martes, 28 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXIII- La Saga del Hombre Lobo - Zemial - ]

Me había despertado el olor a carne frita mezclada con cebolla que viajaba por el aire desde la cocina hasta mi habitación. ¡Puaj! Cómo detestaba la cebolla.
Apenas podía abrir mis ojos. Bostecé y estiré mis brazos para desperezarme.
El brillo del sol de medio día penetraba mis párpados. El ventanal de mi habitación se encontraba abierto de par en par.
Podía oír la típica música de fin de semana de mis vecinos... los abuelos de Mapini.
Era sábado, eso significaba que el ruidaje recién iba a comenzar a la noche, y duraría hasta el atardecer del domingo.
Luego de levantarme, quise asomarme por el balcón para intentar verlo, como lo intenté otras veces, pero era inútil, desde que pasó lo que pasó, él nunca más visitó la casa de sus abuelos, me evitaba completamente, ni siquiera me llamaba por teléfono, desapareció de la faz de la tierra, como si hubiese muerto.
Me calcé el primer pantalón que encontré y caminé escaleras abajo.
Mi mamá se encontraba de espaldas cocinando, con su larga y enrulada melena negra hasta la cintura. Llevaba un vestido muy largo y demasiado floreado para la época. No se había percatado de mi presencia.
Entrecerré mis ojos, estiré ambos brazos e intenté bostezar, pero ella sin mirarme, ágilmente me arrojó una camiseta impactandola en mi pecho, cortándome el bostezo. No le gustaba que anduviese desnudo por la casa. Amí me hacía sentir cómodo, cuanta menos ropa, mejor, pero ella creía que podría enfermarme o algo por el estilo, aunque aveces lo tomaba con gracia y me decía que no le gustaría cuidar de un cachorrito con moquillo
- ¿Te preparo algo para desayunar?- Preguntó sin mirarme.
Me sorprendía la facilidad con la cuál me reconocía y sabía lo que me sucedía. De verdad que se me hacía extraño porque yo me creía una persona compleja y enigmática. Siempre intentaba ocultar toda clase de sentimientos, así me ahorraba problemas. Nunca me gustaron las charlas de padre e hijo, porque ni ellos ni nadie pueden saber que es lo que realmente pasa por mi cabeza. Dan teorías y ejemplo, creyendo que tienen razón en todo, que por ser más grandes saben más ¡Pero no! ¡No soy estúpido! Yo también pienso por mí mismo, aunque en éste caso no me desagradaba que ella supiese que era lo que me sucedía: Tenía hambre.
Refregé mi estomago, le di una palmadita y sonó hueco: Noté que era hora de depilarme la panza, no me gustaba tener pelitos en el pecho, se me hacía desagradable, prefería ser lampiño, así podía lucir mejor mi físico.
- Mejor... voy a esperar la comida- Le dije. Realmente estaba hambriento, pero desayunar con lactosa, no me alimentaba para nada. Podía sentir el olor a la carne fresca, la sangre que todavía desprendía. ¡Agh! Tenía que resistirme. Mi cuerpo pedía a gritos sangre, aunque comer un pedazo de carne jugozo no era lo mismo que beber de una fuente humana, cálida y tan llena de vida, pero al menos me relajaba. Me tembló todo el cuerpo de tan solo pensarlo, y tuve que tragar la saliva que se me había juntado en la boca.
- Olés a sudor y anoche volvíste tarde- Me dijo con un tono de voz que sonaba a reproche.
Necesité sentarme para poder contestar. Recordé lo vivído:
El olor a muerte caminando entre los bosques de Palermo la persecución y el enfrentamiento que patéticamente terminó en nada. Eramos más, los superabamos en número, pero cometímos un grave error... y fue separarnos.
- Nos cruzámos con dos sanguijuelas- Le dije. Mi madre dejó de pelar papas y soltó el cuchillo. Ahora me observaba fijamente, pero se mordía el labio - No pudímos hacer nada. Atacaron a una humana, pero llegué justo a tiempo para salvarla- Apoyé mis codos en la mesa, junté mis manos y dejé la mirada perdída, recordando bien lo que había sucedido- Nos rodearon... pero no atacaron. Se fueron, no querían matar- Negé con la cabeza, me encontraba frustrado- Ayañir se encontraba furiosa, pero la prioridad era esa humana, así que la llevamos con Rucalaf para que la revisara.
Recordé como salimos de aquél túnel a toda prisa, pero cubriendonos las espaldas, olfateando atentamente por si era una emboscada, pero no, ni un rastro de los chupasangres.
Yo deseaba dejar a los tres inconcientes con Rucalaf, y volver por los dos pálidos. La rabia viajaba por mi sangre a una gran velocidad. Sentía que el corazón se me iba a escapar por la boca, pero nos ordenenaron que volviéramos a nuestras casas, que los adultos se iban a encargar del tema. ¡Pero que mierda! ¡No iban a hacer nada!
Rucalaf nos aseguró que la jovencita iba a estar bien, que había perdído demasiada sangre, pero no lo suficiente como para morir o para un transplante. "Transplante de sangre" pensé... Lo mismo que había hecho Mapini conmigo, hasta convertirme en lo que soy ahora... un híbrido, una especie de zombie devorador de carne fresca y bebedor de sangre humana.
La jovencita iba a necesitar un buen tratamiento psicológico luego del ataque, pero intentarían convencerla de que solo sufrió un asalto y nosotros la socorrímos.
Aunque las palabras de los superiores me tranquilizaran el alma, la furia por aquél... chupasangre ¡Ah! Me volvía loco.
Tuve que salir a correr entre los árboles de Campo de Mayo, donde se refugiaban los otros licántropos y vampiros Puros infiltrados en la Armada Militar Argentina.
Corrí como nunca lo había hecho. Mi cuerpo humeaba literalmente por el frío de la noche y mi calor corporal. Gasté mis energías destruyendo árboles a mi paso, ensangrentandome los puños, porque si llegaba a casa lleno de energías, más la rabia que me dominaba, no sabía de lo que era capaz. Tal vez hubiese ido de nuevo cerca de donde atacaron a la jovencita, e intentaría cazarlos yo mismo, no me interesaba ¡Nos habían humillado! Nosotros cuatro eramos el mejor grupo de jovenes que tenía la manada... ¡Y dos chupasangres se nos burlaron!
Golpeé la mesa con furia. Mi madre ya me había servido la comida, y me observaba desde el otro extremo, sumida en sus pensamientos, como si estuviese analizando la situación, lista para darme un buen sermón o comenzar esas odiosas charlas que tanto detestaba.
Olí la comida, se encontraba perfecta, pero mi apetito se había cerrado. Detesté que lo psicológico moviese a lo orgánico. Comí sin ganas, tan solo para no tener que escuchar a mi madre.
Luego de comer, subí a mi habitación y prendí la computadora. La veía demasiado inservible sin Internet, pero al menos guardaba mi música, videojuegos y fotografías. Seleccioné el reproductor de música y me recosté boca arriba sobre mi cama, con los brazos por debajo de mi cabeza e intenté pensar en otras cosas... cosas lindas, que me hicieran sentir bien, como que en dos semanas iba a cumplir un año de noviazgo con Mellodie, una licántropa que conocí y me cambió la vida, que me salvó. La mujer más hermosa que jamás haya pisado la tierra, la mujer a la cual amé como a nadie más... Si, ella era todo en ese momento para mí, no tenía ni por qué dudarlo, además ella sentía todo lo mismo por mí, aunque nunca lo dijera, porque es tonta, pero yo sé que me ama. Hago todo por ella y sé que algún día va a reaccionar y lo va a reconocer, pero por ahora lo toma como un juego.
Soy demasiado afortunador por tener a esa mujer, ya que tiene demasiados pretendientes, pero me eligió amí, soy el único, no me interesa que me haya engañado, no, eso sé que lo hizo para quitarse las dudas de si soy o no lo que ella realmente quiere, pero ¡Ah! ¡Qué feliz me hacía sentir! Aunque vivamos discutiendo (Siempre por su culpa y sus errores, claro) pero seguímos juntos. La amo, y siempre lo voy a hacer.
Por detrás de la música, oí la voz de mi mamá llamándome desde abajo. Me levanté y desde la puerta de mi habitación le pregunté que necesitaba y ¡Ah! Era Mellodie que me llamaba por teléfono.
Corrí de nuevo escaleras abajo hacia el living para contestarle.
Esa habitación era uno de mis lugares favoritos de la casa, luego de mi cuarto. Me gustaba la decoración rústica, con muebles del siglo XIX y un televisor plasma de cincuenta y dos pulgadas, desvirtuando el ambiente. En la televisión estaban dando las últimas noticias, y como todos los días, habían muertes, descontrol, violencia, robos, pero ahora hablaban sobre un misterioso incendio, pero no le presté atención, y sin más distracciones contesté el teléfono:
- Hola mi negra- La saludé con una gran sonrisa en mi rostro, aunque fue en vano porque no podía verme, pero por el tono de voz que utilicé, sé que se lo hice saber. Ella se rió.
- Eh... hola- Me dijo. Seguía riendo, pero sonaba nerviosa ¡Bah! Me lo imaginé.
Estuve un buen rato riendo y alagándola, diciéndole cosas lindas, mientras mi madre pasaba de vez en cuando y me miraba extraño. Mellodie no era de decirme cosas lindas, pero yo sabía que se los guardaba por verguenza, pero no me importaba. Lo que sí me molestaba, era que me agradeciera cada vez que le recordaba lo herosa que es, o me contestara con un "Yo también" cuando le decía lo mucho que la quiero.
- Te amo, te amo tanto, te quiero ver- Le seguí diciendo, repitiendolo como un loro. Ella volvía a reirse tontamente, como si estuviese nerviosa, preocupada.
- Em, si, sobre eso te quería hablar- Ahora no se reía. Intentó mantener la voz seria, pero era tan tonta.- ¿Podés venir a casa ahora?-
Mi corazón latió desesperadamente. No veía las horas de verla, necesitaba tenerla cerca, dependía de ella.
Me calcé unas zapatillas All Stars gastadas y salí. Ni siquiera me lavé la cara, no me peiné y ni me gasté en bañarme. Pensé que de seguro lo iba a notar y se iba a alegrar al darse cuenta de lo emocionado que estaba por verla.
Caminé demasiado, pasé por la puerta de la casa de Mapini y me detuve unos segundos para observar desde las rejas, pero no veía a nadie, solo a Shermie que dormitaba a un costado. Agucé mis oídos pero tampoco oí ni sentí vida dentro de esa casa. Bueno, era mala suerte, me encontraba tan feliz que no me interesaba romper el pacto de con Mellodie de no volver a la casa de mi amigo. ¡La iba a ver! Eso me emocionaba aún más y caminé las diez cuadras faltantes a una gran velocidad.

Antes de golpear la puerta, Mellodié me abrió, tomándome por sorpresa, dejándome sin aire. ¡Se veía mucho más hermosa de lo que la recordaba!
Llevaba la mitad de su cabello atado por detrás, y la otra mitad le caía por la espalda. Se lo había vuelto a aclarar, ahora se veía mucho más rubia. Sus ojos marrones se encontraban rodeados por deliñeador negro y una capa de corrector de ojeras. Sus labios pintados de rojo, no tan llamativo, parecía bordó. Tenía puesta una campera de vaquero blanca y un pantalon elastizado azul.
Se que me miraba porque yo había quedado boquiabierto, pero ni yo sabía si por su hermosura o por el acto de abrirme la puerta antes de que yo tocara
- Te puedo sentir a cuadras... ¡Oles fatal!- Me dijo, y yo le sonreí. A veces era tan bromista. Le coloqué una mano debajo del mentón ¡Ah! Su cara era tan redonda y suave, parecía una muñequita, y la quise besar, pero se cruzó de brazos, me corrió la cara y creí ver como fruncía su nariz.- Te quiero- Dijo, pero sin dirigirme la mirada.- Nunca te quise lastimar- Ahora yo sonreí y di una pequeña carcajada, aunque no entendía por qué me decía esas cosas, aunque no me quejaba, sinó que me encantaba que me lo dijera - Pero....-
- ¡Ay negri! Yo también te quiero.
- No... Nunca me gustó que me dijeras negri. Perdoná, siempre pensé en vos y tus sentimientos, pero nunca en mí, y no puedo seguir más así- Bien, ella seguía hablando seriamente, pero no la entendía.- Te quiero, pero no puedo seguir con ésto.
- ¿Cón qué? - Pregunté riendo nerviosamente, y ahí la recordé a ella riendo por teléfono, usaba el mismo tono de voz.
- Con todo ésto... con nuestra relación- Esa confesión me dolió como una patada al hígado.- Siempre me gustaste por ser el más fuerte del grupo, pero nada más.- Quise besarla nuevamente, tal vez la podría callar y hacerla entrar en razón.- ¡Zemial! ¡No!- Me dio un golpe en el rostro. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no por el dolor, sinó por sus palabras que me herían profundamente como cientos de dagas apuñalando mi alma.
- Por favor- Le dije, tomándola de las manos. Ella me sonrió, pero era una sonrisa llena de amargura. Yo sabía que estaba confundida, que ni ella sabía lo que realmente sentía.
- Me gusta otra persona- Me dijo
Creí o quise haber escuchado mal. Le solté las manos y le dejé de mirar.
- Mejor me voy- Dije dandome vuelta.
- Zemial, por favor...
Pensé en gritarle muchas cosas, sentí repugnancia por ella. Varias veces habíamos discutido y casi rompemos la relación, pero ésta vez...
- Nunca te voy a odiar- Ella se quedó callada. Nos quedámos mirándonos.
- Si me odias, va a ser lo mejor, así te olvidas más rápido de mí, y vas a sufrir menos- Dijo intentando poner un tono de voz alegre.
Tragué saliva, ella me miraba sin expresar ningún remordimiento, al menos me hubiese gustado verla angustiada por mí.- Estoy enamorada de un vampiro-
Me sentí mal por haberle mentido con eso de "Nunca te voy a odiar" porque en esos momentos la odiaba con toda mi alma. Le sonrei, ella me devolvió la sonrisa. ¡Que tonta era! Ni siquiera podía ver a traves de mis ojos y darse cuenta de lo mal que me sentía.
Me fui, la dejé en la puerta. Caminé dos casas de distancia y me frené para volver, con las esperanzas de que ella estuviese esperandome en la puerta para pedirme perdón, pero no estaba, ya se había ido.
Corrí como lo había hecho la noche anterior. Estuve caminando por horas sin rumbo alguno, intentando no pensar, odiándola con todo mi ser.
Ya había oscurecido, tenía hambre, sed. Tenía miedo de cometer alguna locura. Había mucha gente por la calle... podría comer de alguno... ¡No! no soy un animal, yo los defiendo a ellos de los monstruos... Monstruos como yo ¡Ah! Odié con toda mi alma a Mapini. No podía creérlo, odiaba a las dos personas que más quise en mi vida.

Había caminado demasiado y me encontraba a una cuadra de la casa de Mapini.
Veía movimiento de personas, oía música y olía a muerte.
Caminé por la vereda, había demasiadas personas, mayormente adolescentes.
La muerte pasó por mi lado vestida de negro, en el cuerpo de un hombre bañado en sangre, con sus brazos colgando a ambos lados como si fueran de marioneta, moviéndose tan rápido que los hacía planear por detrás de él.
Me shockeó al pasar a pocos centímetros de mí, inhundándo mis pulmones con el aire cargado de sangre. Otra vez mi boca se llenó de saliva, pero me repugnó su olor a muerte.
No lo dudé ni un segundo, corrí detrás de él.
Sintió mi presencia, la había pasado por alto, nisiquiera me había olído, pero cuando se percató de mí, cruzámos las miradas y ví como le brillaban sus ojos violetas. Me pregunté por qué ese Convertído había salido de la casa de mi amigo. El chupasangres se dirigió hacia los bosques ¡Touché! Otros lobos se encontraban en el área, escuché sus aullidos.
Me encontraba cansadísimo, maldecí por dentro. Respiré profundamente y gemí de dolor, no estaba acostumbrado a utilizar la transformación, casi nunca la utilizabamos, porque no habían tantos Convertidos por cazar.
Sentí una presión en el medio de mi rostro, por arriba de mi nariz, que comenzó a estirarse, convirtiéndose en una mandíbula de lobo con dentadura canina.
Mi pecho se ensanchó, mis músculos se desgarraron, agrandándose en segundos, convirtiéndome en un hombre de dos metros, con espalda tan grande como la de dos fisicoculturistas, y la parte que más detestaba, era toda la piel animal que me cubría, convirtiendo mi cuerpo en un recipiente térmico.
Mis uñas se alargaron diez centímetros, quedando puntiagudas, afiladas como pequeñas navajas más resistentes que el acero.
Escuché como se reía el vampiro, lo olfateé y olía igual al de la noche anterior. Un fuego recorrió por mi cuerpo, sentía que iba a estallar de rabia.
Corrí tan rápido que veía borroso todo lo que me rodeaba. El Convertído esquivaba árboles ágilmente, pero sus brazos inértes chocaban con todo al pasar.
Ayañir hizo acto de presencia. Apareció justo enfrente de nosotros, tomándo al vampiro por el cuello. La amenazaba con morderla, haciendo ruidos desagradables con la boca.
Di un gran salto en el aire, estiré un brazo y junté los dedos. Caí a una gran velocidad, atravezándole la espalda al Convertido con mi mano, haciéndolo escupir sangre, manchándole el rostro a mi compañera que seguía en su fase humana. Ella lo soltó y se hizo a un costado para limpiarse el rostro.
El vampiro se ayudó con las piernas para separarse de mí, y cayó de lleno sobre la tierra. Se puso de rodillas e intentó correr nuevamente, pero lo tomé por la nuca. Daba gritos pero no entendía nada de lo que decía, Ayañir le había quebrado la garganta y todavía seguía escupiendo sangre.
Lo tiré al suelo boca arriba, obligándolo a que mirase directamente hacia mis ojos dorados. Su cara se llenó de temor como si supiera lo que iba a suceder.
Me desquité con él, no sentí lastima. Lo golpié descargando toda mi furia. La sangre tocó mis labios y no me controlé.
Lo despedacé, comí cada parte de su cuerpo, bebí toda su sangre. Ayañir intentó detenerme, pero me encontraba ciego, descontrolado, y la golpié, haciéndola volar varios metros. Se puso de pié y se marchó, dejándome solo.

Estaba por amanecer y todavía me encontraba en el bosque. Hacía más o menos una hora que no escuchaba algún aullido, eso significaba que todos los demás se habían retirado.
Me encontraba solo, junto a los pedazos del cuerpo destrozado del Convertido, que todavía se movía. En unos instantes iba a salir el sol e iba a desintegrarlo.
Caminé hacia mi casa, recorrí el camino por inercia, mi cabeza estaba en otro mundo.
Entré por el ventanal de mi habitacón para no alarmar a los que dormían. Me dirigí hacia el baño y dejé caer el agua en la ducha. Me quité la ropa ensangrentada y lentamente me arrodillé debajo del agua.
No tenía fuerzas, me sentía fatal.
El corazón me dolía como nunca antes. Golpié la pared. Quise gritar, pero me mordí el labio, haciéndolo sangrar. Mis lágrimas pasaban desapercibidas junto a la lluvia caliente que masajeaba mi cuerpo.
Me recosté en la bañera, puse los brazos bajo mi cabeza como almohada y cerré los ojos, quería que todo termine, necesitaba sentirme mejor, me quería morir, pero el cansancio me ganó, haciéndome revivir en una especie de sueño, la noche anterior bañada en sangre.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXII- Paul's - ]



Lo único que le había dicho, era que se liberara, nada más.
El pequeño vampiro se encontraba descontrolado, Mapini se preguntaba que había hecho, en qué lo había convertido. Su primer impresión había sido totalmente distinta a lo que ahora le enseñaban sus ojos, empezando desde la vestimenta hasta su corte de cabello. El solo hecho de tenerlo enfrente, le provocaba rabia, deseaba saltarle al cuello y desangrarlo hasta la muerte; no soportaba su presencia, le parecía chocante. Su mirada con grandeza y sus expresiones soberbias lo ponían loco, pero lograba contenerse, sabía que era su culpa, pero no podía hacer nada para remediarlo.
- ¿Qué te pasó?- Le preguntó Mapini, con un tono preocupado, observándolo.
- Nada- Contestó el vampiro Paul’s, acomodando su campera de Jean, gesto que hizo que Mapini quisiera golpearlo con más ganas.- ¿Por qué lo preguntas?- Su rostro había cambiado de misterioso a soberbio. Mapini no contestó nada, no podía creer lo que veía. Ese joven que tenía frente a sus ojos, no era su Paul’s, el Paul’s joven e inocente que había conocido meses atrás.


-Cinco Meses Atrás –


- Hijo, él es Paul’s- Gabriel leía el pensamiento de los dos jóvenes vampiros al presentarlos, llevaba una gran sonrisa en su rostro.- Espero que sean buenos amigos.- Dio una leve carcajada, observó a su hijo y se marchó.
Mapini y Paul’s se observaron por un instante. Gabriel había sonreído al escuchar el pensamiento de los dos.
- Un vampiro de ciudad- Pensaba el más joven asombrado.
Los pensamientos de Mapini habían sido confusos, él no había dicho nada, tan solo había creado imágenes en su cabeza de un futuro no tan lejano, con Paul’s a su lado, recorriendo toda la Argentina.
- Mucho gusto- Dijo Paul’s, estirando su brazo hacia el otro vampiro, para estrecharle la mano, con una gran sonrisa en su rostro.
Mapini pudo sentir como Paul’s lo admiraba. El sentimiento era muy grande e inquietante. Ambos estrecharon las manos, pero Mapini no dijo nada, solo observaba y le dedicaba una leve sonrisa.

Los días transcurrieron y se fueron conociendo más y más, hasta entablar una gran amistad. Salían todas las tardes en la camioneta de Gabriel, recorriendo varios sitios y marcando sus lugares de cacería. Frecuentaban un bar, a pocas cuadras de la casa de Paul’s, frente al parque 9 de Julio. Bebían alcohol como cualquier adolescente, para verse como humanos y así sentir los efectos de ebriedad que tanto les agradaba.
Al salir del bar, se trasladaban al lugar más céntrico para alimentarse. Era un juego, así lo veían ellos. Lograban olvidarse de sus vidas, de los cientos de problemas que los atormentaban. Mapini le contó en varios días, la historia de su vida y así fue olvidándose de la pérdida de su amigo; en Paul’s veía el hermano menor que siempre deseó y Paul’s en él veía exactamente lo mismo, un hermano mayor, al cuál seguir, aprender e idolatrar.
El tiempo seguía transcurriendo. Un mes.
Mapini tenía que volver a la gran ciudad, a seguir su vida.
Esa noche, se habían quedado bebiendo en el bar hasta tarde, se encontraban saciados de sangre, no hacía falta salir a cazar de nuevo. Los padres de Paul’s habían pedido que regresaran temprano.
- Son las tres de la mañana- Decía Mapini, con su teléfono móvil en mano. Paul’s sonrió.- Vamos porque nos van a matar ¡Mirá en el estado que estás!
Los dos dieron una fuerte carcajada y varias personas que se encontraban en el lugar, voltearon para verlos.
- Mis viejos se llegan a enterar que tomamos tanto, y no me van a dejar salir más con vos- Y tomó el último trago de ron.
Ayudándose con la mesa, Mapini se puso de pié, haciéndole señas a su amigo para que haga lo mismo. Dejó en la mesa varios billetes y salió a la calle, seguido por Paul’s. Apuntó con las llaves al vehículo estacionado y desactivó la alarma.
- Demos un par de vueltas por acá un rato más - Dijo Paul’s forzando una sonrisa. Mapini sintió el mismo dolor que Paul’s, pero no era un dolor físico, algo estaba atormentándolo, haciéndolo sentir mal.
- ¿Estás bien?- Le preguntó Mapini con un tono que denotaba preocupación.
Paul’s asintió con la cabeza y subió a la camioneta en el lugar del acompañante.- La policía nos llega a parar y estamos muertos-
- Pero ¿No lo estamos ya?- Preguntó Paul’s en un tono burlón.
- No, no lo estamos, pero cuando te vean llegar en ese estado, tus papás nos matan- Los dos rieron.
Mapini miraba hacia el frente, por donde manejaba. Paul’s llevaba su cabeza a un lado, apoyado sobre la puerta, mirando por la ventanilla hacia el parque en la noche, empañando el vidrio con cada suspiro. De vez en cuando se veía una pareja que salía a caminar o autos estacionados. Vagabundos recolectando basura y perros sueltos corriendo. Ninguno de los dos decía nada, solo se escuchaba la música de fondo que sonaba desde el estéreo.
- Se que te vas mañana.- Dijo Paul’s en un tono que irradiaba furia y tristeza, quebrando el silencio de los dos.- Escuché a tu papá hablando sobre el tema-
Mapini no sabía que decir, siguió manejando, ahora se dirigía a la casa de Paul’s para dejarlo. En su garganta se había creado un nudo a causa de la culpa que lo dominaba. Se encontraban cerca, a un par de cuadras, pero se le hicieron eternamente interminables. Al llegar apagó la camioneta y quitó las llaves, jugaba con ellas entre sus manos, no sabía que decir, solo esperaba que Paul’s se despidiera normalmente y descendiera, sin preguntarle nada. Se encontraba nervioso. El silencio ahora dominaba el ambiente.
- ¿Cuándo pensabas contármelo?- Preguntó Paul’s todavía mirando por la ventanilla.
- ¿Contarte qué?- Preguntó Mapini. La culpabilidad lo estaba matando, en el tiempo que llevaban juntos, se había enterado que Paul’s no tenía amigos, que sus padres no lo dejaban salir más que al colegio, tampoco podía sociabilizar con humanos. Era una persona triste y solitaria.
Dejó la llave sobre sus piernas y posó las manos sobre el volante, observando por el parabrisas, mirando sin mirar. Pasaron varios minutos hasta que Paul’s volvió a hablar.
- No te vayas Porteño- Así solía llamar Paul’s a Mapini- Sos lo único que tengo- Mapini deseaba que dejara de hablar y se marchara. Odiaba el sentimiento de culpabilidad que le producía su amigo.
- Eso tiene que cambiar- Dijo Mapini, aclarando su voz- Tenés que salir, liberarte de tus viejos, tenés dieciséis años, disfrutá tu vida, tu adolescencia.- Y al decir eso, lo miró fijamente.
- Pero…- Paul’s ahora lo observaba también- Vos sabes como son, solo puedo salir con vos y me encanta… Sos todo para mí- Sus ojos se habían llenado de lágrimas. Mapini frunció los labios y se pellizcó la pierna para soportar el momento – Por favor, no te vayas.- Paul’s se lo quedó mirando con la cara bañada en lágrimas. Mapini quería salir corriendo, le partía el alma ver a su amigo así.
- Está bien.- Mintió Mapini. – Prometo quedarme.-
Paul’s saltó a sus brazos, sellando el momento con un gran beso, expresándole todos sus sentimientos al mayor.
- Quedáte ésta noche conmigo – Invitó Paul’s a Mapini.- Les decímos que bebiste demasiado alcohol y que es peligroso que manejes en ese estado.-
Mapini lo dudó varias veces. Su avión partía al medio día hacia Buenos Aires, además los padres de Paul’s no iban a creer la historia del alcohol ya que a los vampiros no les hace perder el equilibrio ni los reflejos y pueden conducir tranquilamente, pero el rostro de Paul’s… se veía tiernamente feliz, no podía romperle el corazón en esos momentos. Se quedaría con él, hablarían toda la noche hasta que el más joven se durmiera y luego se marcharía.
Paul’s se encontraba fuera del vehículo, haciéndole señas a Mapini para que lo acompañara. Bajó, cerró con llave y colocó la alarma. Caminó hacia la entrada de la casa y dio un gran suspiro. El padre de Paul’s abrió la puerta, había oído el ruido de los portazos al cerrar la camioneta y se levantó para ver quién era.
- Se queda en casa- Informó Paul’s, entrando sin saludar, pasando directamente hacia su habitación.
- Buenas noches- Dijo Mapini cordialmente al entrar. El padre de Paul’s asintió con la cabeza y cerró la puerta por detrás al pasar.
Se dirigieron a la habitación decorada con láminas de soldados y películas de guerra. A un costado se encontraba la cama de Paul’s, toda desordenada, con muchos almohadones encima. Paul’s sonrió y se acostó boca arriba con sus brazos estirados. Mapini se quitó su saco de vestir y lo colocó sobre un mueble que tenía una lámpara sin funcionar. Seguía nervioso.
- ¿Vas a dormir?- Pregunto Mapini observando a Paul’s.
- ¿Vos tenés sueño?
-Estoy cansado, pero estoy bien.
- Recostate, hay espacio para los dos- Dijo Paul’s, golpeando el espacio libre que tenía a su lado. Mapini se acostó, se puso de costado observando a Paul’s muy cerca. Lo veía muy inocente y puro. Se puso a pensar en todo lo vivído juntos y lo mucho que había llegado a apreciarlo. Le encantaba pasar tiempo con él, Paul’s lo llenaba completamente de alegría.
Hablaron toda la noche de temas vividos y no paraban de reírse. Jugueteaban el uno con el otro tocando sus cabellos y seguían riendo.
La culpabilidad asaltaba a Mapini en todo momento, no entendía cuando había pasado a ser una persona tan importante para Paul’s. Le dolía saber que Paul’s iba a estar solo otra vez por mucho tiempo luego de que partiera, pero se consolaba pensando que se iban a volver a ver e iba a tener la oportunidad de disculparse por haberlo hecho y todo sería como antes.
Las manos de Paul’s acariciaban el rostro y los cabellos de Mapini. Sus ojos brillaban de felicidad. La noche pasó a ser día y Paul’s cayó dormido en los brazos del más grande. Se veía igual que un bebé. Mapini se sentía cómodo, muy cómodo. Cerró sus ojos y seguía pensando. Recordó a su amigo de la infancia y del tiempo que pasaron juntos, las veces que se habían quedado dormidos luego de amanecerse hablando noches enteras. Sonrió.
Cuando Mapini despertó, se dio cuenta de que el sol ya se encontraba en lo más alto. Había escuchado la puerta de entrada y a su padre hablando. Vio a Paul’s acurrucado a su lado durmiendo tranquilamente. Observó la hora y se levantó sobresaltado, su avión salía en una hora. Caminó hacia la entrada de la casa, ahí se encontraba su padre y el padre de Paul’s hablando. Los dos lo saludaron al verlo y siguieron hablando.
- Buenos, saludá y vamos- Dijo Gabriel, saliendo al exterior de la casa.
Mapini le estrechó la mano al vampiro de cabello colorado y quiso pedirle que le de saludos de su parte a Paul’s, pero no pudo formular palabra alguna.
Caminó hacia la camioneta de Gabriel. El sol lo enceguecía, estaba radiante. Colocó las llaves en el auto y sintió su presencia.
- Porteño ¿Ya te vas?- Preguntó Paul’s, refregando sus ojos como lo hacían los nenes chiquitos.
- Si, ya me voy.- Contestó Mapini, mordiendo sus labios. Verlo parado en la puerta le partió el corazón. Paul’s se acercó lentamente. Mapini lo observaba.
- Te voy a extrañar.- Dijo Paul’s con mucha tristeza en el tono de voz. Lo abrazó fuertemente, como si quisiera pegarse y jamás soltarlo.
Los padres los observaban.
- Vamos- Dijo Gabriel desde la camioneta, tocando bocina.
Mapini se separó tiernamente para que de una vez lo soltara. Paul’s sentía mucho aprecio por Mapini en ese momento, y a la vez la tristeza lo dominaba. Metió su mano en el bolsillo y sacó un pequeño osito de peluche con una P grabada en el centro de la remera que lo cubría y se lo dio a Mapini.
- Para que nunca te olvides de mí- Susurró Paul’s. Dio media vuelta y entró en su casa, perdiéndose de vista.
Mapini apretaba el oso fuertemente, observándolo. Quería entrar en la casa y expresarle todo su amor también, pero sabía que si lo hacía, iba a destrozar mucho más el corazón del más joven.
- Nunca te voy a olvidar.- Pensó el vampiro con el oso en su mano. Observó a Gabriel que se encontraba oyendo sus pensamientos. Se dedicaron una sonrisa y subió a la camioneta, dejando atrás toda su historia con Paul’s.

Y ahí estaban ellos, luego de cinco meses sin saber nada el uno del otro, observándose como si fuese la primera vez que se veían, como si no se conocieran, como si sus vidas hubieran dado un gran giro inesperado y empezara todo otra vez.
Paul’s se encontraba rodeado por dos jóvenes muy atractivas, una de ojos color miel y la otra grisáceos. Las dos llevaban el mismo vestido color rojo sangre muy ajustado al cuerpo, marcando sus curvilíneas. La piel de las jóvenes era un color muy común del lugar, bronceadas, color trigueño. El cabello lo llevaban muy largo, hasta la cintura, pero una lo tenía de color negro y la otra bien rojizo con rulos; dos ejemplares de hermosas humanas. A Mapini la de cabello oscuro, le hacía recordar a Tamarah por su expresión de aire soñador.
Paul’s se veía reluciente también, el cabello bien oscuro, peinado hacia un costado perfectamente, sus pómulos estaban bien marcados, era diez o veinte centímetros más alto que antes y su cuerpo había crecido aún más. Se podía notar que había trabajado mucho tiempo con su físico. Ya no se veía más como un joven tierno e inocente. En sus expresiones, se denotaban sus experiencias de vida, la madurez conseguida.
Su piel cobriza seguía intacta, como todos los vampiros, ni una arruga, ni un rasguño, exactamente como lo recordaba, plenamente hermoso, pero eso incomodaba a Mapini, su repentino cambio. Cinco meses le parecía muy poco tiempo para tal cambio. Seguía sin poder entenderlo. Se preguntaba dónde había quedado su inocencia. Su antiguo amigo.
- Veo que no cambiaste en nada - Decía Paul’s sonriendo, pero no era una sonrisa agradable, sino todo lo contrario, desagradaba en todo sus aspectos. Su aire de superioridad era lo que más le molestaba. Las dos mujeres se encontraban muy cerca de él, sonriendo y haciendo caras simpáticas a Mapini, pero las ignoraba.
- Y veo que a vos, se te subieron los humos a la cabeza- Dijo Mapini. A Paul’s no le había hecho mucha gracia, pero igual le dedicó una sonrisa que más parecía una mueca de desagrado.
- Tanto tiempo sin verte, amigo- Exclamó Paul’s, estirando ambos brazos hacia Mapini para saludarlo, lo rodeó por los hombros y lo soltó de inmediato. Mapini no pudo sentir ni un poco de cariño por ambas partes, el aire estaba cargado de falsedad.
- Veo que tenés eso todavía- Paul’s observaba el llavero que colgaba del cinturón de Mapini, donde estaba el oso que le había regalado tiempo atrás.
Mapini asintió con la cabeza. Pudo percibir la rabia que dominaba a Paul’s al ver tal recuerdo- ¿Cómo va la vida en la gran ciudad? ¿Llena de emociones?- Paul’s no esperaba respuesta, solo se había burlado.-Me enteré que te vas a quedar a vivir un largo tiempo por éstos lugares.- Lo fulminaba con la mirada- La ciudad es muy pequeña para los dos… Claro, hablo por el tema de la cacería.- Mapini lo observaba fijamente, confundido. ¿Paul’s estaba marcando su territorio?- Nos es por nada, viejo amigo- Decía, subrayando la última palabra- pero voy a tener que pedirte que te limites a cazar por acá, que vayas bien lejos.- Otra vez volvió a subrayar la última palabra.- Lo sabes, como te dije, no es por nada, simplemente precaución, para evitar sospechas y esas cosas.
-Quedáte tranquilo, lo voy a hacer.
- Espero que así sea, aunque ya no puedo confiar en tu palabra, la última vez…- y no terminó la oración, evadiendo el tema- ¿Estás hambriento?- Preguntó, acercándole las dos jóvenes humanas como aperitivo.
- No.- Mintió Mapini, ladeando su cabeza- Paul’s, son humanas ¿Qué estás haciendo? Acaban de escuchar todo lo que hablamos.
- No te preocupes, están bajo el hechizo de mis ojos, y sí… podes confiar en mi palabra.- Esa última frase, había quebrado a Mapini en mil pedazos.
- Ya veo, aprendiste a usar bien todos tus dones.
- Y los que te faltan ver, amigo… los que te faltan ver.- Mapini odiaba que Paul’s lo llamara –Amigo- con tanta falsedad. Podía notar lo cambiado que se encontraba, pero no había aprendido a mentirle, además no conocía todos los secretos de Mapini, no sabía que podía percibir los sentimientos de los demás, y agradecía haberse salteado gran detalle cuando eran verdaderos amigos. La familia de Paul's no podía percibir los sentimientos ajenos, se limitaban a cazar oyendo los latídos de los corazones de las personas, un linaje debil, simples soldados.
- Otra cosa que pude notar- Agregó Paul’s- es la poca importancia que me dedicas.
- ¿A qué te referís?- Preguntó Mapini sin entender.
- Hoy- Dijo Paul’s, juntando sus manos- es mi noche.
- ¿Tu noche?- Mapini cada vez entendía menos.
- Exacto, mi cumpleaños- El nudo había vuelto a aparecer en la garganta de Mapini a causa de la culpabilidad ¿Cómo había pasado por alto el cumpleaños de su amigo?- Pensé por un momento, que tu visita había sido por ésta fecha tan importante, pero veo que no, que así no es.- Ahora volvía a sonreírle soberbiamente- pero como buen amigo, te perdono- Subrayó esa palabra- y si estás libre mañana por la noche, te espero en el bar que solíamos concurrir ¿Lo recordas? Ó ¿Ya olvidaste eso también? Es el bar que está frente al parque …
- Si Paul’s, me acuerdo- Mapini quería golpearlo, no soportaba escucharlo ni un segundo más.
- Entonces que así sea. Mañana, donde siempre- Paul’s olvidó sonreír y su rostro había cambiado a sombrío y mortecino, dejando escapar todo su resentimiento contra el más grande.
- ¿Qué estás tramando, Paul’s?- Se preguntó Mapini, y vio como el otro vampiro movía su cabeza y como creaba una expresión en su rostro, contestando «Nada» o eso creyó entender.
Mapini se aterró ¿Había escuchado sus pensamientos? Paul’s tomó a las dos mujeres por la cintura, miró a Mapini y sonrió.
¿Paul’s irradiaba felicidad? Pero ¿Qué era ese resentimiento contra él? Tenía que entenderlo, no podía quedarse. En el bar le pediría disculpas e intentaría arreglar las cosas, así todo volvería a ser como antes. Tomarían un par de copas y luego saldrían de cacería por la oscura noche.
- Yo que vos, no me ilusionaría tanto, hijo. Las cosas cambiaron mucho desde que te fuiste- Gabriel se encontraba caminando hacia su hijo.
Mapini se sentía fatal, quería gritar, se encontraba destrozado. Había vuelto a perder, de cierta forma, a otro ser querido. No entendía por qué le sucedían siempre las mismas cosas. Todos creían que la vida de un vampiro era menos problemática que la de los humanos, pero no, los malditos sentimientos existen en ambas vidas, y cuando se cruzan, al final, terminan cagando todo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XXI- El viaje - ]

- Diez horas después de la fiesta -


Mapini se encontraba arriba del avión, observando el horizonte, volando hacia la ciudad de San Miguel de Tucuman a ochocientos kilómetros por hora. El viaje duraba casi dos horas, ya iban por un poco más de la mitad.
El vampiro ignoraba a la joven y hermosa azafata de cabello rubio que en varios idiomas le preguntaba si necesitaba algo. Él iba sumido en sus últimos recuerdos, que por cierto no eran de los más lindos. Al pensar en todos ellos, quiso saltar desde el avión, pero sin paracaídas.
Se encontraba seguro de lo que estaba haciendo, era lo correcto: Volar lejos de la gran ciudad con todos sus problemas y refugiarse al norte del pais con su abuela y su padre, el vampiro Gabriel, el anteúltimo sobreviviente del linaje karolyi, el cuál hacía siglos atrás había sido uno de los más importantes y poblados, el que había entregado a todos sus neófitos para las guerras, humanas o vampíricas.
Recordó el día en el que le dió su sangre a su ahora difunto amigo, a la jovencita con dientes de conejo que había sido asesinada en el Antro, al violador que Sebastian le había arrancado la traquea, a los otros 195 jóvenes que murieron calcinados, aplastados por los escombros y ahogados por los húmos tóxicos cuando Alex provocó el incendio, la muerte reciente de Emmanuelle y observar desde lejos cuando su padre encontró el cuerpo inerte, luego de que Sebastian lo hipnotizara, haciéndole creer que nunca había asistido a la fiesta, que la muerte fue ocasionada por suicidio. Emmanuelle llevaba cortaduras en ambas muñecas, infligidas con botellas rotas de vidrio, así desangrándose. La sangre la había donado voluntariamente Marcela... ¡Pobre mujer! Mapini había roto su corazón en mil pedazos, al igual que a todos sus amigos, hasta Tamarah que lo intentaba disimular, pero como siempre, no podía.


- Diez horas atrás-

La música se detuvo de golpe, se escucharon varias carcajadas y algunas quejas. Los adolescentes salían misteriosamente tranquilos hacia la calle. Más carcajadas.
- Mis viejos- Susurró Mapini al sentir la prescencia de sus padres en la fiesta. Se encontraba boca arriba, esperando que la sensación de los brazos quebrados de Felix, se terminara. Tamarah intentaba ayudarlo, pero no lo quería tocar, y Sebastian observaba hacia la ventana abierta por la cuál se había escapado el otro Convertido.
En la gran sala quedaban un par de adolescentes desmayados, mientras Soubi caminaba sobre ellos, con sus pasos felinos, deteniendose a olfatearles el aliento, y frunciendo su húmeda nariz.
Marcela y su esposo observaban la situación, intentando mantener la calma.
Una jovencita muy ebria pasó por al lado y acercó su rostro muy cerca al de la madre del vampiro ¡Que asqueroso era aquél olor! La mirada de la muchacha estaba perdida, como lo estaban todos sus sentidos.
- Buena fiesta- Logró formular, tapando su boca para no vomitar, y siguió caminando. El padrastro de Mapini intentaba no perder los estribos y así no arrancarse los pocos cabellos de la cabeza (Llevaba su coronilla pelada)
El lugar era un caos.
En la calle, cientos de adolescentes caminaban desorientados, hablando incoherencias, todavía con jarras y botellas llenas de alcohol.
Varios vecinos se habían despertado (Aunque por la música, mucho no habían podído dormir) y observaban por detrás de las ventanillas de sus casas, por supuesto que ya habían llamado a la policía por precaución.
Shermie era mimada por varios borrachos que le convidaban de sus bebidas y ella inocentemente bebía y fruncía su nariz al hundirla en el alcohol. Perra tonta, lo que hacía por un par de mimos.
Leon y María se acercaron temerosos a saludar a los padres de Mapini, limitandose a sonreirles.
Luccía saludó amablemente. Mapini siempre había hablado de ella y de su encuentro en Italia, pero no la conocían personalmente. Marcela la saludó cordialmente, alegre por haberla conocído, pero amargada por la situación; disculpándose por el destrozo en la casa, diciéndole que era bienvenida cualquier día que deseara, pero en un lugar más apto para una jovencita como ella, nacida de padres médicos reconocidos mundialmente y familia de grandes abogados y escritores. Marcela había quedado fascinada con esa familia luego de que su hijo le contara cada detalle.
El padrastro de Mapini, con unos ágiles movimientos de manos, logró salvar sus jarras escocezas de las garras de un jovencito que apenas podía caminar.
Sebastian alzó entre sus brazos a Mapini, pasándole un brazo por debajo de las piernas y el otro por la espalda. El joven vampiro pataleó en el aire para que lo suelte.
- ¡Estoy bien! - le gritaba, pero el convertido lo observaba fijamente, como si tuviese rayos X en los ojos, intentando convencerse- ¿Qué... qué hacés?- Preguntó Mapini asustado, abriendo los ojos como platos al ver acercarse la boca de Sebastian a su rostro. Mapini cerró sus ojos, intentándo calmarse, respirando profundamente por la nariz, y juntando sus labios para recibir el beso, pero para su asombro, percibió las ganas de reirse de Tamarah al observar aquella patética escena: ¡Sebastian estaba lamiendo la sangre! Y Mapini había pensado que lo iba a besar. Se ruborizó al instante, volviendo a forcejear con el Convertido para que lo dejara bajar. Ésta vez, Tamarah no se resistió, largó una muy audible carcajada que llegó hasta el gran salón, al ver que Mapini caía sentado sobre el suelo.
Marcela intentó encontrarle la gracia a la situación: Su hijo en el suelo junto a un cadaver desnudo y ensangrentado, sangre por toda la habitación, y varias cosas destrozadas. Quiso gritar si, pero intentó ser coherente, poder llegar a deducir qué había sucedido, o escuchar una buena excusa al menos.
El padrastro de Mapini no podía entender. Luego de que taparan el cuerpo y salieran de la habitación, arreglaron el salón ( Muy rápido gracias a la velocidad de Sebastian y Tamarah) Y les contaron todo lo sucedido.
- ¡Hay que llamar a la policía!- Decía sin querer entender.
- Señor, eso no serviría de nada- Lo interrumpió Sebastian. El padrastro de Mapini lo miró con mala cara; Mapini supo que se había sentido insultado.
- Hola ¿Policía? Si, mire... tengo el cadaver de un menor de edad, desangrado por un vampiro... Si, en una fiesta clandestina con jóvenes alcoholizados y pasados de drogas-
Ahora hablaba Mapini, haciendo que todos quedaran con sus bocas abierta por la ironía que se encontraba usando.
- ¿Por qué no se cayan? - Gritó su padrastro. Marcela lo tomó por los hombros para intentar tranquilizarlo. La furia se le escapaba por los ojos, su rostro había tomado un tono rojizo (Aunque podría habe sido a causa del alcohol que consumió esa noche) llevaba sus labios fruncidos, y al hablar modulaba tan deprisa y atropellaba tanto las palabras, que apenas los movía.- No te podémos dejar la casa un par de horas que ya destrozas todo.- Mapini sintió la culpabilidad de Sebastian por haber deshipnotizado a los Punk's- Sabés muy bien que no tengo drama en que traigas gente a casa- Sonaba como si se dirigiese a todos, no solo a su hijo- Pero... ¡Mirá ésto!- Extendió sus brazos y observó el lugar: Las cortinas de las ventanas descolgadas, tiradas sobre un costado (Lugar en el cuál no habían limpiado) Varios sillones de madera quebrados, el televisor llevaba una rajadura en su costado (Por suerte no había sido en la pantalla) Las paredes manchadas, varios almohadones destrozados, y el baño... ¡Lo habían destruído todo! Pedazos del enorme espejo que colgaba en la pared, centellando sobre el suelo, ceramicos hechos añicos, y la griferia esparcida pordoquier, dejando los caños abiertos e inhundandolo todo.- Pero... lo que menos me interesa ahora es la casa, sinó ese chico ¡Por Dios! Es mi casa, mi responsabilidad ¿Saben la que me espera?- Ahora se tomaba de la cabeza.
- Señor, por eso no se haga drama, yo me encargo- Le dijo Sebastian intentando calmarlo, cosa que al padrastro de Mapini no le gustó para nada.
- ¿Esconder el cadaver? ¿Como un asesino?- En cualquier momento iba a explotar y salir corriendo por las paredes de la locura. Todos observaban, nadie quería decir nada.- Tu creador te enseñó bien.- Le dijo a Sebastian, fulminandolo con la mirada. Marcela se tapó la boca al ver que el Convertido había reaccionado y se encontraba haciéndole frente con sus colmillos a la vista.
- ¡Sebastian! - GRitó Mapini, interponiendose y alejándolos.
Decidieron qué hacer con el cuerpo de Emmanuelle, aunque no estaban tan de acuerdo pero igual tenían que actuar porque el sol iba a salir.
Luccía reconoció el teléfono móvil de su difunto amigo y le envió al padre un mensaje de texto, pidiéndole que lo pasara a recoger.
La policía había llegado al lugar por la alerta de los vecinos, pero encontraron todo bajo control, aunque el nerviosísmo de los padres de Mapini había llamado la atención, pero estaban en Argentina y a nadie le interesaba nada, se presentaban solo para darle el gusto y tranquilidad a los llamados.
Sebastian y Tamarah se habían retirado con el cuerpo para el momento en que la policía había llegado. El padre de Emmanuelle pasó por delante de la casa con su auto (Luccía lo conocía) y encontró a su hijo desangrado a una cuadra de la fiesta. Los gritos habían hecho salir de sus casas a varios curiosos que al ver la escena, quedaban shockeados, tapándose la boca, tomándose de la cabeza, cruzándo los brazos, llamándo a los bomberos y una ambulancia. La policía se había acercado al ver el movimiento de personas en la noche, seguido por le grupo de amigos y los padres de Mapini.
El grito del padre de Emmanuelle era desgarrador. La gente sentía que el alma se les partía en mil pedazos a cada llanto que daba el pobre hombre.

¿Eso es lo que querés ser?- Le preguntaba Leon a María cuando se encontraban todos nuevamente en el interior de la casa de Mapini. Ella no le contestaba, simplemente caminaba del brazo de su novio, como zombie, apenas escuchando, observando el suelo, analiazndo todo lo que acababa de suceder.
Tamarah y Sebastian se habían colocado a un costado, apoyandose en la pared, mientras bostezaban.
Los padres de Mapini caminaban por la casa, observándo los daños.
Luccía intentaba comunicarse por teléfono con su amiga Anabella, aunque no había caso, pero se encontraba tranquila porque sabía que siempre hacía lo mismo: Encontraba a cualquier chico que le prestara atención (Aunque fuese solo por sus grandes pechos) y se iban juntos a vaya a saber uno dónde.
Mapini se encontraba en la sala de fotografías regadas por todo el suelo, evitando los vidrios rotos de los cuadros.
Sebastian cruzó el salón a una velocidad humana, llamándole la atención a todos los presentes, hasta a María, aunque todavía observaba como si en su cabeza se estuviesen repitiendo los últimos acontecimientos.
El Convertido le colocó una mano en el hombro a Mapini, mientras se agachaba para ayudarlo a juntar las fotografías.
- Lo siento- Le dijo, mientras intentaba evitar la mirada del joven, pero notó como le asentía con la cabeza, aunque se encontraba amargado.
Siguieron levantando las fotografías, todos los observaban en silencio, y cuando quedaba solamente una, que se encontraba del revez y no se sabía cuál era, ambos intentaron tomarla. Se miraron a los ojos sin decir nada, sin soltar la fotografía, pero Mapini tiró fuerte de ella e hizo que resvalara de los dedos del Convertido, haciéndo que de unas vueltas por el aire, cayendo nuevamente al suelo, pero ahora mostrando su verdadera cara: Era una imágen que Sebastian ya había visto, en la cuál se encontraba un Mapini preadolescente, junto a un jovencito de cabello oscuro y enmarañado, ojos pardos, piel pálida, sonrisa amplia y cachetes sonrojados. Mapini la volvió a levantar avergonzado, ocultándola contra su pecho y agachando la mirada.
- ¿Quién es? - Preguntó Sebastian estirando su mano para que se la diera y pueda verla mejor. Mapini no contestaba, tampoco pretendía soltarla.- ¿Estás bien?- El Convertido creyó ver una lágrima en el rostro de su acompañante.
- Si, estoy bien- Le contestó y se pasó una mano por el orstro.
- Mapini-
- No, Sebastian, dejáme hablar.- Lo interrumpió.- ¿Te acordás que en lo de Leon y María te iba a contar algo, hasta que ella apareció?- Ahora todos escuchaban atentamente y Leon sentía verguenza ajena. Sebastian asintió con la cabeza, Mapini tragó saliva antes de seguir.- Bien... Ese día te iba a contar todo sobre él...- Luccía y Tamarah estiraron el cuello para ver de quién hablaba, pero la fotografía estaba oculta entre los dos vampiros- No soy tan bueno después de todo- Mapini sentía un nudo en la garganta- Te llamé asesino, pero yo también lo soy- Marcela se tapó la boca, le afectaba ver así a su hijo. El padrastro de Mapini observó el suelo, intentando olvidar esa historia, y todos los demás, observaban atónitos. Sebastian le dedicó una cálida sonrisa, mientras que le limpiaba unas lágrimas que brotaron de los ojos de Mapini.
- Lo llevámos en la sangre...-
-¡No! Te equivocas.
- Pero Map's... No lo podémos controlar.
- ¡No! No sabés nada.
- Pensé que me lo ibas a contar todo.
- Yo también pensé lo mismo, pero no puedo, me destroza el alma hablar de eso.- Y se quedó callado, observando la fotografía.
- ¿Cómo sucedió? - Preguntó Tamarah sin importarle los sentimientos.
- Lo drené hasta la muerte- Los ojos de la vampireza brillaron de emoción.- Luego le di mi sangre... pero la sangre insuflada en él, no pudo adueñarse del cuerpo- Mapini apretó fuertemente la fotografía, arrugándola inconcientemente. Sebastian se la quitó de las manos, comenzó a alizarla y luego la colocó sobre un mueble.
- Tampoco te culpes, vos no eras conciente de que tu sangre es debil.- Sebastian quiso alentarlo, pero Mapini le dedicó una mirada de odio.
- Mi sangre no es debil, es incompatible.
- ¿De qué hablas?-
- Zemial era un Licántropo- Mapini se mordió el labio al decir eso, ya Sebastian le hizo un click en la cabeza.
¿Había dicho Zemial? ¿Un Licántropo? ¿Podría ser tanta casualidad que aquél jovencito de cachetes sonrojados sea el mismo Licántropo con el cuál se había topado hacía dos noches atrás? Tendría que serlo, porque ¿Cuántas personas en el mundo llevaban ese nombre? Además, se veía parecido, salvo que el "Zemial de ahora" medía como medio metro más y podría estrangular a alguien con una sola mano.
- Zemial no está...-
- No, basta.- Mapini se refregó la nariz y se puso de pié- Sebastian, no quiero saber nada más con ésto. Muertes, muertes y más muertes.-
- Pero...-
- Sebastian, no quiero aguarte la fiesta- Ahora Tamarah lo había interrumpido- pero deben faltar diez minutos como mucho para que el sol aparesca.-
¿Aguar más la fiesta? Pensó Mapini, y sonrió, pero no porque le causara gracia, sinó por lo patético y desafortunado que había resultado todo. Dar un paso, implicaba dejar varias muertes atrás, y ¿Cuál era la razón? Simplemente el haber nacido en una familia antigua de vampiros, la cuál ahora era la más debil, porque en la tierra solo quedaban dos portadores del apellido Karolyi: Mapini y su padre, el cuál podría darle algunas explicaciones... Si, su padre... eso era lo que necesitaba... verlo urgente.
- Tamarah tiene razón, deberían marcharse... no creo que ésta casa soporte más muerte, sinó va a comenzar a vomitar sangre por las ventanas y puertas- Mapini sonaba realmente frío, como si nada le afectara, hasta su mirada había cambiado, se lo veía como una persona sombría.
Marcela no entendía por qué su hijo hablaba con tal ironía, a Tamarah le encantaba ese Mapini. Leon no veía las horas de marcharse a su casa junto a María, asi esa locura terminaba de una vez por todas y Luccía que no había dicho nada al respecto en toda la noche, intentaba darle coherencia al tema, porque nunca jamás, había podído ni siquiera imaginar que los vampiros existiesen, y peor aún, que Mapini fuese uno.
- ¿Mañana vamos a poder hablar mejor?- Preguntó Sebastian intentando evitar la frialdad que emanaba Mapini
- ¡Por supuesto!- Exclamó el joven vampiro, aunque un poco sobreactuado, o eso fue lo que dio a entender.
- E... e-está bien- Contestó Sebastian, analizandolo con la mirada. Se dio media vuelta, acercándose a Tamarah.
- ¿Cuántas para mañana?- Preguntó Mapini.
- ¿Cuántas qué? -
- ¿Cuántas muertes, Sebastian? - Sebastian no le contestó a Mapini, blanqueó los ojos y se dirigió a la puerta que daba a la calle.- De nada, cuando quieras puedo seguir enseñándote a no matar-
Marcela se acercó a su hijo y le dio una cachetada. María reaccionó, saliendo de sus pensamientos, exclamando un "Guau". Leon negó con la cabeza. El padrastro de Mapini le dedicaba una mirada de aprobación a Marcela. Luccía se tapó la boca. Tamarah sonrió y Sebastian volteó la cabeza, pero no dijo nada, siguió caminando y se perdió de vista, seguido por la vampireza.
- Creo que nosotros también deberíamos irnos- Dijo Leon.
Luccía asintió con la cabeza y acotó que ella también.
Mapini miró desafiante a su madre y agregó:
- Si mamá, creo que es hora de que yo también me vaya.- Y sacó del bolsillo de su chaleco el teléfono móvil.- Hola ¿Gabriel?.
- ¿Estás hablando con tu papá?- Marcela no podía creerlo. Mapini le hizo un gesto para que se cerrara la boca.
- Necesito que me programes un vuelo... me voy con vos.
- No, no, no. Pasáme con él. Decíle que yo no te dejo.
- Si, para hoy, lo antes posible... Ajám, está bien, muchas gracias. Chau pá.- Y cortó.
- ¿Te vas nomás?- Preguntó Marcela evitando llorar.
- Si ¿Para qué querés que me quede?.
- Sos mi hijo, yo te crié, tenés que vivir conmigo.
- ¿Vos me criáste? ¿Estás segura?- Mapini blanqueó sus ojos y dio una pequeña carcajada.- Pueden pasar meses que no nos dirigímos la palabra, siempre fue así.- Cada palabra que Mapini decía, hería profundamente a su madre.
- Bueno, pero... pero eso- A Marcela se le quebraban las palabras- pero eso es por nuestra falta de comunicación, yo ya no sé como acercarme a vos, además veo que estás bien así... y confío en que si te pasara algo malo, vas a venir a hablarlo.- Se dirigió hacia su hijo y lo abrazó fuertemente, llorando.- Vos sabés hijo, que sos lo más importante que tengo en la vida, y no podría vivir sin vos, aunque no nos hablémos todos los días.
- ¡Basta! Soltáme, ya es tarde, además... decíme ¿Para qué querés que me quede?.- Mapini la alejaba lentamente.- Si me voy con él, voy a poder disfrutar más la vida, además les ahorraría un problema.
- Ahí estás equivocado, vos no sos ningún problema.- El que lo había interrumpido, había sido su padrastro, Hector.- Vos sabés que para mi, sos mi hijo y todo lo que tu mamña y yo te damos, lo hacémos con gusto, y nunca me fuiste ni vas a ser una molesta.
- Pero no hablo de eso...-
- No entendés, hijo...- Decía Marcela- Te querémos, y la solución no es irse, sinó hablarlo como ahira.
- No, igual ya está decidido, me quiero ir, no soporto estar más cerca de ustedes- Mapini sabía que esa mentira, los iba a destruir completamente, pero era la única manera para alejarse de ellos y no llevarles más tragedias. Si se mantenía alejado, ellos iban a estar a salvo, además ahora que Felix se había escapado, sabía que lo iba a buscar, y con su padre cerca, iba a estar a salvo.
- Está bien, si así lo querés- Dijo Marcela, y caminó hacia su cuarto sin mirar a Mapini. Hector la siguió, pero él le dedicó una mirada de desapruebo a su hijo.
- ¿Estás seguro?- Preguntó Luccía en un perfecto italiano, mientras observaba todo desde la puerta junto a Leon y María. Mapini asintió con la cabeza.
- Pensalo mejor- Le dijo Leon.
María corrió y lo abrazó.
- No te vayas, ahora que sé que sos un vampiro, me caes mucho mejor- Ella era la única que podía decir tales cosas en momentos así. Mapini cerró sus ojos, sonrió y la abrazó, acariciandole el cabello.
- Entonces... ¿Ésto es todo?- Preguntó Leon.
- Eso es todo- Contestó Mapini, estrechándole la mano y sonriendo.


Mapini salió de sus pensamientos al oír por el altavoz al piloto dándoles la bienvenida. Observó por la ventanilla y vio un sol radeante, pegádole de lleno, encandilándo sus ojos y haciéndolo lagrimear, sintiendo un cosquilleo en la nariz, como si quisiera estornudar.
La gente estaba bloqueando los pasillos para descender. Las azafatas intentaban poner orden. A Mapini se le aceleraba la respiración. Intentó levantarse pero no pudo, las piernas le fallaron, aunque nadie lo notó.
Cerró sus ojos y se inclinó sobre el asiento, observando directamente el suelo. De a poco recrobraba la tranquilidad y respiraba mejor.
Necesitaba bajar urgente, le afectaba estar encerrado con tantas personas empujandose, haciéndole recordar la noche en el Antro.
Percibió en su pecho, como una alerta de que alguien lo observaba fijamente, y en su cabeza la voz de su padre, diciéndole que observara por la ventanilla.
Levantó lentamente la cabeza, y allí estaba Gabriel a unos cien metros, detrás de unas rejas que impedian el paso a los peatones hacia la pista de aterrizaje. Mapini le sonrió, su padre lo saludó con la mano y desapareció.
La mayoría de las personas ya habían descendido, y Mapini ya podía caminar sin que le temblaran las rodillas. Tomó su mochila, en la que llevaba sus objetos personales más apreciados y un libro sobre filosofía. También tomó la valija de la computadora portátil.
Tontamente caminó por el pasillo hasta acercarse a la salida, donde lo esperaba el piloto - que parecía un modelo salido de la Tv- y la misma azafata que le había preguntado si necesitaba algo. Ésta vez, solo se limitó a sonreirle, ya no le quedaban idiomas para emplear con Mapini. El piloto le estrechó la mano y le deseó una muy buena estadia, quedando los tres sonriendo estupidamente.
Como era común, en Tucuman hacía calor, pero corría una briza muy agradable, haciéndole volar el flequillo al joven vampiro.
En la pista de aterrizaje no se veía ningún avión más, solo el vuelo reciénte que había traído a Mapini y otras personas más, y eso era bueno porque el vampiro no quería estar rodeado de mucha gente.
Recogió su bolso rojo y se dirigió hacia la recepción, donde lo esperaba Gabriel: Un hombre corpulento, metro ochenta y cinco, piel cobriza, no tan oscura como la de Tamarah, cabello negro azabache y ojos color lavanda. Llevaba puesto su habitual jean celeste, zapatos de cuero relucientes, una camisa blanca con lineas azules y una campera de cuero negro (Del tamaño de una carpa.) Mapini al verlo, blanqueó sus ojos... Su padre no iba a cambiar jamás la vestimenta. Tenía todo un closet lleno de la misma ropa aburrida, al estilo 80's, cuando Gabriel tenía la misma edad que su hijo, y el vestirse de esa manera estaba de moda, aunque ahora decía que la juventud estaba perdída hasta en la vestimenta y que su forma de vestir, era la de un -verdadero hombre-.
Cuando se saludaron, Mapini le dio un beso en la mejilla y lo abrazó, pero su padre lo apartó y observó hacia todos lados: Detestaba los saludos con besos, siempre daba la mano. Mapini volvió a blanquear los ojos.

Se encontraban viajando en la camioneta Hilux años dosmil ocho color gris. Ninguno de los dos hablaba, aunque Gabriel de vez en cuando observaba por el rabillo del ojo a su hijo para saber en qué pensaba, pero solo veía imagenes borrosa y lo escuchaba cantar mentalmente las caciones de "ruido de lata" como solía llamarle él a la música moderna.
Mapini se encontraba contento por estar de nuevo en Tucuman, sabía que era lo correcto. Se sentía libre, sin preocupaciones, demasiado seguro, como si nada ni nadie tendría el poder suficiente como para lastimarlo o para hacerlo sentir mal. Observó a su padre y le quiso preguntar hacia dónde se dirigían, pero él ya había contestado antes:
- Hacia el Tiro Federal-
A Mapini no le hacía mucha gracia que su padre anduviese entrando en las mentes ajenas, pero aún así, le había sonreido.
El Tiro Federal, era un terreno de veinte hectáreas, con varias pedanas de tiro, un buffet y un área en donde cocinar con parrillas.
Entrando en los terrenos, vieron a varias personas cortando el pasto, todos volteaban al ver pasar la camioneta y saludaban a Gabriel.
Cuando descendieron de la camioneta al lado del buffet, Mapini respiró profundamente... ¡Ah! El aire puro, el olor al pasto recién cortado, las ramas de los eucaliptus que estaban siendo quemadas, el aroma a Paul's...
- ¿Porteño? - Preguntó una voz que Mapini reconocía, aunque ahora sonaba más grave, más adulta.
El corazón de Mapini se aceleró por un instante, se había olvidado de Él, de aquél vampiro. Se sintió avergonzado por no haber podído percibir la presencia de Paul's, pero haber sentido su aroma le hizo descontrolar todos los sentidos, haciéndolo sentir debil ante aquella presencia.
No quería voltear, le daba verguenza; se sentía intimidado por su amigo, y si no hubiese escuchado aquella voz, juraría que la persona que se encontraba por detrás, no era su Paul's.
Mapini respiró profundamente y volteó.



viernes, 3 de septiembre de 2010

- Modern Vampire - [ Capitulo XX- La Saga del Hombre Lobo-]

Jenny caminaba sola, tarareando una canción que se le había vuelto pegajoza. Le sonreía a todos los hombres que le gritaban al pasar con los autos, y otros le tocaban bocina.
Se encontraba tranquila, caminando por los bordes de los bosques de Palermo, aunque a esa hora era realmente tenebroso.
Era conciente de que ese lugar tenía mala fama por los sexópatas y malvivientes sueltos, pero no le importaba, realmente no le hacía caso a los comentarios de amigos y menos de sus padres que siempre intentaban aterrarla con macabras historias que paralizarían a cualquiera con la primer sombra que viese cerca o con algún extraño sonido, pero ella seguía como si nada, sabía que era una adulta responsable y que podía cuidar de sí misma.
Se sintió algo incómoda al ver varios hombres corriendo entre los grandes árboles, que crujían por el leve viento de la noche. Se acomodó un poco el pañuelo que llevaba sobre la garganta porque sabía que si el frio la impactaba, al otro día amanecería sin voz.
Comenzó a caminar un poco más rápido, y no porque se hubiera aterrado, sinó porque no era tonta.
Podía percibir - como cualquier persona- que algo la observaba, haciéndole erizar los cabellos de la nuca. Sentía que la miraban intensamente, como penetrando en su mente... como si la llamaran.
Pensó que era algo extraño, porque siempre era conciente de cuando algún hombre - o varias veces mujeres- le clavaban la mirada. No por nada Dios - o sus padres - la había dotado con tal belleza (Por supuesto que ella se había "lookeado" para verse mucho mejor)
Llevaba su cabello enrulado de color negro azabache, la piel bien blanca que con un poco de frío le hacía sonrojar la nariz y sus cachetes tomaban un color sonrozado.
Delineaba sus ojos para resaltar el verde apagado de su mirada. Sus grandes labios se ensanchaban al sonreir, dejando una cálida y hermosa sonrisa.
En su nariz llevaba un piercing, de esos modernos con una piedrita muy pequeña de color violeta que no dejaba de brillar a causa de las luces que solo una ciudad podría brindar a tal hora de la noche.
Lo que más admiraban los hombres de ella, era lo balanceado de su cuerpo. "Ni muy muy, ni tan tan" le habían dicho varias veces intentando alagarla. Siempre los atontecía con su sincera sonrisa en esos momentos, pero ahora de que le servían sus encantos si nisiquiera sabía lo que sucedía.
Pensó en cruzar la avenida, pero el semáforo a esas horas no se respetaba y si lo hacía apresuradamente, corría un alto riesgo.
Intentaba tranquilizarse pensando en que solo era una paranóia, pero su corazon se aceleró al escuchar unos aullidos... como de lobos.
- ¿De lobos? - Pensó, pero sonrió al momento en el que reaccionó. En los bosques de Palermo no habían más que perros y gatos callejeros, pájaros y muchas ratas, de seguro que el sonido provenía del zoológico. Desde pequeña que no lo visitaba y tal vez ahora habían lobos ¿Y esos chicos corriendo? Observó bien... el sonido había provenido de esa dirección... ¡Y el zoo quedaba en dirección contraria! ¿Estarían bien? ¿Y si se cruzaron con los lobos? O peor aún... ¡Los lobos los perseguían! Aunque pensandolo bien, eso último no era posible, porque no había visto a los animales por detrás.
Bien, Jenny volvió a sonreir al darse cuenta de que llevaba su telefono móvil apretadísimo en la mano, esperando algo que rompiera el orden nocturno, haciéndola entrar en alerta y así llamar a la policia, o tal vez una ambulancia para esos chicos por si se encontraban lastimados.
Jenny era demasiado intuitiva, siendo conciente de eso, nunca iba a dar un paso en falso, siempre intentando llevar los hilos de su mundo, y así lo era, por algo había llegado a ser la más popular, poco creída y muy querida en la escuela secundaria. También así logró tener toda la confianza de sus padres, aunque pobres... si supieran lo que eran realmente sus salidas "a la casa de una amiga" o los "Pijama Party"
Noches y noches en el Antro, si, su lugar favorito, y no se le podía preguntar el por qué, porque ni ella lo sabía, pero había algo, si... había algo que la hacía volver una y otra vez, como si fuera mágia. Esos vagos recuerdos en los cuáles luego de matarse en un mar de besos en el cuello... ¡Ah! Luego seguía el momento en el cuál perdía la conciencia, y cuando despertaba se encontraba realmente relajada, algo mareada también, aunque sabía que eso era por no alimentarse bien al salir de su casa a la noche, utilizando la excusa de: "Mamá, voy a comer en lo de Judith"
- Jenny - Escuchó que la llamaron. Era la voz de un hombre, pero sonaba en el interior de su cabeza. como un eco, algo demasiado extraño.
Siguió caminando, sin darle importancia, pensando en que le había parecído escuchar eso, pero en ese instante se sintió atraída mentalmente hacia el interior de los bosques. Caminó para encontrarse con -esa persona- que no sabía dónde estaba, ni siquiera quién era, pero algo en su interior - pecho y cabeza- le decía que siga adelante, aunque le pareciera una locura.
La curiosidad la estaba matando, y ella más que nadie sabía que la curiosidad mata al gato.
Se encontraba en un túnel, por el cuál pasaba un tren por arriba. Todo estaba muy oscuro a causa de los árboles que tapaban las luces de neón más cercanas, pero igual se podían ver las antiguas paredes de ladrillos a la vista muy desgastados y cubiertos por musgo, y el olor a humedad no era muy agradable.
Observó hacia todos lados y se dio cuenta que se encontraba en un lugar muy oculto, hasta para el día, lugar en el cuál los rayos solares hacía años, o tal vez nunca habían logrado penetrar. Lo que más le extrañaba, era la carencia de olor a orina que solía haber en esos lugares apartados, realmente le hacía pensar que ningúna persona había circulado por aquél túnel en un largo período de tiempo.
Se le erizaron los cabellos de la nuca al sentir que algo la observaba desde el otro extremo, aunque dudó mucho en si había una salida al otro lado del túnel, porque no se llegaba a ver nada.
Pensó en voltearse y salir corriendo hacia un lugar más transitado, como el costado de la avenida, porque haber ido a ese lugar, había sido totalmente absurdo, era como la gran boca del lobo.
Blanqueó los ojos y se dirigió de nuevo hacia la avenida, pero se paralizó al oir dentro de su cabeza, aquella voz extraña, pero sensual de un hombre.
- No te vayas- Le dijo en ésta ocasión.
Bien, ésto no le hacía mucha gracia. Escuchar voces a esas horar de la noche... ¡Y sin haber bebido! ¡Qué patético! Estaba acostumbrada a las extrañas voces que la llamaban, pero siempre le sucedía en el Antro, luego de haber bebido Tequila como una degenerada y estar al borde de la pérdida de conciencia.
Con todas sus fuerzas logró dar el primer paso, pero para su asombro, escuchó un par de pasos por detrás. Volteó la cabeza por instinto y curiosidad, quedando prácticamente sin aliento al ver dos esbeltas figuras salir de la oscuridad, uno de cabello oscuro y el otro de cabello rubio y rizado, ambos con los rostros llamativamente pálidos.
Jenny se ruborizó de la verguenza, al pensar que había interrumpido el momento de intimidad, y que la voz sensual que le hablaba en su cabeza, no era imaginación, sinó alguno de esos dos hombres y ella lo había malinterpretado, creyendo escuchar su nombre.
Agachó la cabeza y nuevamente volteó para retirarse, pero en una milésima de segundo, con un leve silbido y una ráfaga de viento, los dos hombres se colocaron a ambos lados de Jenny, muy cerca, como si desearan devorarla, olfateándola como perros pero más sutílmente, acariciándole suavemente el cabello, la garganta.
El rubio la miró fijamente a los ojos...
-¡Que hermoso color!- Pensó Jenny. El violeta era su color preferido y ese hombre era una rareza andante, con un par de ojos vidriosos, pero algo apagados de color violeta rojizo, pero en ese instante, el joven de cabello oscuro (Y el que aparentaba menos edad) se puso en medio, mirando a su acompañante y negando con la cabeza. El rubio asintió y volvió a olfatear a Jenny, mientras ella se mordía los labios y apretaba su teléfono movil fuertemente sin saber que hacer. Tal vez podría llamar a la policía apenas se distrajeran.
- Mierda - Dijo el hombre de cabello rubio y rizado, ojos violetas y piel pálida y gélida.
El aullido de lobo se había vuelto a oir, pero ahora se encontraba mucho más cerca. Eso a Jenny la incomodaba un poco. No sabía que era mejor : Si morir en manos de dos acosadores o ser comida por un lobo suelto.
- Sebastian - Volvió a hablar el rubio - Encargáte de ella - Y al decir eso, desapareció en un abrir y cerrar de ojos, o eso le pareció a Jenny, que sabía que se encontraba shockeada e imaginaba cosas.
El muchacho observaba el suelo, con la mirada algo perdída, como si estuviera pensando. Jenny temblaba, pero no de miedo, sinó de rábia por no poder hacer nada, aunque el acosador se veía bastante flacucho y fácil de derribar. Pensó en empujarlo y salir corriendo, mientras llamaba a la policia y les advertía del lobo y el ataque - o lo que haya sido - que acababa de sufrir por ambos hombres.
- A la cuenta de tres - Pensó, llenándose de coraje mental, respirando profundamente y esperando que la calma desapareciera y la domine la adrenalina. Inhaló profundamente provocando un sonido con la nariz, llamándole la atención a Sebastian que ahora la observaba como si la estuviese analizando, pero con un aire distraido, preocupado. Esa mirada de desconcierto, llenó de energias el cuerpo de Jenny, haciéndola sentir segura... confiándoce demasiado, estirando sus brazos y embisiento a Sebastian lo más rápido y fuerte que un humano podría, junto a toda la adrenalina y presión del momento.
El golpe fue duro, como si hubiese embestido una roca en vez del pecho de aquél joven. Sabía que se había hecho daño en las manos, porque le dolían, pero sonrió al ver - para ella en cámara lenta- como Sebastian se alejaba más y más por el empujon que había recibido, pero era extraño, el pálido joven de cabello oscuro, seguía parado en el lugar, todavía mirándola desconcertadamente, cuando en realidad lo que se alejaba, era ella, volando por el reflejo del golpe que le había dado, cayendo sentada sobre el suelo, ahogando su dolor en la garganta, evitando gritar y observar al morocho.
Sebastian cerró los ojos y negó con la cabeza. Sus facciones se curvaron hasta formar una especie de sonrisa muy camuflada. Jenny no encontraba la gracia, porque le había dolido demasiado el golpe y la caida. Él ahora la observaba, comenzando a acercarse, pero Jenny intentó arrastrarse hacia atrás con las manos mientras permanecía sentada, pero el dolor en ambas muñecas la venció e hizo que cayera a un lado, aunque no llegó a chocar el resto de su cuerpo contra el suelo, porque ya se encontraba a un metro de altura, sobre los brazos de Sebastian, y ella nuevamente intentaba evitarle la mirada.
A ella le temblaba la mandíbula y los pómulos, todavía llena de rábia. ¿Tan débil era como para no poder derribar a ese flacucho? Qué impotente se sentía ¡Y qué tonta había quedado! Llevaba sus brazos cruzados sobre el pecho y se mordía la lengua.
Con la vista temblorosa, siguió el rostro de Sebastian: Su pálido cuello, la pera, los labios rosas, su fina nariz, y sus ojos color verde esmeralda, aunque ella notó que eran falsos. Sebastian llevaba puesto lentes de contacto, qué triste le había resultado, casi suelta una carcajada, aunque la disimuló y sonó como si hubiera tosído. Sin darse cuenta, ya no se encontraba respirando el olor a humedad, sinó que ahora por sus fosas nasales, viajaba el aroma a menta, super refrescante del perfume de Sebastian, haciéndo juego con su gélida piel, que en cuanto no usara un par de guantes, iba a congelar la espalda y las piernas de Jenny, aunque no hiciera tanto frío.
- ¿Qué me vas a hacer? - Preguntó Jenny respirando disimuladamente el perfume de Sebastian. Él no le contestó, solo la observaba fijamente, como apenado.- ¿Podés bajarme al menos? - Seguía sin contestar, aunque ahora sus ojos brillaban extrañamente. - ¡Hey! ¿Me estás escuchando?- Jenny blanqueó sus ojos, estaba perdiendo la paciencia. Los ojos de Sebastian se encontraban vidriosos, cargados de lágrimas, haciéndole correr un poco los lentes de contacto y enseñando su verdadero color : Violeta azulado.
- Perdonáme - Al fin habló Él, y para sorpresa de Jenny, Él era el que había escuchado hablar en su cabeza o eso había creído.
- ¿Perdonarte por qué? - Preguntó ella. Apenas pudo terminar la pregunta, que dio un grito con todas sus fuerzas, mientras varias lágrimas se escapaban de los ojos de Sebastian al clavar los colmillos en su frágil garganta.
Cada sorbo era como un castigo, lleno de amargura. Sebastian la deseaba desde hacía un año, pero ya no se podía resistir, la tentación era mucho más fuerte que su autocontrol, además si no lo hacía él, al final la iba a terminar matando Alex, ya que siempre se la cruzaban en el Antro, pero Sebastian hacía malabares para evitar atacarla, porque en ella había algo que lo atraía, y no era su belleza, sinó su valentía, sus ganas de vivir la vida al límite- aunque el fisico también contaba, claro- Pero había algo más, y eso a Sebastian lo volvía loco, pero ahora la tenía entre sus brazos, acabando con su vida sorbo a sorbo.
Aunque quisiera frenar, no podía, realmente nunca lo había logrado, la sed de sangre era mucho más fuerte, pero le dolía, si... le dolía acabar con aquella vida que tanto adoraba.
Le parecía absurdo haberse enamorado de una humana, pero sabía que si no fuese un vampiro, intentaría enamorarla y no devorarla como se contraba haciendolo.
Los gritos habían cesado, pero las lágrimas no.
Sebastian ahora lloraba, no solo por estar a punto de acabar con la vida de un ser que amaba, sinó porque nunca más iba a poder estar con una persona a la cuál amase, sin los deseos de beber su sangre, tampoco tener hijos, y eso le destrozaba el interior, su alma, o lo que quedara de ella.
Intentó soltarla al escuchar varios pasos cerca, pero nuevamente no pudo, hasta que lo golpearon por detrás, haciéndolo volar varios metros y soltando a la fuerza a su amada que cayó en los brazo de un joven corpulento, de cabello negro enmarañado, cachetes rosas y ojos pardos.
- Zemial, hay que llevarla con Rucalaf - Le dijo una mujer que medía alrededor del metro noventa, cabello platinado, largo hasta la cintura, piel cobriza y ojos grisaceos, vestida toda de jean oscuro, como todos los demás, pero lo que más le había llamado la atención a Jenny, antes de perder la conciencia, eran sus dientes y las uñas, al igual que los otros cuatro que la acompalaban. Tenían los dientes muy grandes y puntiagudos, y las uñas largas y afiladas.- Acañir, Millañir, encargencen del de afuera- Ahora se dirigía a los otros dos jovenes gemelos, que no eran tan adultos como ella, pero tampoco tan jovenes como el muchacho que tenía en brazos a Jenny.
- Ayiñir ¿Estás segura? - Le preguntó Zemial, acomodando bien entre sus fuertes brazos al débil cuerpo de Jenny.
La mujer de cabello platinado y ojos grisaceos no le contestó, pero le dedicó una mueca de desapruebo.
Sebastian se encontraba parado bajo la oscuridad, observando a su amada en otros brazos, e intentando analizar la situación.
De afuera del túnel, se escuchó el alarido de dos personas, llamándole la atención a Ayiñir.
Sebastian quiso aprovechar la situación para quitar a su amada de los brazos de Zemial, pero él, ágilmente dio un corto salto hacia atrás, cayendo sobre un pié, y con el otro embistiendole una patada en el pecho al vampiro que otra vez volvió a volar varios metros, pero antes de caer, Ayiñir lo atrapó en el aire, estampándolo contra el suelo y enseñándole su gran mandíbula, aunque tuvo que correrse hacia atrás, dejándolo libre a Sebastian porque uno de sus compañeros pasó volando -aparentemente por un golpe- muy cerca de ella, y el otro voló contra Zemial que logró atraparlo sin soltar ni un segundo a Jenny.
- Veo que Mellodie no se equivocó al decir que la sangre de vampiro todavía recorre tu organismo, y cada día te hace más fuerte- Dijo Ayiñir, acomodándose el cabello.
Zemial le sonrió como un tonto por el cumplido, pero ella lo miraba inexpresivamente.
- Sebastian, vamosno.- Se oyó que gritaron desde afuera.
El vampiro de cabello oscuro dudó por un segundo en si debía obedecer a su creador o tomar nuevamente a Jenny, pero agachó la cabeza, apretó los puños y no dijo nada, porque sabía que ella estaba mejor sin él, y milagrosamente ese extraño grupo le habían salvado la vida, ahora el karma no le pesaría, pero igual se las iban a pagar, por interrumpir en su momento de amor con su humana, Jenny.
Zemial gruñó entre dientes mientras el tren pasaba sobre el túnel, pero no podía hacer nada, tenía ambos brazos ocupados. Ayañir se quedó inmóvil, porque el otro que había volado cerca de ella, se encontraba inconciente sobre el suelo y no podía hacer nada ella sola, teniendo un vampiro acechando por detrás y el otro observándola por delante.
Sebastian obedeció a Alex, que lo esperaba en el exterior. Caminó lentamente dedicándole una mirada de odio a Zemial, ambos mostrándose los dientes. Ayañir apretaba los puños, maldiciendo por dentro, y Jenny perdía el conocimiento, sin entender nada.