, se iban apagando, enfriando.

En la mayoría de las fotografías de su infancia sonreía, y en más de una docena, abrazaba a un niñito de cabello oscuro y enmarañado, sonrisa amplia y cachetes sonrojados. Se veían muy felices.

Tal vez doce o trece años tenía cuando su amigo o lo que fuese, no aparecía más en las fotos y Mapini ya no sonreía.

A los quince años o tal vez uno más, su expresión en el rostro, si lo observabas fijamente, hacía que tus cabellos se erizaran por el escalofrío. Sus ojos irradiaban odio.

Lo que más me atraía de las fotografías, eran los diversos peinados que su madre y él habían utilizado, distintas formas, muy extravagantes.

Mapini también utilizó varios colores en los ojos, ocultando sus violáceos. No había ni uno que le quedara mal, cualquier color lo hacía ver hermoso. Apreté mis puños al pensar eso.

Al observar las más recientes, de un año atrás o menos, me acerqué a su rostro para apreciar cada detalle… ¡Ni una mueca de expresión! Era un rostro totalmente inexpresivo, una figura muerta por dentro. Los ojos apagados, la cara pálida como de costumbre, los labios pegados con una línea recta, asimilándose a una estatua, la vestimenta perfectamente arreglada, al igual que su cabello, pero había algo que lo hacía ver mal, algo que no me atraía. Era como si un aura negra lo rodeara, como si su máscara de inexpresividad rechazara todos los sentimientos ajenos y los propios los ocultara hechos una bolita en lo más profundo de su ser.

Qué dolido se lo veía. Sentí pena por él, pero no tuve la más mínima idea de lo que le había sucedido. Quise tenerlo cerca y abrazarlo ¡Claro que solo lo haría como cualquier amigo intentando alentarlo, nada más!

No me había percatado del cambio de estilo de la música. Ahora sonaba Muse- Como me gustaba ese grupo.

La gente seguía alterada, pero era por los efectos del alcohol y las drogas.

Unas adolescentes discutían entre ellas por un chico. La pelea era inminente. Ambas llevaban vasos de vidrios en las manos, y sabía que en cualquier momento se los iban a partir en la cabeza, así que me acerqué sigilosamente, las tomé por los hombros, y las miré, ellas me sonrieron.

El joven que parecía ser el centro de la disputa, se me acercó con malas intenciones. Vi en su rostro la ira que lo dominaba por haberme entrometido, parecía disfrutar de la pelea. ¡Que Ser tan asqueroso! Pensé, y quise darle su merecido.

Lo fulminé con la mirada, aterrándolo, haciéndolo dar unos pasos inconcientes hacia atrás. Llené de amor el alma de las jovencitas que depositaron en mí los vasos de vidrio y se abrazaros tiernamente, se miraron a los ojos y luego se besaron, dejando a la basura humana boquiabierta del asombro. Se tomaron de las manos y se alejaron muy contentas ¡Ah! Que felicidad irradiaban y que desconcertado había quedado ese hijo de puta.

Me quiso golpear, lo supe antes de que hiciera el primer movimiento, era como si pudiese leer sus expresiones, pero yo me encontraba fuerte gracias a la sangre que había bebido, así que con un movimiento que nadie pudo captar, lo hice caer de espaldas en el suelo y le pateé un tobillo, quebrándoselo en varias partes. Sonreí de felicidad. Nunca se iban a enterar de lo que le pasó realmente, ni siquiera él mismo, además iba colocado hasta la coronilla y los médicos le iban a decir que la fractura fue provocada por la pérdida de los sentidos y la caída.

En esos momentos, era en los cuáles más amaba las ventajas de ser un vampiro.

Rápidamente me alejé del lugar, tomando rumbo hacia la parte trasera de la fiesta, pero me paré en seco al sentir la leve presencia de un vampiro pasar justo por mi lado. Se trataba de otro Puro. Mapini no había dicho nada acerca de otros como él ¿Estaría al tanto de aquello? Lo mejor era encontrarlo y preguntárselo personalmente.

Observé al vampiro que pasaba por mi lado sin darse cuenta de que me encontraba ahí. Parecía uno más de la fiesta.

Siempre había pensado que todos los de nuestra especie eran seres fuertes, hermosos, perfectos, pero éste parecía perdido, algo tonto, infantil y debilucho, y su belleza no destacaba mucho, dejando que desear.

Era pequeño, si, aunque se me hacía difícil deducir la edad de los vampiros, ya que todos aparentaban ser más jóvenes. De seguro que no pasaba de los veinte años, pero a simple vista parecía tener quince, dieciséis años. Llevaba el cabello de color marrón revuelto, todo despeinado, su piel era pálida y no pude observarle los ojos, solo podía verle la espalda, alejándose cada vez más y más, dirigiéndose a la entrada de la casa. Se lo veía caminar seguro, como si supiera lo que hacía. Tal vez ya se había alimentado y se estaba marchando, pero como era un Puro, no había matado a nadie y por eso Mapini no lo había percibido, igual me decidí a seguirlo, ese muchacho me daba mala espina.

Lo seguí de cerca, pero no se daba cuenta de que iba pisando sus pasos con cautela como un cazador. Su cabeza giraba hacia todos lados donde se encontraran jovencitas. A las que pasaban por su lado, las tocaba y ellas le sonreían. Menudo vampiro, pensé. Para mi sorpresa, al llegar a la sala poco iluminada donde se encontraba la puerta que daba a la calle, él no salió, sino que pasó entre la cortina con el dibujo de una pantera negra que ocultaba el cuarto del anfitrión de la fiesta. Mapini se encontraba ahí, sentado sobre su cama con María y Luccía a su lado, hablando estupideces, bebiendo alcohol, bañados por la luz violácea que irradiaban unos tubos negros en lo alto de la habitación, que como el resto de la casa, era toda de madera, desde las paredes hasta el suelo.

Me quedé afuera, luego de que el Puro entrara en la habitación y las cortinas me impidiesen ver. Me alejé rápidamente al escuchar a María gritar.

- No te lo lleves a Mapini-

Sabía que se acercaba, podía sentirlos. Éste hijo de… éste vampiro andaba buscando a Mapini ¿Qué quería de él? ¿Por qué yo no lo conocía?

Lo odié al verlo agarrado de mi vampiro ¿Mi vampiro? ¡Agh! Ahora odiaba a ambos.

Mapini se me acercó seguido por el otro Puro, me tomó por la cintura y comenzó a bailar al ritmo de la música ¡Qué pedo llevaba! ¿Qué tanto había bebido? Lo miré con mala cara, pero parecía como que estaba fuera de sí y no lo notaba. Me sonreía, daba carcajadas. Quise detenerlo, pero el otro lo empujó y siguieron caminando hacia la habitación contigua al pasillo lleno de fotografías. Los observé de lejos, y escuché un murmullo nada más.

Me acerqué un poco más y oí que el otro jovencito se presentaba con su nombre: “Daniel”

Le gente me distraía, porque todos se encontraban saltado con You Love Her Coz She’s Dead. Mapini giraba en el lugar, tomado de las manos con Daniel. Que insoportable que se me hacía esa imagen, pero tenía que cuidarlo, no se encontraba en su mejor estado. Y no, pude comprobar que así era, cuando ambos se besaron. ¿Por qué a ese vampiro? ¿Mapini no se encontraba atraído por mi sangre? ¡Qué tonto me sentí!

Otra vez la misma mierda de antes.

Me fui del lugar, Mapini podía cuidarse solo con la compañía de “ese”. Me di cuenta de que me importaban un bledo.

Si le pasaba algo, mi culpa no iba a ser, él no me eligió, prefirió al otro. Me paré de nuevo ¿Me sentía celoso? ¡Que bah! Moví mi cabeza, di un chistido y seguí caminando. Mapini podía hacer su vida, no lo necesitaba para saber todo acerca de nosotros, ya iba a encontrar la manera de averiguarlo todo solo.

- Maldito seas, Daniel.




viernes, 11 de junio de 2010

-Modern Vampire-[ Capitulo XVII- La Fiesta II- (Mapini)-]

Me encontraba frente al espejo, arreglándome para lo que iba a ser la gran fiesta de la noche. Leon me había dicho que cientos de conocidos y amigos habían confirmado su asistencia. Me sentía motivado y ansioso, quería que llegaran ya.

Arreglé mi cabello marrón bastante claro (Que me hacía ver como rubio) y me quitaba los lentes de contacto verde. Ya estaban irritando demasiado mi vista. Dejé al descubierto mis hechizantes ojos color violeta. Me encantaba ser único u original, deleitando la mirada de los curiosos que me observaban, pero no me hacía mucha gracia llevar ese par de armas al descubierto. Temía por mi identidad.

Mis ojos no eran tan rojizos como los de Tamarah, más bien eran de un azul violáceo, pero cuando me enfurecía, sabía que el rojo predominaba, deseando sangre, muerte, aunque nunca maté. Bueno, si, tan solo una vez, pero fue un error, un accidente…

Al recordar eso, varias lágrimas recorrieron mi rostro.

- Zemial – Dije, apretando los puños fuertemente.

Las lágrimas me refrescaron la vista, haciendo que el ardor e irritación desaparecieran. Hacía un día entero que llevaba los ojos falsos en mí, pasando como un humano corriente entre todos. Aprendí que aún disfrazándome, nuestra presencia es visible, es algo que lo llevamos en la sangre, en lo más profundo de nuestro ser, en nuestra oscura alma, deseando salir a la luz, que va cantando, gritando por donde vaya “Soy un Vampiro”.

Mi rostro pálido como el de un muerto, al igual que el de los Convertidos, era lo que más me agradaba. Muy pocos vampiros de sangre pura eran así. A la mayoría le gustaba tomar sol, broncearse, pero a mí no, detestaba el sol ardiendo sobre mi piel, no sé por qué, pero sentía que me quemaba, que en cualquier momento ardería en llamas…

Llamas… Otra vez el maldito recuerdo del Antro. En el viaje me había dicho “Basta” pero se me hacía difícil seguir a pie mis decisiones, no podía evitar relacionar todo con la trágica noche anterior, pero sabía que si lo intentaba, lo iba a lograr. Era consiente que ese trauma me iba a perseguir de por vida, pero a medida que pasara el tiempo, iba a doler menos – o de eso quise convencerme.

Sonreí. Si, sonreí por lo ingenuo que me sentía en ese instante, y vi lo que más amaba de mí: Mis hermosos y afilados colmillos. Sobresalían de toda mi dentadura. Era una sonrisa inhumana, temible pero que no perdía ni un segundo su encanto.

Pasé la lengua sobre mis dientes, comprobando su filo. ¡Pero que sorprendente era el roce! Eso era lo que tanto adoraban los humanos al sentir mis colmillos sobre su cuerpo. En el centro de mi lengua, una pequeña bolilla brillaba: Mi piercing. En sí, no consistía en nada, era solo decoración, pero que placentero le resultaba a la gente, cuando jugueteaba con el sobre sus cálidas y húmedas lenguas.

Mis inexpresivos ojos habían perdido todo el color rojo provocado por la irritación. Volví a sonreír ¡Qué fácil y rápido era sanar siendo vampiro! Nunca dejaba de sorprenderme.

En un campamento con los exploradores, hacía seis años, había caído sobre un Vinal, incrustándome varias espinas sobre el pecho y las piernas ¡Fue doloroso! Pero qué divertidas fueron las caras de los mayores a la hora de auxiliarme. Me habían retirado una por una las largas espinas de más de cinco centímetros. Luego me desinfectaron e intentaron vendarme, pero para ese momento ya no había heridas ni rastro alguno de que hayan existido. Quedaron atónitos, pensaron que era alguna especie de milagro o que ese árbol llevaba algo medicinal, pero pobre de ellos, al momento de contarle a mi madre, ella me obligó a que haga “Eso que hago con mis ojos” y así borrarles ese recuerdo. En privado le recordé que aunque mis ojos eran buenos hechizando, todavía no podía borrar la memoria, solo enseñar imágenes falsas. ¡Cómo me enojé con ella por confundirme con mi padre! Él, que podía controlar una gran multitud de hombres tan solo con sus ojos. Él, que podía enseñar recuerdos falsos, borrar la memoria, penetrar en la mente del que mirase, irrumpir en sueños ajenos. ¡Agh! Que impotente me sentí.

Así fue, como me acerqué a los coordinadores y les hice ver unas escenas de momentos en los cuáles les preguntaba sobre aquél árbol, qué clase era y para qué servía, pero que nunca me había caído ni lastimado.

Me observé de pies a cabeza. Mis All Stars color beige relucían, mi vaquero azul oscuro impecable, con la botamanga hecha un doblete porque me quedaba largo. Mi remera negra llevaba un “Mapini” estampado en letras que brillaban en la oscuridad, pero que quedaban ocultas bajo mi fino chaleco de vestir color gris. En mi mano derecha, en el dedo del medio llevaba mi anillo de oro con la insignia de la familia Karolyi grabada, uno de los tres amuletos que me habían dado al nacer. Sobre mi cuello, un collar de plata con dos anillos, uno del mismo material que la cadena y otro de bronce. Según Sebastian, cada uno servía para algo diferente, pero en realidad no sabíamos para qué. Lo único que sabía, era que gracias a alguno de todos ellos, Alex se había vuelto cenizas, desintegrándose en el aire luego de atacarme. Recuerdo que desde pequeño, mis abuelos me decían que por nada del mundo tenía que quitármelos, prestarlos y mucho menos perderlos. Nunca me dijeron el por qué, pero siempre me corrían diciendo “Es mejor así, que no lo sepas, porque algún día podrías toparte con el mal y serían conocedores de nuestros más ocultos secretos de defensa” ¡Ah! ¡Vieja bruja! Siempre con sus frases, acertijos, adivinanzas, amuletos y pociones raras. “¿Esas cosas no habían quedado ya en el pasado? ¡Qué alguien le recuerde que estamos en el siglo XXI” le había gritado a mi madre una vez, pero ella me sonrió sin decir nada, guardándose cientos de secretos.

Realmente había momentos que deseaba poder leer las mentes.

Tuve que tapar mis ojeras con un poco de maquillaje que tomé prestado de mi madre. Me veía algo demacrado por la falta de sangre en mi organismo. La sed de sangre ya se hacía visible en mi rostro. ¡Pero ah! Faltaba tan poco para que los invitados llegaran.

Adoré el tono pastel que le dio a mi rostro una base a crema, aunque igual no llegaba a desaparecer del todo la palidez.

Oí que golpearon la puerta.

- ¡Ya va! ¡Está ocupado! – Grité, observándome por última vez en el espejo. Reconocí la presencia de Sebastian que se encontraba detrás de la puerta. Por más raro que pareciera, ya podía distinguir hasta su esencia a varios metros. Eso me hizo odiarle. La puerta se abrió y volteé rápidamente, sorprendiéndome.- Te dije que ya…- Cuando observé el exterior del baño, pude oír, ver y sentir, varios humanos entrando en mi casa, haciendo que mi corazón se acelerara por la emoción. Sebastian me observaba inexpresivo.

- Pensé que deberías saberlo… los aperitivos comenzaron a llegar- Al decirme eso, capté una leve sonrisa en su rostro. Aunque quisiera ocultármelo, percibía su emoción que se mezclaba con la mía, haciendo estallar mi adrenalina.

Al entrar en la casa, los adolescentes, acompañados por Leon y María que los guiaban, observaban todo muy curiosamente. Les llamaba la atención el decorado, el sonido ensordecedor, la música contagiosa y las luces hipnotizantes. Deducí que más de uno, buscaba con la mirada alguna figura paterna. Se encontraban desconcertados al ver semejante organización de fiesta en esa casa. Oí como se preguntaban entre ellos, si alguno conocía al anfitrión, ¡A mí!

Tuve deseos de salir corriendo e ubicarme entre todos y exclamar “¡Yo soy su anfitrión!” Pero ya era tarde, las luces hogareñas se apagaron, y todo cambió a una especie de “Club Night” o “Antro”… Antro ¡Qué va!

- ¡Que comience la fiesta!- Gritó un jovencito, comenzando a saltar entre sus acompañantes.

¡Ah! La ola de excitación viajó hacia mí a la velocidad de la luz, embistiéndome rudamente, provocando varios escalofríos por mi espalda.

-Que comience la fiesta- Me dije a mí mismo, olvidando que Sebastian se encontraba cerca y pudo oírme. Él me asintió con la cabeza y en un segundo se escabulló entre la muchedumbre.

La mayoría comenzó a distribuirse por toda la casa, revisando cada rincón en busca de comodidad.

A los diez minutos de haber empezado la fiesta, Leon tuvo que echar a varios bravucones que intentaron forzar la cerradura de la habitación de mis padres. Cuando la cosa se iba a poner fea, Sebastian acudió para ayudarle, hipnotizándolos con la vista, los obligó a que se comportasen bien y fue gracioso verlos trabajando como sirvientes, ordenando todo lo que sus amigos casi destruían. María reprochó a Sebastian por su acto, diciéndole que era algo útil, pero cruel. Tamarah casi se descostilla, agradeciendo estar muerta, sino moriría de la risa al ver a los jóvenes Punks ayudando en el orden y la limpieza de la casa. Leon le agradeció la ayuda al vampiro, pero le dijo que no le hacía falta, que él solo podía con esos niñitos. Y yo… yo tan solo los observaba, sonriendo pero sin opinar. A cada momento me sorprendía al ver que no había sido tan mala la idea de haberlos invitado u organizado esa fiesta, porque me la estaba pasando bastante bien y eso que apenas había comenzado.

Media hora había transcurrido y ya no soportábamos la sed.

Tamarah, Sebastian y yo nos observábamos haciendo señas con el rostro, pero yo les pedía que esperaran.

- ¿Esperar qué? - Me atacó Tamarah.

- Esperemos un poco a que estén más ebrios y no nos tengamos que esforzar con nuestras habilidades, no creo que sea posible de lograrlo con la sed que tengo- Terminé de decir eso y un joven pasó por mi lado, tambaleándose, intentando encontrar apoyo en el hombro de Tamarah, pero ella lo evitó, moviéndose a una velocidad que apenas pude percibir y vi como el joven caía desmayado al suelo. Tamarah lo observó sin prestarle mucha atención.

- ¿Estás seguro que tenemos esperar más? Si siguen así, en unos momentos van a estar todos inconcientes sobre el suelo y ya no va a tener gracia beber de ellos.

- ¿Gracia? ¿Cuál era la gracia?” - Me pregunté. En realidad tenía razón, a ese ritmo, la fiesta iba a durar como mucho una hora más sin que nadie quedase de pié. – Sebastian –Dije en voz baja, aunque él me pudo oír-. Les voy a enseñar a alimentarse sin matar- Pude ver como asentía con la cabeza y Tamarah inflaba sus cachetes, no le hacía ninguna gracia, pero debía adaptarse.- ¿Eligieron a su presa? – Ambos asintieron con la cabeza.

Los jovencitos que habían marcado como “target” eran muy bonitos: Una niña de no más de catorce años y un jovencito de dieciséis. Los dos de cabello oscuro y piel cobriza, facciones muy infantiles y un alma muy pura. Al instante entendí por qué los habían elegido: Ninguno de los dos había bebido ni una gota de alcohol, estaban limpios.

- A si saben más ricos- Dijo Tamarah como si me hubiese leído la mente.

¡Qué habilidad! ¡¿Cómo podían notarlo?! Si no me hubieran señalado a sus víctimas, nunca me hubiese dado cuenta de lo que recorría por sus sangre… lo hubiera pasado por alto.

Yo era el típico cazador que decía “Bicho que camina, va para la parrilla” o “Para el hambre no hay pan duro” (Aunque esa última frase la modificaba para que sonara algo grosera). Nunca me había parado a seleccionar detenidamente a mis presas, aunque así eran los efectos secundarios también, llenando mi sangre de todas las mierdas que consumían… pero ellos… con tan poco tiempo siendo vampiros, sabían elegirlos con cuidado, cazarlos con mucha destreza y me superaban en fuerza y velocidad. ¡Y ni hablar de su belleza! Sebastian a simple vista era un Don Juan y Tamarah una princesa perdida, una princesa que se escapó de su castillo con la belleza heredada de la realeza, y yo… Yo solo soy Mapini.

Nos acercamos a la primer víctima sigilosamente, pasando entre toda la gente, evitando rozarlos. Me paré en seco frente a la jovencita, la miré a los ojos fijamente, con mi mano levanté su mentón y le sonreí, ella suspiró.

- Sebastian – Volví a decir, dejando caer el rostro de la muchacha que gimió tontamente. El vampiro que me acompañaba pasó por delante de mí y también le sonrió. La gente que nos rodeaba miraba curiosamente al ver a Sebastian, un joven tan bello, junto a esa nenita.

- Hola – Le susurró a la oreja Sebastian a la pequeña, mientras ella reía y daba gemidos tontamente, no paraba de sonreír y mirar alrededor sin entender nada, tampoco podía escaparse ahora de los brazos del vampiro, pero no lo deseaba, en su interior varios sentimientos luchaban entre sí. Temía, sí, se encontraba aterrada, pero ¿Qué era esa sensación de paz que sentía al mirar fijamente a los ojos de su acompañante? Eso la desconcertaba aún más, pero igual el deseo de saber que era lo que iba a suceder, la retenía. Se sentía bien, el cosquilleo en el estomago y las nauseas eran agradable. ¿Era amor lo que sentíamos la joven y yo por Sebastian? Realmente se sentía genial.

Tamarah observaba con sus brazos cruzados sobre el pecho, de vez en cuando miraba por el rabillo del ojo a su presa, la sed aumentaba desesperándola.

- Te amo.- Le dijo la chiquilla. No solo su rostro era infantil, su voz también lo era.

- Lo sé, mi vida, lo sé- Sebastian le besó la oreja, ella volvió a gemir.

Que asco me dio percibir el deseo sexual de la jovencita hacia Sebastian.

Le pasó la lengua por el cuello y tiernamente la penetró con sus afilados colmillos de color marfil.

Bien, era suficiente. Te odio Sebastian, realmente te odio por volverte tan deseable.

Quise apartar a la jovencita y ocupar su lugar, pero me resistí. Me sentía incómodo, tuve que disimularlo muy bien porque Tamarah me fulminaba con la mirada.

- ¡Basta! – Grité. Me asusté al oír mi voz tan agitada. La jovencita aperitivo ya se encontraba agotada. Si la dejaba en ese momento, se recompondría en un par de horas y podría andar bien.

Sebastian se desprendió forzosamente de su cuello, lamiéndose los labios.

La muchacha tenía los ojos bien abiertos y sudaba. La excitación la hizo sudar. Quiso besarlo, pero el vampiro le corrió la cara y se hizo a un lado. Se pasó la manga de su campera por la boca, pero ya no tenía ni una gota de sangre en los labios. ¡Qué perfección! Ni una gota había derramado.

Ahora era el turno de Tamarah que esperaba ansiosamente.

Le hice una seña con la cabeza para que se acercara a su víctima. Desprendió sus brazos del pecho y caminó hacia el jovencito.

Para nuestro asombro, fue directamente al joven que se encontraba solo, con un vaso de Coca-Cola en la mano, observando la fiesta. Lo embistió contra la pared, tomándolo del cuello y le mordió un brazo. La mano que le quedaba libre a la víctima, se la veía pasar por toda la parte trasera del cuerpo de la vampiresa.

Pude sentir el asombro de Sebastian. Yo me encontraba asombrado también. ¡Qué brutalidad por ambas partes!

- ¡Si, mamita, si!- Gritaba el jovencito de facciones infantiles y voz de hombre maduro. También pude percibir el deseo sexual que sentía la víctima por su atacante. Tuve que pensar en otra cosa porque sino mi príapo iba a sentir el efecto producido por Tamarah.

- “Qué papelón” – Pensé.

- Suficiente – Le indiqué aclarándome la garganta. - ¡Suficiente! – Volví a decir elevando la voz porque no se soltaban. Ella lo empujó, haciéndolo tambalear y caer sentado sobre el suelo. Se encontraban agotado y ella embriagada y muy molesta.

- ¡Qué difícil es esto!- Exclamó la vampiresa, pasándose un dedo por los labios ensangrentados, pero la sangre no se hacía visible por el labial rojo que llevaba puesto, el mismo que usaba María. Supuse que se lo había prestado.

Para mi asombro, luego de que se habían alimentado con la primer víctima y yo con ninguna, me enteré que ninguno había bebido de más de dos o tres humanos por noche. Me sentí como un animal al contarles que bebía de doce humanos por día pero que nunca había matado. En cambio Alex si, él bebía docenas de personas, y si podía de más. Al contarme eso, Sebastian hizo una mueca de asco y ví en él un rastro de su humanidad. Aunque hubiese matado para vivir, igual se sentía culpable por sus víctimas.

- De verdad, muchas gracias- Me sorprendió al escucharlo decir eso.- Nunca podría detenerme si me encontrara solo.- Miró el suelo evitando mi mirada.- Alex me alentaba para matarlos.- Sus ojos brillaron bajo las luces de colores, pero igual se notaban apagados, con pena interna. Tamarah hizo una mueca de desagrado, a ella no le interesaba si sus víctimas morían o no.

- Es su destino.- Dijo, otra vez cruzando sus brazos sobre el pecho.- Nacieron para alimentarnos, está escrito así.- Y miró hacia un costado.

- Estás equivocada.- Le dije. No tenía ganas de discutir sobre ese tema, pero quería hacerla entender que estaba muy equivocada.- Yo no creo en el destino, las cosas suceden porque los hechos se dan así, pero vos ni nadie tiene derecho de acabar con la vida de los humanos, sean inocentes o no, no tenemos ningún derecho o poder de ponerles un fin, no somos el destino de nadie.- Me seguía evitando la mirada. No supe si mis palabras hicieron algún efecto en ella, porque no podía percibir ningún sentimiento de ambos vampiros. Se encontraban más fuertes por la sangre recién bebida. Yo, me estaba debilitando cada vez más, necesitaba sangre urgentemente.

- ¿Y vos cómo lo haces? – Quiso saber Sebastian, evitando la discusión.- ¿Cómo sabes cuándo hay que detenerse?

Me tomó por sorpresa, no me esperaba esa pregunta y me sentí amenazado. Nunca había hablado de mis habilidades con nadie, sentía que iba a traicionar a mi sangre si les daba esa información a un par de Convertidos. Balbuceé, no supe que responder, pero ellos habían demostrado ser distinto a los “otros” vampiros de los que hablaban mis familiares, y habían aceptado no matar. Con suerte y tiempo, los iba a hacer cambiar y así nunca más matarían.

- Es algo que lo llevamos en la sangre.- Contesté.

- “¿Llevamos?” – Me volvió a preguntar, interrumpiéndome.

- Si, los vampiros de sangre pura podemos percibir los sentimientos de los que nos rodean.- Tamarah ahora me observaba fijamente, había llamado su atención. Sebastian estaba boquiabierto.- Así podemos saber cuando un humano se encuentra agotado o al borde de la muerte.- Tamarah me interrumpió.

- ¿Solo en humanos funciona?- Quiso saber, súper intrigada con los ojos abiertos como platos.

- No, con todo lo que nos rodea, ya sean humanos, vampiros, animales, plantas o Licántropos.- Esa última palabra provocó escalofríos en ambos.

- Así que podes percibir todo lo que sentimos.- Dijo Sebastian como si hablara para si mismo. Su rostro cambió totalmente, su mirada denotaba desconfianza luego de que él, inútilmente actuara las expresiones de su rostro cuando yo ya sabía lo que realmente sucedía en su interior. No le contesté.



Mi primer víctima se encontraba agotada. Bebí más de lo que debería de él. Un jovencito de cabello rubio y enmarañado y un cuello muy deleitante. ¡Ah! Sí, su cuello era lo que más me había atraído. Las venas se le notaban palpitantes bajo su sonrosada piel. Al tomarlo entre mis brazos, noté su fuerza humana, su musculatura trabajada, que provocaba que la sangre corriera con mayor facilidad a través de todo su cuerpo ¡Qué rico! Pero como siempre me sucedía en las fiestas, mis víctimas consumían cualquier cantidad de drogas y alcohol, pegándome el efecto, pero mucho más leve.

Pensé en cambiar de lugar de cacería, temía por mi salud. Me reí solo al analizar lo que estaba pensando. El efecto de las droga ya estaba haciendo efecto en mí, luchando contra mis células ponzoñosas que intentaban detenerlas… pero como soy joven y débil, no podía contra todas.

No tenía ni idea de que hora era, pero la fiesta iba muy bien, bastante bien, pero sabía que en algún momento algo malo iba a suceder. No supe si ese presentimiento era una habilidad que teníamos los vampiros o si solo era una desconfianza mía.

Mis sentidos se alteraban a cada momento cuando sentía la presencia de los Convertidos en la fiesta, pero me relajaba al ver que eran Sebastian y Tamarah dando vueltas, disfrutando del momento y haciendo de guardias también.

La vampiresa se encontraba rodeada de un pequeño grupo de muchachotes que la halagaban e intentaban coquetear con ella. Todos sonreían, disfrutaban del momento.

Sebastian estaba en el medio del salón rústico, parado, observando como una centinela. Sus ojos se movían a una gran velocidad y sus oídos captaban toda clase de sonidos. Me sentía muy agradecido con él por haberse ofrecido para ayudarme a vigilar la fiesta, pero todavía quedaba el espacio frío entre nosotros dos por la culpa de mis habilidades.

Me reía solo al ver unas jovencitas cuchicheando entre ellas, para ver cuál se le acercaría a Sebastian. Todos lo admiraban al igual que yo la primera vez que lo había visto en el Antro. Su belleza y encanto era más que inhumana.

¿Qué pensaría la gente al ver en aquél sujeto inmóvil en el medio de la fiesta, irradiando tanta belleza? ¿Notarían que no era humano? ¿Qué se encontraba muerto?

- “Ojala que no”- Pensé, aunque me costaba pensar en como nadie se daba cuenta.

El dolor, el hambre, el hueco que llevaba en mi estomago, dolía menos, pero la sed me seguía llamando. Tamarah había dejado el grupo de jovencitos súper excitados. Ella reía de felicidad, amaba hacer arder de deseo a las personas. Ahora bailaba sensualmente al lado del otro Convertido, mientras él la ignoraba.

Unos ojos verde agua me fulminaros llenos de deseo hacia mí. Por un segundo pensé que sería la presa perfecta, pero percibí por detrás de él, dos almas oscuras, sedientas de sangre, a mi lado, la alerta de Sebastian y el miedo de Tamarah.

¡Otros Convertidos habían asistido a la fiesta! Le hice una seña a Sebastian para que siguiera observando, podía sentir las presencias cerca, pero no los podía ver. Cada vez se alejaban más y más.

Mientras no perciba algún humano muriendo, no iba a haber problema, pensé, pero ni yo mismo podía convencerme.

- ¡Mapini!- Alguien gritó mi nombre, estiró sus bazos, me rodeó con ellos el cuello y me besó la mejilla. Pude reconocer su aroma, su presencia, su alma y su acento italiano.

No lo podía creer. ¡Luccía se encontraba en mi casa!

No!- Grité exageradamente -¿Qué haces acá?- Nos abrazamos otra vez, sonriendo felizmente. Ella volvió a besarme la mejilla.

¡Ah! Luccía, un antiguo amor, amor extranjero.

Hacía un año que nos habíamos conocido en Italia mientras caminaba solo por sus calles nocturnas y primaverales. Ella caminaba del brazo con su ex pareja. Cuando me vieron pasar, ambos me sonrieron y entablamos una conversación. De tema en tema, me enteré que andaban queriendo revitalizar su relación. Nunca se enteraron de mi verdadera identidad, pero comentaban lo mucho que les llamaba la atención mi belleza. Esa misma noche, la pasamos los tres juntos en un hotel bastante lujoso. La lluvia de sentimientos que nos dominaba en esos momentos, es inexplicable.

Nuestro amor fue amor a primera vista. La lujuria predominaba y gracias a Dios que me había saciado de sangre antes de cruzarlos, sino vaya a saber uno de las cosas que le hubiera hecho a esa joven parejita. Adoré la belleza de ambos.

Luccía llevaba su cabello corto como lo usaría un muchachito, bien oscuro y lleno de rulos. En su rostro predominaban varias pecas, haciéndola lucís súper inocente. Sus ojos… ¡Ah! Sus ojos eran tan hechizantes como los mios, solo que de color marrón oscuro. Los hacía resaltar con un delineador de ojos negro. Sus labios, suaves como la seda, húmedos y cálidos. Sonreí al ver su expresión luego de nuestro primer beso. La había sorprendido lo dulce y empalagosa que era mi saliva. ¡Qué gracioso fue su comentario respecto a eso, con ese encantador acento italiano!

Su vestimenta me había llamado mucho la atención el poco tiempo que la ví vestida.

Llevaba un vestido que le llegaba hasta la rodilla de un color rosa chillón, parecía una muñeca con su pequeño cuerpo de adolescente.

Me sorprendí mucho más al enterarme la edad de ambos ¡Quince años! ¡Ah! Que hermosa que es la juventud y su pureza.

Lereni era todo un caballero. Me aceptó al instante. Su admiración por mí era mucho más leve que la de Luccía, pero igual me deseaba.

Su vestimenta era mucho más normal, si es que existe algo normal.

Vestía un par de zapatillas blancas con franjas verdes, un pantalón verde olivo, una remera blanca ajustada al cuerpo y una campera gris con blanco. Su piel era blanca como la de Luccía, pero tenía algo que lo hacía ver mucho más pálido que yo, tal vez eran sus ojos negros penetrantes, sus pobladas cejas o su cabello largo, lacio y oscuro. Su perfecta sonrisa realmente enamoraba. Sus facciones se ajustaban a las expresiones y hacían desaparecer de su rostro las arrugas comunes que tendría cualquier humano.

Lo observé demasiado, realmente me llamaba mucho la atención sus raras expresiones faciales, su sonrisa y la felicidad que emanaba.

Pensé en que podría ser un ejemplar perfecto de vampiro… ¡Pero qué envidia! ¡Tanta belleza siendo humano!

La lujuriosa noche que pasamos juntos, desapareció mucho más rápido que cualquier otra. Deseé estar en Argentina, que en esa época del año tardaba mucho más en amanecer. La primavera italiana hizo acto de presencia cuando coló por la ventana los primeros rayos solares. La ciudad despertaba y los pájaros cantaban sin cesar. ¡Qué jaqueca recuerdo!

Nos encontrábamos exhaustos. Lereni y Luccía dormían sobre mi pecho desnudo. Acariciaba el cabello de ambos que se deslizaba como agua entre mis dedos, disfrutando mis últimos momentos en Italia… Como hubiese deseado haberlos conocido tiempo atrás, pero no era tiempo de lamentarse, porque sabía que nos volveríamos a encontrar.

Observé mi celular. Tenía un mensaje de texto de mi madre, diciéndome que ya estaba lista para volar a Buenos Aires.

Cada tres meses solíamos viajar al extranjero. Ella por tema laboral y yo de compras y paseo. Ese viaje era uno de esos, pero más lo había hecho para escapar de un par de problemas con un amigo. Realmente necesitaba despejar la mente.

Esperaba volver a Argentina, encontrar todo calmado y poder seguir en contacto con mis dos nuevos amores, pero por desgracia, todo lo que deseaba, se dio al revés y el caos comenzó en mi vida.

M.V-

jueves, 3 de junio de 2010

-Modern Vampire- [ Capitulo XVI -La Fiesta- (Emmanuelle)]

El tema era el siguiente:

La información se había filtrado en Internet, enviándole a cientos de adolescentes la invitación virtual de una fiesta a las casillas de correos y otras por medio de mensajes de texto en los teléfonos móviles. Lo que más les llamaba la atención eran las tres frases en mayúscula y negrita.

“¡ENTRADA GRATIS!” “ALCOHOL (Hasta que tu cuerpo diga basta)” y el último “CASA LIBRE DE PADRES”.

Varios pensaron que era una invitación tentadora y comenzaron a correr la voz a los cuatro vientos. Otros se preguntaban si esa fiesta realmente se iba a dar, pero con ir no iban a perder nada, porque sabían que otros habían arreglado para llegar en varios grupos grandes de adolescentes, deseosos de fiesta, alcohol y sexo.

Emmanuelle era uno de esos jóvenes a los qué les había llegado la invitación. Al abrir el correo, dudó en si ir, porque con sus quince años de edad no podía asistir a ninguna clase de fiesta o salir de noche, pero esa fiesta parecía el lugar perfecto para acabar con su mala racha.

- Me merezco ésta salida- Le había dicho a sus padres. Su trimestre escolar había terminado con las notas más que aprobadas.

- Tengo un mal presentimiento- Le dijo su madre en un tono preocupado. Él no le prestó atención, sabía que ella siempre decía lo mismo para no dejarlo salir, pero esa noche, iba a ser su noche.

Le pidió a su padre que lo llevara en el auto a la fiesta, diciéndole que allí se encontraría con dos amigas, Luccía y Anabella, unas jovencitas que se habían incorporado al colegio a principio de año, al llegar de Italia con sus familiares.

En el asiento del acompañante, Emmanuelle se miraba en un pequeño espejito de bolsillo, arreglando su despeinado cabello rubio, observando sus ojos verde agua, guiñándose un ojo para sí mismo y revisando que su maquillaje pasara desapercibido y no se viera sobrecargado.

A su corta edad, ya había salido del armario, haciéndoles frente a sus familiares, amigos y conocidos. Para su asombro, lo aceptaron al instante, diciéndole que era demasiado obvio, que ya lo sabían hacía tiempo, y que lo aceptaban como era, ya que todos lo querían demasiado.

Su padre lo observaba por el rabillo del ojo, siendo él, el único que se lo había tomado mal. Como hombre, le parecía un insulto que su hijo varón, fuese homosexual. Anteriormente había discutido ciento de veces con su mujer acerca de Emmanuelle y su “problema”, diciéndole que tendrían que encontrar una cura, tal vez un psicólogo lo encaminaría de nuevo, pero su esposa siempre lo tranquilizaba, acabando con la discusión, diciéndole que su hijo era así y lo tenían que aceptar como era, al igual que él los aceptaba a ellos.

- Emma, hijo- Le dijo el padre antes de que descendiera del auto, tragando saliva-. Quiero… quiero que sepas que aunque a un principio no me tomé muy bien eso de tu “temita”- Volvió a tragar saliva, costándole hablar sobre ese tema con su hijo. Todo le resultaba nuevo y muy difícil de hablar, cosa a la cuál intentaba adaptarse. Emmanuelle blanqueó sus ojos- Te quiero- Le dijo por fin soltando las palabras que le cortaron la lengua invisiblemente. A su hijo se le llenaron de lágrimas los ojos, abalanzándose sobre él, apretándolo con los brazos, abrazándolo fuertemente.

- ¡Ay, papi! No hacía falta ni que lo dijeras- Se secó las lágrimas con la manga de su campera- siempre supe que me querías, no lo dudé ni por un segundo- Ahora le sonreía- también sabía lo difícil que iba a ser que mamá y vos lo aceptaran- Ya había abierto la puerta del coche, disponiéndose a bajar.

- Otra cosita…- Le dijo el padre, reteniéndolo unos segundos más-…cuidáte - Su hijo le guiñó un ojo y descendió. Lo que vio al bajar lo asombró demasiado: Un centenar de adolescentes al igual que él, se encontraban sentados sobre la vereda, otros caminaban sin ningún rumbo fijo con bebidas en sus manos, algunos se tambaleaban, reían, bailaban, fumaban o cantaban. Creía que se encontraba en el paraíso –o en el infierno- se dijo a sí mismo, riendo. Entre toda la gente, divisó a sus dos amigas que lo esperaban haciéndole señas.

- ¡Emma!- Le gritaban, pero él ya las había localizado y se dirigía hacia ahí, viendo varios autos y camionetas estacionados, haciendo descender más docenas de adolescentes. Se preguntó por la cantidad de personas que habían concurrido al lugar, pero no tuvo ni idea así que se limitó a caminar y dejar de pensar.




La fiesta le parecía mucho mejor de lo que se había imaginado. Emmanuelle y sus dos amigas saltaban eufóricos entre los desconocidos. Todos sonreían, se encontraban felices, pero ¿Felices por qué? ¿Porque realmente se estaban liberando? ¿Porque todos habían perdido el pudor gracias al alcohol y sacaban lo peor de ellos, siendo uno mismo? Él no lo sabía, aunque tenía sus dudas, realmente no le interesaba averiguarlo.

Los adultos hablaban de la falta de amor en la juventud, pero ¿Qué era aquella sensación si no era amor hacia todo lo que los rodeaba? No podía ser el efecto de las drogas, no, eso no lo provocaban las drogas. Existen muchas formas de amar y esa era una de ellas. Amor por la música que los aturdía e impedía que pudiesen hablar ¿Y quién necesitaba hablar en algún así? Amor por las luces que los enceguecía y los ponía más tontos, haciéndolos sonreír, volar por los aires y amor por la gente joven y bella que tenían alrededor.

¡OH, Sí! Alice Practice hacía que todos giraran en el lugar, como si estuviesen bajo un trance masivo, algunos adolescentes se encontraban tristes, otros llorando de felicidad, pero lloraban, y Emmanuelle amaba eso, a los humanos demostrando sus más sensatos sentimientos. Él era uno de ellos, a los cuáles se les llenaba de lágrimas los ojos al ver llorar a la gente, no podía creer lo sensible que llegaba a ser una persona, pero era así, como si una onda invisible de emociones viajara através de la música, penetrando en el corazón de todos.

El corazón… ¡Ah! “Qué órgano más jugoso” pensaron varios jóvenes bailando entre todos, sin que nadie los oyera.

La gente estaba loca, los adolescentes alcoholizados que se encontraban en la habitación rústica y pintoresca, iluminada por luces parpadeantes de distintos colores, estaban locos. ¿Qué quedaba para el futuro? ¡¿A quién le importaba el futuro en esos momentos?! Por supuesto que a nadie, era disfrutar el momento, se lo merecía, sabía que se lo merecía.

Anabella se encontraba pegada a un joven, abrazados, bailando al ritmo de la música, frotando sus cuerpos, desinhibidos de todo, pero no eran los únicos. Siguieron bebiendo cualquier cantidad de alcohol.

“¿Quién había pagado todo en aquella fiesta? “ Pensó Emmanuelle. “Tendría que buscar al anfitrión, felicitarlo y darle las gracias por todo. Él o ella, había creado esa felicidad en los presentes, doscientos, tal vez trescientos jóvenes.”

No, era increíble… Pensar que había dudado en si iba a asistir o no… de seguro que no iba a soportar escuchar a sus compañeros del colegio hablar de aquella fiesta si no hubiese ido. Pero ahí se encontraba, entre todos, en el lugar que iba a dar que hablar por semanas hasta que alguien más hiciera una fiesta mucho mejor que esa, pero lo dudó, no creyó posible que alguien fuese capaz de organizar algo parecido en su casa. Esas fiestas solo se veían en la televisión, en otros países, Nueva York, Gran Bretaña, pero no… ¡Se encontraban en Argentina! Haciendo lo que siempre desearon, tantos años viendo películas, series y escuchando hablar a estudiantes extranjeros sobre esas fiestas, y ahora se encontraban viviendo una. ¡Y era mucho mejor de lo que habían visto o escuchado!

Emmanuelle iba a llorar, ya no lo soportaba. Abrazó a Luccía por el cuello y lloró… lloró de felicidad. Se encontraba felizmente bajo los efectos del alcohol y vaya a saber uno también de que clase de drogas le habían convidado. Su amiga lo miraba desconcertada, pero igual trató de consolarlo, diciéndole en Italiano “Ya, ya, está todo bien” dándole unas palmaditas en el hombro.

¡Ah! Ese acento Italiano que tanto adoraba. Emmanuelle había quedado hechizado desde el primer día que lo oyó. Ahora sonreía, le sonreía a su amiga, tomándola de las manos y saltando, disfrutando del éxtasis que los dominaba, pero algo le llamó la atención. Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndolo voltear, quedando frente a frente con un hombre. Sí, era un hombre ya, no era un adolescente más de la sala. Iba acompañado, tenía que serlo, porque eran los únicos dos que desentonaban en la fiesta.

“Que hermosos” Pensó Emmanuelle, observándoles el cabello negro a ambos, los ojos felinos y violáceos y el color pálido de la piel, mientras que el hombre que tenía enfrente, le sonreía, haciendo que el jovencito de cabello rubio se sonrojase. “Es mi oportunidad” pensó de nuevo y les quiso hablar, pero sintió como sus palabras se ahogaban bajo la música, pero para su asombro, vio como los dos le contestaban al mismo tiempo. Pudo leerles los labios, era fácil de reconocer esa palabra cotidiana “Hola” pero no los llegó a oír.

¡Qué par de oídos tenían esos extraños! Creyó que estaba perdiendo sus sentidos por todo lo que había consumido. “Que vergüenza” se dijo por dentro, y volvió a sonrojarse, pensando en que se vería como un tomate.

Uno de los hombres –el mayor- le extendió una mano a Emmanuelle, estrechándosela con la suya. Sintió una fuerza sobrenatural que lo asustó e hizo que se fijara más en él. Su mano estaba congelada, pero pensó que era normal, de seguro que acababan de entrar a la fiesta y en el exterior habría estado helando. El hombre no lo soltó, arrastrándolo hasta su rostro. ¡Que belleza! Emmanuelle deseaba tocarlo, acariciar su pálido cuello, besarlo… ¡Sí! Lo que más deseaba era besarlo, Expresarle su amor al hombre que apenas conocía y lo volvía loco.

Sintió que alguien le tiraba de la parte trasera de su campera, volteó y vio que era su amiga que lo observaba enojada, haciéndole una seña para que dejara lo que estuviese haciendo. ¿Por qué habría de dejarlo? ¡No! No iba a perder esa oportunidad. Tenía a un par de hombres hermosos para él. No uno, sino dos hombres muy parecidos. Pensó en preguntarles si eran hermanos, pero no se atrevió. Luccía podía arreglárselas sola por unos momentos, además le iba a venir bien mezclarse entre la gente y entablar nuevas amistades.

Sobre el hombro de su amiga, divisó a otro joven muy hermoso también. Sonrió al notar lo mucho que le atraían los jóvenes de tez blanca, casi pálidos. Volteó a ver otra vez a los hombres, pero para su sorpresa, ya no estaban. “¡Maldito sea el momento en que tuve que prestarle atención a Luccía!”

Con un ademán de manos, le indicó a su amiga que lo siguiera. Se acercaron al joven que había visto, y para su sorpresa, la italiana lo abrazó ¡Abrazó al desconocido!-O eso pensó- porque por lo visto, no eran tan desconocidos después de todo. El rostro del muchacho se había llenado de felicidad al verla. Emmanuelle intentó oír lo que decían, pero no, sus sentidos estaban débiles o la música muy alta.

- Soy Emmanuelle, con doble M- Se presentó, colocándose entre su amiga y el joven atractivo.

- Ah, soy Mapini, un gusto- Se estrecharon las manos.

¿Mapini? ¡Guau! Que nombre tan raro, al igual que su belleza, pero detrás de él pudo ver a otro. Éste aparentaba un poco más de edad, pero no tanta. Cabello oscuro, tez blanca, ojos verde esmeralda –aunque parecían falsos- y algo irritados, pero igual lo hacían ver bien. ¡Dios! Se encontraba en el paraíso. Quiso saber quién era, porque se encontraba por detrás de Mapini. Llevaba una expresión de alerta en su rostro, acompañado por una mujer. Si, muy bella también.

-Hola, hola- Le había dicho, extendiéndole una mano.

-Un gusto Emmanuelle- Le devolvió el saludo el joven de cabello oscuro. ¡Pero qué audición tenían todos! Tal vez ese atractivo muchacho se había fijado en él, por eso había prestado atención a su nombre. Si era así… ¡Guau! ¡Qué noche! Toda la suerte estaba de su lado.

-¿Cómo te llamás?- Quiso saber.

-OH, Sebastian- Contestó como si se disculpara por la falta de atención.

-“Bonito nombre”- pensó. Todos eran lindos, todos eran más que hermosos. ¿Qué sucedía? Esa belleza era inhumana, ni los modelos que solía ver en televisión o Internet se les parecían.

Vio como la mujer que acompañaba a Sebastian, lo observaba con los cachetes inflados, notándosela molesta. Ella empujó a Mapini y se acercó a Emmanuelle, extendiéndole la mano para saludarlo.

-Tamarah, un gusto. Le dijo. Si, estaba enojada, su tono de voz la delataba. Los dos jóvenes modelos la observaron con cara de susto. ¿Por qué? ¿Qué tenía de malo que la saludara? Emmanuelle no estaba acostumbrado a darles la mano a las mujeres, así que se acercó y le besó la mejilla.

-Encantado de conocerte- Le dijo, sonriéndole.

Para su asombro, Tamarah lo apartó bruscamente, inflando más sus mejillas mientras se alejaba, hasta perderse de vista entre la multitud. Sebastian sonrió. Mientras sonreía, lo observaba a Emmanuelle, como si lo estuviese estudiando, Mapini lo imitaba.

- “¡Qué extraña era esa situación! ¿Qué podría haber dicho o hecho para ofenderla?”- Se volvió a preguntar.-“¿Y qué importaba ella?”. Otra vez tenía a dos jóvenes sensuales para él.

- ¿Y cómo es que se conocen?- Se había vuelto a entrometer. Mapini con una mano, hizo que se corriera, evitándolo. –“¡Maldita italiana!”-

No perdió las esperanzas, todavía le quedaba una “víctima” –o eso pensó él-. Buscó con la mirada a Sebastian, y ahí estaba de espaldas, observando la fiesta. No parecía disfrutarla, más bien, parecía un guardia de seguridad. Emmanuelle le tocó el hombro y le preguntó:

-¿Sos el dueño de la casa? ¿Vos organizaste la fiesta?- Pero Sebastian no le contestó. Con el mentón señaló a Mapini sin apartar la mirada de la multitud.

¡Qué sorpresa! Y él que se imaginaba al anfitrión menos egoísta al organizar tremenda fiesta. Que equivocado había estado, y como odiaba a su amiga en esos momentos. ¿Ella no había sido la causante de que los hombres se marcharan? ¿Ella no lo había hecho voltear para no se quedara sola? ¡Ja! ¡Qué hipocresía! Y ahora la que lo dejaba de lado, era ella, pero no se iba a quedar con las dudas, iba a averiguar cómo se conocían cueste lo que cueste.

- Italiana picarona- Balbuceó y otra vez, para su asombro, sintió como si lo oyeran. Mapini y Sebastian habían volteado para observarlo, pero no podía ser, no se encontraban cerca, era imposible, tendría que ser una casualidad –“Una muy grande”- pensó.

Dejó a Luccía atrás con sus atractivos conocidos. Iría a buscar a los dos hombres que había visto antes, pero primero daría un recorrido por la fiesta. Era muy temprano y quedaría muy necesitado si se les tiraba encima tan rápido… ¿Y si se marchaban? No importaba, de seguro que habían más de esos ejemplares atractivos esperando por su amor.




Una hora había pasado, tal vez dos, no lo sabía. Emmanuelle se encontraba ebrio, había perdido de vista a la gente atractiva y a sus dos amigas. De vez en cuando se topaba con algún adolescente que le llamaba la atención, pero no tanto como los anteriores, así que los dejaba pasar.

- Estoy necesitado, pero no para tanto- Le había dicho a un ventiañero que intentó besarlo, alejándose con aire de importancia, dejándolo plantado. No pudo distinguir lo que le gritaba, pero de seguro alguna puteada había recibido.

Sintió ganas de ir al baño, estaba mareado y la cola del baño era demasiado larga, no iba a aguantar. Se dirigió a hacerlo en el patio contra una pared, total, nadie le prestaría atención. Pasó por el pasillo en forma de L, dirigiéndose al exterior. Ahí se chocó con Tamarah, si, era ella. Pudo reconocer su belleza, su piel cobriza, su cabello largo negro y lacio, en sí, toda su esbelta figura. Ambos se miraron, él le sonrió tontamente, ella le dedicó una cara de asco y le dio la espalda, dejando a la vista una mochila muy graciosa, con el dibujo de una rama- “Qué infantil”- Pensó, y siguió caminando, dejándola atrás con su malhumor.

Se sorprendió al ver la cantidad de jóvenes haciendo “pogo” en el patio. No sabía de dónde habían salido tantos o en qué momento habían llegado a la fiesta… Era su oportunidad de conocer más gente y así llegar a entablar amistad o quien dice, tener sexo.

Sexo… Como lo deseaba en esos momentos, pero primero tenía que mear y si se aguantaba el asco, vomitar también.

Se puso en un lugar medianamente alejado, junto a una pared que se encontraba tapada por una gran enredadera iluminada por cálidas luces amarillas. El alcohol amenazaba en su garganta con querer salir. Sabía que si lo hacía (vomitar), luego se sentiría mejor. Con la ayuda de sus dedos, intentando no pensar, logró expulsar de su cuerpo, gran cantidad de lo que había bebido. Comenzó a reírse solo, se sentía patético. Se sorprendió al ver que no paraba de vomitar desde su boca ese amarillento y oloroso líquido. Le quemaba la garganta y fruncía la nariz, realmente apestaba.

Se apoyó contra la pared para no caer sobre su vomito, las piernas le fallaban. Seguía riendo. Cuando estuvo a punto de desvanecerse, sintió como dos personas lo sujetaban fuertemente por ambos brazos.

-“Gracias a Dios que me atraparon”- Pensó, sino al otro día tendría su ropa toda manchada y hedionda.

Pasó volando entre toda la gente, nadie lo observaba ¿Quién lo llevaba? ¿Serían Luccía y Anabella que lo habían rescatado? Su cabeza se encontraba pesada, no tenía fuerzas para mirar a los costados, apenas podía abrir sus ojos. ¡Pero qué rápido se iban moviendo!

Para cuando se dio cuenta, estaba boca arriba sobre una cama, una gran cama, tamaño matrimonial. Que relajado se sentía… Quería dormir… ¡Sí! Dormir le vendría bien.

Se acurrucó, volteándose a un lado, intentando dormir.

- Todavía no, bonito- Escuchó que le decían-. Ya vas a dormir en la eternidad, solo unos momentos más- También pudo oír una segunda persona riendo a carcajadas.

- “Apaguen las luces”- Quiso gritarles, pero se dio cuenta que solo lo había pensado. Alguien se acercaba gateando sobre la cama, podía sentirlo, pero estaba tan cansado que no quería ni abrir los ojos. Ahora lo besaban. ¡Qué suaves eran aquel par de labios!

Se encontraba boca arriba nuevamente, no supo en qué momento quedó en esa posición o cuándo le habían comenzado a quitar la ropa. Abrió sus ojos y vio a los dos hombres que se le habían escapado antes. Lo besaban, le quitaban la ropa. ¡Sí, lo había conseguido! Que afortunado se sentía al haber sido rescatado por esos hombres inhumanamente sensuales. Sintió como la cálida sangre recorría su cuello, bajando hacia su pecho.

- “¿Sangre?”- Pensó. Pero… ¡Qué rico se sentía!

El pánico lo dominó al sentir varios pinchazos por todo su cuerpo. Ardían un momento y luego era como si desaparecieran bajo los mágicos besos de los hombres.

- “¿Esto es hacer el amor? ¿Era eso el placer carnal?”- No supo que contestarse.

Sentía que en cualquier momento acabaría todo, pero no quería. Deseaba seguir gozando del placer, con los labios de sus dos acompañantes besándole de punta a punta el cuerpo, lamiéndole cada parte de sus zonas privadas.

-“¡Que no acabe jamás! ¡Por favor! ¡OH, sí!”- No podía formular las palabras, cada vez se sentía más y más débil. Se encontraba sin fuerzas, no podía ni gemir.

En su cabeza comenzaron a formarse varias imágenes de su infancia, sus primeros días en el colegio, su primer amor, los domingos en familia, las salidas con sus padres y otras que apenas podía reconocer.

- Papá- Dijo en un hílo de voz.

Lo último que Emmanuelle pudo ver, apenas logrando abrir sus ojos, fue la belleza de Sebastian y Mapini entrando en la habitación con caras de susto.

-“¿Por qué esas caras?”- Pensó- “¿No quieren un poco de mi sangre?”.